|
¿Cómo murieron los Apóstoles?
El camino de los apóstoles a la Patria celestial
¿Cómo murieron los santos apóstoles? Para el
lector probablemente se trate de un enigma de
gran interés para resolver. Acompáñenos en
nuestro recorrido por la últimas horas de
católicas proezas y santos atrevimientos de
quienes tuvieron la honra de acompañar
estrechamente al Divino Redentor integrando el
Sagrado Colegio Apostólico.
A pesar de que los católicos nos hemos hecho
muchas preguntas concernientes a nuestra fe, una
de las más evidentes no ha sido formulada con
frecuencia, o en todo caso, no es común toparse
con un lugar que reúna esta información. Nos
referimos a: ¿cómo fue la muerte de los
Apóstoles del Señor?
Cercana la fiesta de San Pedro y San Pablo, éste
es un momento maravilloso para preguntarnos
sobre el momento en que iremos a reunirnos con
Dios haciendo agradecido uso de la gracia que Él
mismo nos alcanzó, o nos reprobaremos por
haberlo rechazado. Y cuando meditamos, los
católicos tenemos la gracia adicional de contar
con los modelos de virtud que fueron nuestros
santos. Por eso veremos en las altísimas
vocaciones de los apóstoles ese fin que
debiéramos desear e intentar alcanzar rogando
por la gracia de la penitencia final y la unión
con Dios que ellos lograron en grado magnífico.
Pero cuando hablamos de modelos de virtud se nos
hace imposible olvidar a los "ejemplos de
decrepitud" que han sido quienes deliberadamente
quisieron apartarse y dañar la Fe en alguna de
sus expresiones.
Dada la santa curiosidad que nos ha nacido al
darnos cuenta de nuestro desconocimiento al
respecto, el tiempo que atravesamos, la
necesidad de la gracia de penitencia final y la
contemplación de las maravillas de Dios,
relataremos a continuación según la Tradición de
la Santa Iglesia, el momento previo a la vida
eterna de estos grandes santos y algo de quienes
quisieron ser sus opositores, para que, cada
quien desde su lugar, esperamos nos produzcan
siquiera en parte el fruto del deseo de
santificación que Nuestro Señor quiso encender
en nosotros cada uno de los días que transitó
por este mundo.
San
Andrés:
Durante su estancia en Acaya
el bienaventurado San Andrés fundó muchas
iglesias y convirtió a la fe de Cristo a
numerosas personas, las adoctrinó y bautizó, y
entre ellas a la esposa del procónsul Egeas.
Cuando éste se enteró de que su esposa se había
convertido al cristianismo, acudió a la ciudad
de Patras y trató de obligar a los cristianos a
que ofreciesen sacrificios a los ídolos. Pero
san Andrés se presentó ante el procónsul y le
dijo:
- Desiste de tu empeño. Tú, elevado a la
categoría de juez de los hombres en la tierra,
tú eres quien debes tratar de conocer a tu juez
que está en los cielos; tú también debieras
darle culto y apartar tu alma de los falsos
dioses.
Egeas replicó:
- Resulta que eres Andrés, el predicador de esa
secta supersticiosa, que no hace mucho los
romanos mandaron exterminar.
Respondióle Andrés:
- Los emperadores de Roma no saben que el Hijo
de Dios ha venido a la tierra y que nos ha
enseñado que los ídolos son demonios que
instigan a los hombres a que ofendan al Dios
verdadero para que éste, al sentirse ofendido,
aparte de ellos sus ojos y sus oídos. Lo que el
diablo pretende es alejar a los pecadores de su
Señor, porque de ese modo hace con ellos lo que
quiere, los somete a su esclavitud, y, cuando
sus almas salen de sus cuerpos, despojadas de
todo no llevan al otro mundo más que sus propios
pecados.
Con estas palabras iniciaron un largo diálogo en
que San Andrés intentaba convertir un alma al
cristianismo, y Egeas intentaba pervertir al
santo. Y no logrando este último su objetivo,
arrebatado de ira ordenó el encarcelamiento de
Andrés.
A la mañana siguiente Egeas se sentó en su
tribunal y mandó que condujeran al prisionero
ante él; cuando lo vio en su presencia lo instó
una vez más a que ofreciera sacrificios a los
dioses, añadiendo:
- Si no me obedeces te haré colgar en esa cruz
de que tanto has hablado.
A esta amenaza agregó el procónsul otras muchas
más, en tono irritado. Andrés, tras oírle
respondió con calma:
- De todos esos suplicios que acabas de enumerar
elige el que quieras; el mayor de ellos, por
ejemplo; o todos juntos, si así lo prefieres.
Cuanto mayores sean los tormentos que me hagas
padecer por mi rey, tanto más le agradaré.
Seguidamente, siguiendo órdenes de su jefe,
veintiún hombres azotaron al santo; después, lo
ataron por los pies y por las manos a una cruz;
no lo clavaron a ella para que tardara más en
morir y sus padecimientos fuesen más prologados.
Cuando lo llevaban hacia el lugar donde habían
preparado el patíbulo se incorporó mucha gente
al cortejo. Algunos de los que formaban la
trágica comitiva comenzaron a dar gritos,
diciendo:
- Este hombre es inocente; estás derramando su
sangre contra toda justicia.
El apóstol les rogó que callaran y que no
impidieran su martirio, y al divisar desde lejos
la cruz en que iban a suspenderle, fue él quien
gritó, saludándola de esta manera:
- ¡Salve, oh Cruz gloriosa, santificada por el
cuerpo de Cristo y adornada con sus miembros más
ricamente que si hubieses sido decorada con
piedras preciosas! Antes de que el Señor te
consagrara fuiste símbolo de oprobio, pero ya
eres y serás siempre testimonio del amor divino
y objeto deseable. Por eso yo ahora camino hacia
ti con firmeza y alegría. Recíbeme tú también
gozosamente y conviérteme en discípulo verdadero
del que pendió de ti. ¡Oh Cruz santa,
embellecida y ennoblecida desde que los miembros
del Señor reposaron, clavados, sobre ti! ¡Oh
Cruz bendita, tanto tiempo deseada,
solícitamente amada, constantemente buscada y
por fin, ya preparada! ¡A ti me llego con el
deseo ardiente de que me acojas en tus brazos,
me saques de este mundo y me lleves hasta mi
Maestro y Señor! ¡El, que me redimió por ti, por
ti y para siempre me reciba!
Dicho esto, se despojó de sus ropas y las regaló
a los que iban a atormentarle. En seguida los
verdugos cumplieron las órdenes que les habían
dado, lo suspendieron del madero. Dos días tardó
en morir. Durante ellos no cesó de predicar
desde aquel púlpito a una concurrencia de unas
veinte mil personas, muchas de las cuales se
amotinaron contra Egeas intentando matarle y
diciendo que aquel santo varón tan justo y
virtuoso no merecía el trato que le estaban
dando. Egeas, tal vez para liberarse de las
amenazas del pueblo, acudió al lugar del
suplicio decidido a indultar al mártir; pero
Andrés al verle ante sí le dijo:
- ¿A qué vienes? Si es para pedir perdón, lo
obtendrás; pero si es para desatarme y dejarme
libre, no te molestes; ya es tarde. Yo no bajaré
vivo de aquí, ya veo a mi Rey que me está
esperando.
Pese a esto, los verdugos, por orden de Egeas,
intentaron desatarle; pero no pudieron
conseguirlo; más aún: cuantos osaron tocar las
cuerdas quedaron repentinamente paralizados de
manos y brazos. En vista de ello algunos de los
que estaban de parte del apóstol decidieron
desatarlo por sí mismos, mas Andrés se lo
prohibió y los invitó a que escucharan
atentamente esta oración que pronunció desde la
cruz, y que San Agustín transcribe en su libro
sobre la Penitencia:
"No permitas, Señor, que me bajen vivo de aquí.
Ya es hora de que mi cuerpo sea entregado a la
tierra. Ya lo he tenido conmigo mucho tiempo. Ya
he trabajado bastante y vigilado para
conservarlo. Ya es llegado el momento de que me
vea libre de estos cuidados y aligerado de esta
pesada vestimenta. Mucho esfuerzo me ha costado
soportar tan fatigosa carga, domar su soberbia,
fortalecer su debilidad y refrenar sus
instintos. ¡Tú sabes, Señor, que esta carne
frecuentemente trataba de apartarme de la
contemplación y de enturbiar la placidez que en
ella encontraba! ¡Tú conoces muy bien los
dolores que me ha proporcionado! ¡Tú, oh Padre
benignísimo, no ignoras cómo siempre que pude, y
gracias a tu ayuda, refrené sus embestidas! Por
eso te pido, oh justo y piadoso remunerador, que
des esto por acabado. Yo te devuelvo el depósito
que me confiaste; no me tengas más tiempo atado
a él; confíalo a otro que lo conserve y guarde
hasta que resucite y entre en el disfrute de los
gozos obtenidos con los pasados trabajos.
Devuélvelo a la tierra; líbrame del afán que
supone tener que vigilarlo y concede a mi alma
agilidad e independencia para que sin trabas
vuele hacia ti, fuente de felicidad eterna!".
Acabada esta oración, el crucificado quedó
durante media hora envuelto por una luz
misteriosa venida del cielo, que ofuscaba la
vista de los presentes y les impedía fijar los
ojos en él. Después, y en el preciso momento en
que la claridad aquella desapareció, el santo
mártir entregó su espíritu al Señor.
Maximila, esposa de Egeas, se hizo cargo del
cuerpo del bienaventurado apóstol y lo enterró
piadosamente. Mientras esto ocurría, Egeas,
cuando se dirigía de regreso a su casa, antes de
que llegara a ella, en plena calle murió
repentinamente.
Santo Tomás
Estando el apóstol Tomás en Cesarea se le
apareció el Señor y le dijo:
- Gondóforo, el rey de la India, ha enviado a su
ministro Abanés en busca de un buen constructor.
Ven conmigo y yo te presentaré a él.
Tomás le respondió:
- Señor, envíame a donde quieras, pero no al
país de los indios.
Jesucristo insistió:
- Ve tranquilo, no tengas miedo; yo te
protegeré. Cuando los hayas convertido volverás
a mí enarbolando la palma del martirio.
Tomás accedió, diciendo:
- Tú eres mi Señor y yo tu siervo; hágase tu
voluntad.
Jesucristo entonces se acercó al ministro del
rey que deambulaba por la plaza y le preguntó:
- ¿Qué haces por aquí, buen hombre?
Abanés contestó:
- Ando buscando por orden de mi rey siervos
competentes en el arte de la construcción,
porque quiere que le edifiquen un palacio
parecido a los que hay en Roma.
Entonces el Señor le ofreció a Tomás,
asegurándole que era muy experto en la materia.
Abanés lo aceptó y se lo llevó consigo.
En cuanto llegaron a su destino, Tomás trazó los
planos de un magnífico palacio; el rey le
retribuyó su trabajo entregándole un riquísimo
tesoro que él distribuyó entre la gente del
pueblo, y en seguida el monarca se ausentó de la
capital de su reino y se marchó a otra
provincia. Tras dos años de ausencia, regresó el
rey y grandes dificultades surgieron de la
prédica de Santo Tomás, porque éstas molestaban
al soberano pagano, pero numerosos milagros
sacaron sin problemas al apóstol de los
peligros, tras los cuales se fue a evangelizar
al norte del país.
Una de las personas convertidas por él a la fe
de Cristo fue Síntique, amiga de Migdonia,
esposa de Casisio, cuñado del rey. Cuando
Migdonia supo que su amiga Síntique se había
hecho cristiana, le dijo:
- ¿Crees que podré yo ver al apóstol?
Síntique le respondió que sí y le dio este
consejo:
- Cambia tus ricos vestidos por otros muy
humildes, únete a uno de esos grupos de mujeres
pobres que van con frecuencia a oírle predicar
y, mezclada entre ellas, escúchale atentamente.
Así lo hizo Migdonia. Aquel día Tomás comenzó a
hablar con flamígero entusiasmo y Migdonia, tras
la predicación, abrazó la fe de Cristo. Al
enterarse su esposo, puso esto en conocimiento
del rey, que mandó encerrar al apóstol y envió a
la reina a convencer a su hermana del error de
haberse hecho cristiana. Pero contrariamente a
lo previsto, no sólo Migdonia no se pervirtió,
sino que convirtió a su hermana, la reina.
- Cuando salí de casa – dijo ella explicándose
al volver – creía como vosotros que Migdonia, mi
hermana, había cometido una enorme estupidez;
pero me he convencido de que ha obrado con gran
sabiduría; ella me puso en contacto con el
apóstol y él me ha hecho conocer el camino de la
verdad y comprender claramente que los
verdaderos necios son quienes no creen en
Cristo.
Mandó entonces el rey que fuesen en busca del
apóstol y que atado de pies y manos lo trajeran
a su presencia. Cuando lo tuvo ante sí le ordenó
que convenciera a las mujeres de su error. Una
larga discusión nació entonces, en que el
apóstol defendió la fe de Cristo con toda su
alma.
Entonces, por consejo de Casisio, ordenó el rey
que encerraran al siervo de Cristo en un horno
encendido, cuyo fuego se apagó en cuanto el
apóstol penetró en él; y de él salió sano y
salvo al día siguiente. En vista de este
prodigio, Casisio propuso a su cuñado que, para
que aquel poderoso hombre perdiera la protección
divina e incurriera en la ira de su dios, le
obligase a ofrecer sacrificios al sol; pero
Tomás, cuanto trataron de forzarle a que
cometiera este acto de idolatría dijo al
monarca:
- Tú vales mucho más que esa imagen que has
mandado construir. ¡Oh idólatra, despreciador
del Dios verdadero! ¿Crees que va a ocurrir eso
que te ha dicho Casisio? ¿Crees que si adoro a
tu señor voy a incurrir en la ira del mío? Nada
de eso; quien incurrirá en la indignación de mi
Dios será ese ídolo tuyo. Voy a postrarme ante
él; verás como, tan pronto como me arrodille
ante esa imagen del sol, mi Dios la destruirá.
Voy a adorar a tu divinidad; pero antes hagamos
un trato: si cuando yo adore a tu dios el mío no
lo destruye, te doy mi palabra de que ofreceré
sacrificios en honor de esa imagen; mas si lo
destruye tu creerás en el mío. ¿Aceptas?
- ¿Cómo te atreves a hablarme de igual a igual?
– replicó indignado el rey.
Acto seguido, Tomás en su lengua natal mandó al
demonio alojado en la imagen del sol que, tan
pronto como él doblara sus rodillas ante el
ídolo, lo destruyera. Después se prosternó en
tierra y dijo:
- Adoro, pero no a este ídolo; adoro, pero no a
esta mole de metal; adoro, pero no a lo que esta
imagen representa; adoro, sí, pero adoro a mi
Señor Jesucristo en cuyo nombre te mando a ti,
demonio, escondido en el interior de esta
efigie, que ahora mismo la destruyas.
En aquel preciso instante la imagen, que era de
bronce, se derritió cual si estuviera hecha de
cera. Los sacerdotes paganos encargados del
culto del malogrado ídolo, al ver lo ocurrido,
bramaron de indignación y el pontífice que los
presidía exclamó:
- ¡Yo vengaré la injusticia que acabas de hacer
a mi dios!
Mientras pronunciaba la anterior amenaza, se
apoderó de una espada y con ella atravesó el
corazón del apóstol.
Así murió Tomás. El rey y Casisio, viendo que
gran parte de cuantos habían presenciado el
asesinato del santo trataban de vengar su muerte
intentando apoderarse del pontífice para
quemarlo vivo, llenos de miedo, huyeron de allí.
Los cristianos recogieron el cuerpo del mártir y
lo enterraron con sumo honor.
San
Juan:
Sesenta y siete años después de la Pasión del
Señor, cuando san Juan tenía ya 98 de edad,
Jesucristo, escribe san Isidoro, se apareció al
apóstol y le dijo: "Mi querido amigo, ven a mí;
ha llegado la hora de que te sientes en mi mesa
con el resto de tus hermanos". Al oír estas
palabras, Juan intentó ponerse en pie e hizo
ademán de ir hacia su Maestro, pero éste le
manifestó: "Espera hasta el domingo". Al domingo
siguiente, muy de madrugada, a la hora en que el
gallo suele cantar, todos los fieles se
congregaron en la iglesia que habían construido
en honor del apóstol y éste empezó a
predicarles, exhortándolos a que cumplieran
fervorosamente los divinos mandamientos. Acabado
el sermón, mandóles que cavaran su sepultura a
la vera del altar y que sacaran la tierra fuera
del templo. Cuando la fosa estuvo dispuesta, el
santo bajó hasta el fondo de la misma, tendióse
en ella, alzó las manos hacia el cielo y
pronunció la siguiente oración: "Señor
Jesucristo: Me has invitado a sentarme a tu
mesa: allá voy, siempre, con toda mi alma, he
deseado estar contigo". De pronto la fosa quedó
envuelta por una luz vivísima, cuyos
resplandores nadie pudo resistir. Momento
después cesó la deslumbrante claridad y los
asistentes advirtieron que, mientras duró, había
descendido sobre el cuerpo del apóstol una
extraña sustancia a manera de arena finísima que
lo cubría enteramente, llenaba la sepultura y
desbordaba de ella. Es arena, semejante a la que
hay en el fondo de algunas fuentes, puede verse
todavía hoy en su sepulcro, como si se generara
constantemente en el fondo del mismo.
San
Matías:
En el repartimiento regional que los apóstoles
hicieron para ejercer su ministerio, a san
Matías el correspondió la Judea, en cuyas
tierras predicó, hizo numerosos milagros, y
descansó finalmente en la paz del Señor.
Era Matías doctísimo en la ley, limpio de
corazón, ponderado, equilibrado y muy sutil en
su análisis sobre las cuestiones relacionadas
con la Sagrada Escritura; sumamente prudente en
sus juicios, y de palabra fácil y elocuente. Con
su predicación, milagros y prodigios, convirtió
a muchos en Judea. Esta fue la causa que movió a
los judíos que lo odiaban, a formarle proceso y
a condenarle a morir apedreado. Dos falsos
testigos que declararon contra él fueron los
primeros en arrojar algunas piedras sobre su
persona; pero el apóstol las recogió y manifestó
su deseo de que aquellos guijarros fuesen
enterrados con él para que sirvieran de
testimonio contra sus verdugos. Después de haber
sido apedreado, mientras con sus brazos
extendidos hacia el cielo encomendaba su
espíritu a Dios, acercóse a él un soldado y,
conforme a la costumbre romana, con una afilada
hacha le cortó la cabeza y puso fin a la vida
del apóstol, cuyo cuerpo fue llevado desde Judea
a Roma, y posteriormente desde Roma hasta
Tréveris.
San
Felipe:
El apóstol San Felipe, después de haber
predicado veinte años en Escytia y sufrido
muchas persecuciones y hecho numerosos milagros
que convirtieron a gran cantidad de personas,
convocó un día a todos los obispos y presbíteros
de la región, y les dijo:
- El Señor quiere que emplee en vuestra
formación los siete días que me quedan de vida.
Al cabo de estos siete días, los infieles se
apoderaron de él, que ya tenía 87 años de edad,
y, para que muerte se pareciese a la del Maestro
cuya doctrina constantemente predicaba, lo
crucificaron. Así fue como este santo apóstol
salió de este mundo y entregó su alma al Señor.
Sus dos hijas, ambas vírgenes y santas, fueron
enterradas una a su derecha y la otra a su
izquierda.
San Isidoro, en el Libro de la vida, nacimiento
y muerte de los Santos, dice: "Felipe
primeramente convirtió a los galos, llevando a
la luz de la verdad y al apacible puerto de la
fe, tanto a aquellas gentes bárbaras como a las
de los pueblos vecinos, sacándolas a todas ellas
de las tinieblas en que se hallaban sumergidas y
a punto de ser engullidas por las encrespadas
aguas del error. Después terminó su vida en
Hierápolis, ciudad de la provincia de Frigia,
muriendo apedreado y crucificado; allí descansan
él y sus hijas".
San
Santiago (el menor)
A los treinta años de haber sido consagrado
obispo, viendo los judíos que no podían matar a
Pablo porque se había ido a Roma a apelar ante
el césar, concitaron todo el furor de su odio
religioso contra Santiago, y comenzaron a buscar
algún pretexto para acusarle.
Unos cuantos judíos fueron entonces a ver a
Santiago y le dijeron:
- Te rogamos que desengañes al pueblo y le hagas
ver que se equivoca al creer que Jesús fue
Cristo. Te suplicamos que el próximo día de
Pascua, aprovechando la oportunidad de la gran
cantidad de gente que viene a Jerusalén, hables
a las multitudes y las disuadas de todas esas
cosas que vienen admitiendo en relación con
Jesús. Si así lo haces, tanto nosotros como el
pueblo en general nos atendremos a su
testimonio, reconoceremos que eres justo y que
no te dejas influir por nadie.
El día de Pascua, aquellos mismos hombres que
trataron de seducirle llevaron al apóstol a la
terraza más alta del templo, a fin de pudiera
ser bien visto y oído por las multitudes y le
dijeron a voces:
- ¡Santiago! ¡Tú eres el más honesto de todos
los hombres! Todos acatamos tu testimonio.
Dinos, pues, aquí, públicamente, qué opinión te
merece la actitud de esas gentes que andan por
ahí errantes, detrás de ese Jesús crucificado.
Santiago, también con voz muy fuerte, respondió:
- ¿Queréis saber lo que yo pienso acerca del
Hijo del hombre? Pues prestad atención: pienso
que está sentado en el cielo, a la derecha del
Sumo Poder, y que un día vendrá a juzgar a los
vivos y a los muertos.
Los cristianos, al oír esta respuesta, la
acogieron con gritos de jubilosa alegría y
grandes aplausos; los fariseos y escribas, en
cambio, comentaron entre sí:
- ¡Mal paso hemos dado al brindarle esta ocasión
de que emitiera públicamente este testimonio
acerca de Jesús! Enmendemos el error que hemos
cometido: subámosle hasta las más altas almenas
y arrojémosle desde ellas a la calle para que
los creyentes se asusten y desechen sus
creencias.
Así lo hicieron; lleváronle a lo más alto del
Templo, y desde allí dijeron a gritos:
- ¡Oh! ¡Oh! ¡El que teníamos por justo se ha
equivocado!
Dicho esto, le dieron un empujón y lo arrojaron
al vacío, y en cuanto el apóstol llegó al suelo
se arremolinaron contra él los judíos que habían
presenciado desde abajo su caída, y empezaron a
gritar:
- ¡Apedreemos a Santiago el Justo!
Seguidamente comenzaron a apedrearlo. Santiago,
que pese a la altura desde la que cayó no se
había hecho ningún daño, al ver que arrojaban
piedras contra él se puso de rodillas, y en
actitud de oración, levantando sus manos hacia
el cielo, exclamó:
- ¡Señor! ¡Te ruego que los perdones, porque no
saben lo que hacen!
Al iniciarse la pedrea, uno de los sacerdotes,
hijo de Rahab, se encaró con la multitud y dijo:
- ¡Alto! ¡No tiréis piedras, os lo ruego! ¿Qué
pretendéis hacer? ¿No os dais cuenta de que este
santo varón al que estáis apedreando corresponde
a vuestra crueldad orando por vosotros?
No obstante esta advertencia, uno de los
fanáticos, con una pértiga de batanero, descargó
sobre la cabeza del apóstol un golpe terrible,
que le rompió el cráneo.
Con este género de martirio el alma del santo
apóstol emigró al Señor en tiempo del emperador
Nerón, que inició su reinado hacia el año 57 de
nuestra era. Su cuerpo fue sepultado en el mismo
sitio en que murió, a la vera del Templo. El
pueblo trató de vengar su muerte y de apoderarse
de quienes lo mataron para castigarles, pero los
malhechores se dieron buena maña para escapar
rápidamente de allí.
San
Pedro y San Pablo:
Los dos apóstoles se enfrentaron a Simón el Mago
por los engaños que este último hacia a la
gente, y tras un milagro que no da ahora lugar
para relatar, quedó Simón tan avergonzado que
tuvo que esconderse por un año antes de animarse
a comparecer ante el público otra vez.
A pesar de lo que había pasado, posteriormente
Simón volvió a Roma y reanudó la amistad que
desde antes tenía con Nerón. Dice san León que
el mago, después de su regreso, convocó al
pueblo y dijo:
- Los galileos me han ultrajado gravemente. He
decidido abandonar definitivamente esta ciudad
en la que tantos favores os he hecho. No quiero
seguir viviendo en la tierra. Oportunamente os
comunicaré la fecha de mi ascensión al cielo.
Algunos días después convocó nuevamente al
público para que cuantos lo deseasen fuesen
testigos de su viaje a la gloria, y coronado de
laurel subió, según algunos, a una torre muy
alta, y según la versión de San Lino, al
Capitolio, y desde la altura se lanzó al espacio
y empezó a volar. Al ver aquello, Pablo dijo a
Pedro:
- A mi me corresponde orar, y a ti dar las
órdenes debidas.
Nerón, que se hallaba presente, dirigiéndose a
los apóstoles, hizo este comentario:
- Este hombre es sincero; vosotros sois los
embaucadores.
Entonces Pedro dijo a Pablo, que estaba orando:
- Pablo, levanta la cabeza y fíjate.
Levantó Pablo la cabeza y al ver que Simón
seguía volando, dijo a Pedro:
- Pedro ¿qué esperas? Acaba la obra que
comenzaste, que ya nos llama el Señor.
Pedro inmediatamente exclamó:
- ¡Espíritus de Satanás que lleváis a este
hombre por el aire! ¡Yo os mando que no lo
sostengáis más y que lo dejéis solo para que
caiga y se estrelle!
En aquel preciso momento los demonios que lo
sostenían, y llevaban volando por el aire,
retiráronle su apoyo y Simón desde lo alto cayó
al suelo, y al chocar contra él se rompió la
cabeza y quedó muerto.
Entonces Nerón, lleno de dolor por el final
trágico de aquel hombre, se encaró con los
apóstoles y les dijo:
- No puedo fiarme de vosotros. Os daré un
castigo conveniente para que os sirva de
escarmiento.
Nerón cumplió su amenaza. Detuvo a Pedro y a
Pablo y encargó su vigilancia a un ilustre
romano llamado Paulino, el cual, a su vez, mandó
a Mamertino que los llevara a la cárcel.
Mamertino encerró a los dos apóstoles en un
calabozo y confió la custodia de los dos presos
a dos solados cuyos nombres eran Proceso y
Martiniano, que, convertidos en seguida a la fe
por San Pedro, abrieron las puertas de la
prisión y dejaron en libertad a ambos
prisioneros. Este hecho costó la vida a Proceso
y Martiniano, pues Paulino, cuando Pedro y Pablo
fueron martirizados, juzgó a ambos soldados y,
al descubrir que eran cristianos, dio cuenta de
ello a Nerón y mandó que fuesen inmediatamente
decapitados.
Cuando Pedro salió de la cárcel, sus hermanos en
la fe rogaron que huyera de la ciudad, y, aunque
él al principio se resistió a hacerlo,
finalmente convencido por ellos se dispuso a
salir de Roma, y al llegar a una de las puertas
de la muralla situada en el lugar que
actualmente lleva el nombre de Santa María "ad
passus", según San Lino y San León, vio a Cristo
que venía hacia él. Pedro, al verlo, le dijo:
- Domine, quo vadis? O sea, Señor, ¿adónde vas?
- A Roma, para que me crucifiquen de nuevo.
- ¿Para que te crucifiquen de nuevo? – preguntó
Pedro.
- Sí – contestó el Señor.
Entonces Pedro exclamó:
- En ese caso me vuelvo para que me crucifiquen
también a mí contigo.
En aquel preciso momento el Señor subió al cielo
ante la mirada atónita de san pedro que comenzó
a llorar de emoción, porque repentinamente se
dio cuenta de que la crucifixión de que Cristo
había hablado era la que a él le aguardaba, es
decir, la que el Señor iba nuevamente a padecer
a través de su propia crucifixión.
Inmediatamente volvió sobre sus pasos, se
internó en la ciudad y refirió a los hermanos la
visión que había tenido. Poco después, los
soldados de Nerón lo detuvieron, y en calidad de
prisionero lo condujeron a la presencia del
prefecto Agripa. Según el relato de san Lino, la
cara del apóstol, al comparecer ante el juez,
brillaba como el sol.
Agripa al verle, le dijo:
- ¡De manera que tú eres ese sujeto que en
determinadas reuniones con la plebe se da tanta
importancia...! Tengo entendido que aprovechas
tu influencia sobre las mujeres que te siguen
para inculcarles que no se acuesten con sus
maridos.
Pedro, encarándose con el prefecto, le
respondió:
- Yo no me doy importancia ni presumo de nada ni
de nada me glorío; pero sí te hago saber que lo
único que de verdad me importa es ser fiel
discípulo de mi Señor Jesucristo, el
Crucificado.
Agripa condenó a Pedro a morir en una cruz;
podía legalmente aplicársele este tormento,
porque era forastero; en cambio, a Pablo, como
era ciudadano romano y no podía según las leyes
ser castigado con este procedimiento, lo condenó
a muerte por el sistema de decapitación.
Dionisio, en carta escrita a Timoteo con motivo
de la muerte de Pablo, habla de la condena
recaída sobre uno y otro apóstol, y se expresa
de esta manera: "¡Oh, hermano mío Timoteo! Si
hubieses sido testigo de los últimos momentos de
estos mártires, hubieras desfallecido de
tristeza y de dolor. ¿Cómo oír sin llorar la
publicación de aquellas sentencias en las que se
decretaba la muerte de Pedro por crucifixión y
la de Pablo por degollación? ¡Si hubieses visto
como los gentiles y los judíos los maltrataban y
lanzaban salivazos sobre sus rostros! Cuando
llegó el momento en que deberían separarse para
ser conducidos al lugar en que cada uno de ellos
había de ser ejecutado, ¡momento verdaderamente
terrible!, aquellas dos columnas del mundo
fueron maniatadas entre los gemidos y sollozos
de los hermanos que estábamos presentes.
Entonces dijo Pablo a Pedro: "La paz sea
contigo, ¡oh fundamento de todas las Iglesias y
pastor universal de las ovejas y corderos de
Cristo!". Pedro por su parte respondió a Pablo:
"¡Que la paz te acompañe también a ti,
predicador de las buenas costumbres, mediador de
los justos y conductor de sus almas por los
caminos de la salvación!". Una vez que separaron
al uno del otro, pues no los mataron en el mismo
sitio, yo seguí a mi maestro". Hasta aquí el
relato de Dionisio.
León y Marcelo refieren que en el momento en que
Pedro iba a ser crucificado, el apóstol dijo:
"Cuando crucificaron a mi Señor, pusieron su
cuerpo sobre la cruz en posición natural, con
los pies abajo y la cabeza en lo alto, en esto
sus verdugos procedieron acertadamente, porque
mi Señor descendió desde el cielo a la tierra; a
mí, en cambio, debéis ponerme de manera
distinta: con la cabeza abajo y los pies arriba;
porque además de que no soy digno de ser
crucificado del mismo modo que Él lo fue, yo,
que he recibido la gracia de su llamada, voy a
subir desde la tierra hasta el cielo; os ruego
por tanto que, clavar mis miembros a la cruz, lo
hagáis de tal forma que mis pies queden en lo
alto y mi cabeza en la parte inferior del
madero. Los verdugos tuvieron a bien acceder a
este deseo y, en consecuencia, colocaron el
cuerpo del santo sobre la cruz de manera que sus
pies pudiesen ser clavados separadamente en los
extremos del travesaño horizontal superior, y
las manos en la parte baja del fuste, cerca del
suelo".
El público que asistió a este espectáculo, en un
momento dado comenzó a amotinarse, a proferir
gritos contra Nerón y contra el prefecto, a
pedir la muerte de ambos y a intentar la
liberación de Pedro; pero éste les suplicó que
no impidiesen la consumación de su martirio.
Según los relatos de Hegesipo y de Lino, el
Señor premió a cuantos llorando de compasión
presenciaron la escena terrible, abriendo sus
ojos y permitiendo que vieran a Pedro, ya
crucificado, rodado de ángeles que tenían en sus
manos coronas de rosas y de lirios y a Cristo
colocado a la vera del mártir mostrando al
apóstol un libro abierto. Hegesipo dice que
Pedro al ver junto a sí el libro que Cristo le
mostraba, comenzó a leer en voz alta, para que
todos lo oyeran, lo que estaba escrito en él, y
que lo que leyó fue lo siguiente: "Señor, yo he
deseado imitarte; pero no me he considerado
digno de ser crucificado en la posición en que a
ti te crucificaron; porque tú siempre fuiste
recto, excelso, elevado; nosotros, en cambio,
somos hijos de aquel primer hombre que hundió su
cabeza en la tierra; por eso, ya en nuestra
manera de nacer representamos la caída de
nuestro primer padre, puesto que nacemos
inclinados hacia el suelo, tendiendo a
derramarnos sobre él y con una naturaleza de
condiciones tan cambiadas y tan propensa a
incurrir en errores, que frecuentemente lo que
juzgamos correcto en realidad no lo es. Tú,
Señor, para mí significas todas las cosas; lo
eres todo para mí; fuera de ti, no quiero nada.
Mientras viva y sea capaz de razonar y pueda
hablar, te diré siempre y con toda mi alma:
¡Gracias, mi Dios!".
De la oración que acabamos de transcribir se
deduce que fueron dos los motivos por los que
este santo apóstol no quiso ser crucificado en
la posición normal, en que lo fue Cristo.
Tras la visión que hemos referido, considerando
san Pedro que los fieles que asistían a su
martirio habían sido testigos de aquella
glorificadora escena, dio gracias a Dios,
encomendó a su misericordia a los creyentes y
expiró. Sus discípulos Marcelo y Apuleyo
desenclavaron su cuerpo, lo ungieron con
variados aromas, y lo sepultaron.
San Pablo por su parte empezó a caminar con sus
verdugos cuando se encontró con Plantila, que
era una de sus discípulas. Dionisio dice que
esta cristiana se llamaba Lemobia. Lemobia o
Plantila – probablemente esta mujer tenía dos
nombres – comenzó entre sollozos a encomendarse
a las oraciones del apóstol, quien tratando de
tranquilizarla le dijo:
- Plantila, hija de la salvación eterna: dame el
velo con que cubres tu cabeza; con él quiero
vendarme los ojos; más adelante te lo devolveré.
Mientras se lo daba, los verdugos, riéndose,
dijeron a Plantila:
- ¡Qué tonta eres! ¿Cómo te fías de este mago
impostor y le das esa tela tan preciosa que vale
sin duda su buena cantidad de dinero? ¿Crees que
la vas a recuperar? Ya puedes darla por perdida.
Llegados al sitio en que Pablo iba a ser
decapitado, el santo apóstol se volvió hacia
oriente, elevó sus manos al cielo y llorando de
emoción oró en su propio idioma y dio gracias a
Dios durante un largo rato; luego se despidió de
los cristianos que estaban presentes, se
arrodilló con ambas rodillas en el suelo, se
vendó los ojos con el velo que Plantila le había
dado, colocó su cuello sobre el tajo, e
inmediatamente, en esta postura, fue decapitado;
mas, en el mismo instante en que su cabeza salía
despedida del tronco, su boca, con voz
enteramente clara, pronunció esta invocación
tantas veces repetida dulcemente por él a lo
largo de su vida: "¡Jesucristo!". En cuanto el
hacha cayó sobre el cuello del mártir, de la
herida brotó primeramente un abundante chorro de
leche que fue a estrellarse contra las ropas del
verdugo; luego comenzó a fluir sangre y a
impregnarse el ambiente de un olor muy agradable
que emanaba del cuerpo del mártir y, mientras
tanto, en el aire brilló una luz intensísima.
Sobre la muerte de San Pablo, Dionisio, en la
carta a que nos hemos referido anteriormente,
escribió a Timoteo lo siguiente: "En aquella
tristísima hora, oh mi querido hermano, dijo el
verdugo a Pablo: "Prepara tu cuello". Entonces
el santo apóstol miró al cielo, hizo la señal de
la cruz sobre su frente y sobre su pecho, y
exclamó: "¡Oh Señor mío Jesucristo, en tus manos
encomiendo mi espíritu!". Dicho esto,
serenamente, con naturalidad, estiró su cuello
y, al descargar el verdugo el hachazo con que le
amputó la cabeza, recibió la corona del
martirio; pero, en el mismo instante en que
recibió el golpe mortal, el santísimo mártir
desplegó un velo, recogió en él parte de la
sangre que brotó de su herida, plegó de nuevo la
tela, la anudó y se la entregó a Lemobia".
San
Santiago (el mayor):
También se debió la muerte de este santo apóstol
– en cierta forma – a su lucha contra los
ardides de un hechicero, llamado Hermógenes,
aunque en su caso pudo Santiago lograr una
conversión tan sincera que el antiguo mago se
convirtió en uno de sus discípulos más virtuosos
y perfectos. Esto ocurrió al regresar Santiago
de España, donde su evangelización había tenido
muy poco resultado hasta entonces, y en donde
dejó discípulos suyos para volver él a Judea.
Cuando los judíos se convencieron de que la
conversión de Hermógenes era sincera hicieron
responsable de ella a Santiago, se presentaron
ante él alborotados, le increparon y trataron de
impedir que siguiera predicando la doctrina de
Cristo crucificado. Santiago, empero,
recurriendo a las Escrituras, les demostró como
en Jesús se habían cumplido todas las profecías
que en ella se contenían acerca del nacimiento y
sacrificio del Mesías, y probó estas verdades
con tal claridad que muchos de los judíos se
convirtieron. Esto provocó tan enorme
indignación en Abiatar, a quien correspondía el
ejercicio del pontificado aquel año, que sublevó
al pueblo contra el apóstol. Algunos de los
amotinados lograron apoderarse de él, le ataron
una soga al cuello, lo condujeron en presencia
de Herodes Agripa y consiguieron que éste lo
condenara a muerte. Cuando lo conducían al lugar
en que iban a degollarlo, un paralítico que
yacía tendido en el suelo a la vera del camino
comenzó a invocar al apóstol y a pedirle a voces
que lo curara. Santiago lo oyó y le dijo:
- En nombre de Jesucristo, cuya fe he predicado
y defiendo y por cuya causa voy a ser
decapitado, te ordeno que te levantes del suelo
completamente curado y que bendigas al Señor.
El paralítico se levantó, sintióse repentina y
totalmente sano, y prorrumpió en acciones de
gracias a Dios.
Al ver este prodigio, el escriba Josías, que
había puesto la soga al cuello de Santiago y
hasta entonces continuaba agarrado al ramal y
tirando de él, arrojóse a los pies del santo y
le suplicó que lo recibiera como cristiano. Pero
Abiatar, que se hallaba presente, agarró a
Josías, lo zarandeó y le dijo:
- Si ahora mismo no maldices a Jesucristo, haré
que te degüellen al mismo tiempo que a Santiago.
Josías respondió:
- A quien maldigo es a ti. Óyeme bien: ¡Maldito
seas tú, y maldito todo el tiempo que vivas!
Sigue escuchando: ¡Bendito sea el nombre de mi
Señor Jesucristo por los siglos de los siglos!
Abiatar ordenó a algunos de los judíos que
descargaran sobre el rostro de Josías una buena
tanda de bofetadas y envió un mensajero a
Herodes solicitando el necesario permiso para
proceder a la decapitación del escriba
convertido.
Una vez que llegaron al sitio en que iban a ser
degollados, Santiago pidió al verdugo una redoma
con agua. El verdugo se la proporcionó. Con
aquella agua bautizó el apóstol a Josías e
inmediatamente después ambos fueron decapitados
coronando de este modo uno y otro sus vidas con
el martirio.
Poco después de que el santo fuese degollado,
una noche algunos de sus discípulos, tomando las
debidas precauciones para no ser vistos se
apoderaron del cuerpo del apóstol y se lo
llevaron consigo. Embarcaron en una nave, y
rogaron a Dios que los guiara con su providencia
y los condujera donde Él quisiese que aquellos
venerables restos fuesen sepultados. Conducida
por un ángel del Señor la barca comenzó a
navegar y navegando continuó hasta arribar a las
costas de Galicia, región de España que por
aquel tiempo estaba gobernada por una mujer
llamada Loba. Al llegar a tierra desembarcaron
el cuerpo y lo colocaron sobre una inmensa
piedra, la cual, como si fuese de cera,
repentinamente adoptó la forma de un ataúd y se
convirtió milagrosamente en el sarcófago del
santo. Seguidamente los discípulos del apóstol
fueron a ver a la reina Lupa o Loba y le
dijeron:
- Nuestro Señor Jesucristo te envía el cuerpo
del apóstol Santiago, porque quiere que acojas
muerto y con benevolencia al que no quisiste
escuchar cuando estaba vivo.
San
Bartolomé:
Cuando San Bartolomé se fue a la India, comenzó
a echar a los demonios de los templos en que
eran adorados y escuchados a través de sus
profetas. Muchísimos milagros operó el santo en
este sentido. Y por estos milagros, Polimio el
rey se convirtió junto a su familia y renunció
al trono, haciéndose discípulo del apóstol. A
partir de entonces rigió los destinos del reino
un hermano de Polimio, llamado Astiages. Poco
después de que este iniciara su reinado, los
pontífices de los templos paganos celebraron una
asamblea y en ella acordaron quejarse ante el
nuevo monarca por los daños inferidos a los
dioses con la profanación del templo real y la
destrucción de las imágenes de los ídolos; y, en
efecto, se presentaron ante Astiages y acusaron
al apóstol de haber ocasionado con sus artes
mágicas los mencionados destrozos y de haber
pervertido a Polimio. Astiages se hizo eco de la
denuncia y, dejándose llevar de la cólera,
ordenó que inmediatamente mil soldados,
perfectamente armados, salieran en persecución
de Bartolomé, al que sus perseguidores
capturaron y condujeron ante el nuevo rey.
- ¡De modo, dijo el rey al apóstol, que tú eres
el hombre que pervirtió a mi hermano!
- Yo no pervertí a tu hermano, sino que lo
convertí, dijo Bartolomé.
A esto replicó Astiages:
- Pues voy a hacer contigo lo que tú hiciste con
él; como tú obligaste a Polimio a renegar de mi
dios y a creer en el tuyo, yo te obligaré a ti a
renegar del tuyo y a creer en el mío.
El apóstol puntualizó:
- Yo lo que hice fue vencer al dios al que tu
hermano adoraba, mostrarlo maniatado ante el
público, y exigirle que rompiera las imágenes de
los ídolos. Prueba tú a hacer lo mismo con el
mío. Si consigues maniatar a mi Dios, te prometo
que adoraré al tuyo; pero si no lo consigues,
continuaré destruyendo las estatuas de tus
falsas divinidades, y si tú fueses razonable te
convertirías a mi religión como se convirtió tu
hermano.
En esto alguien se presentó ante el rey y le
comunicó que la imagen de Baldach, otro de sus
ídolos, acababa de caer rodando por el suelo y
de romperse en mil pedazos. El rey, al oír esta
noticia, rasgó su manto púrpura, mandó que
apalearan al apóstol y que tras propinarle una
enorme paliza lo desollaran vivo.
Sobre el género de martirio padecido por San
Bartolomé existen diferentes versiones. Según
san Doroteo, fue crucificado. He aquí las
propias palabras de este santo: "San Bartolomé
dio a conocer el evangelio de san Mateo a los
indios, predicándoles en la lengua que ellos
hablaban, y murió crucificado cabeza abajo, en
Albana, ciudad de la extensa región de Armenia".
San Teodoro afirma que fue desollado. En cambio,
en otros muchos libros se lee que este apóstol
fue decapitado. Estas versiones, empero, no son
necesariamente contradictorias, sino que, al
contrario, todas ellas pueden ser verdaderas,
conciliables entre sí y complementarias, puesto
que bien pudo ocurrir que el santo apóstol fuese
primeramente crucificado; luego, antes de morir,
descolgado de la cruz y desollado vivo, para
hacerle sufrir más; y, finalmente, estando
todavía con vida, decapitado.
Ejecutada en todos sus extremos esta orden, los
cristianos recogieron el cuerpo de santo mártir
y reverentemente lo enterraron.
San
Mateo:
Se encontraba el apóstol en Nadaver, ciudad de
Etiopía, cuando tras la muerte del rey converso
Egido, subió al trono Hitarco. El nuevo monarca,
arrebatado del apasionado amor que sentía por
Efigenia, ofreció a Mateo la mitad de su reino a
cambio de que convenciera a la joven para que le
aceptara pro esposo. El apóstol contestó a
Hitarco:
- Tu antecesor iba a la Iglesia; ve tú también a
ella el próximo domingo y escucha atentamente el
sermón que pienso predicar a Efigenia y a sus
compañeras acerca de la licitud del matrimonio y
de las ventajas que la vida matrimonial
comporta.
El rey, creyendo que Mateo iba a tratar de
convencer a Efigenia de que debería aceptar las
proposiciones conyugales que él le hacía, el
domingo acudió a la iglesia ilusionado y lleno
de alegría. Mateo predicó ante Efigenia y ante
el pueblo un largo sermón ponderando las
excelencias del matrimonio. Hitarco, mientras le
oía, reafirmaba su posición de que el
predicador, a través de los magníficos conceptos
que en su sermón exponía, intentaba inclinar el
ánimo de Efigenia hacia la vida matrimonial; y
tan persuadido estaba de que ésta era la
intención de Mateo, que aprovechando una pausa
que éste hizo y que él interpretó como si el
sermón hubiese terminado, se levantó de su
asiento y felicitó efusivamente al predicador.
Mateo rogó al rey que guardara silencio, que se
sentara de nuevo y que continuara escuchando,
pues el sermón no había terminado. Luego
prosiguió su discurso de esta manera: "Cierto
que el matrimonio, si los esposos observan
escrupulosamente las promesas de fidelidad que
al contraerlo mutuamente se hacen, es una cosa
excelente. Pero prestad todos mucha atención a
lo que ahora voy a decir: supongamos que un
ciudadano cualquiera arrebatara la esposa a su
propio rey. ¿Qué ocurriría? Pues que no sólo el
usurpador cometería una gravísima ofensa contra
su soberano, sino que automáticamente incurriría
en un delito que está castigado con pena de
muerte; e incurriría en ese delito, no por haber
querido casarse, sino por haber quitado a su rey
algo que legítimamente le pertenecía, y por
haber sido el causante de que la esposa faltase
a la palabra de fidelidad empeñada ante su
verdadero esposo. Ahora bien; puesto que así son
las cosas, ¿cómo tú, Hitarco, súbdito y vasallo
del rey eterno, sabiendo que Efigenia al recibir
el velo de las vírgenes ha quedado consagrada al
Señor y desposada con Él, te atreves a poner en
ella tus ojos y pretendes hacerla incurrir en
infidelidad a su verdadero esposo que es
precisamente tu soberano?"
En cuanto oyó esto, Hitarco, arrebatado de ira,
salió furioso de la iglesia. Mateo, sin
inmutarse, continuó su plática, exhortó a los
oyentes a la paciencia y a la perseverancia, al
final del sermón bendijo a las vírgenes y en
especial a Efigenia que, asustada, se había
arrodillado ante él, y luego prosiguió al
celebración de la misa; mas en el preciso
momento en que terminaba, cuando aún estaba ante
el altar orando con los brazos extendidos hacia
el cielo, un sicario enviado por el rey se
acercó a él, le clavó una espada en la espalda,
lo mató y lo convirtió en mártir.
Poco después intentó el rey quemar la casa en
que vivían las vírgenes, pero el santo apóstol
se apareció ante ellas y las rescató de las
llamas. Hitarco contrajo lepra y se suicidó con
su propia espada. El pueblo entonces proclamó
rey a un hermano de Efigenia, bautizado años
antes por san Mateo, y la fe pudo a partir de
entonces propagarse por tierras etíopes durante
muchos años.
San
Simón y San Judas Tadeo:
Estando los apóstoles en Babilonia convirtieron
a gran cantidad de gente, entre la que se
encontraba el rey y muchos ricos.
Dos hombres que hacían magia e idolatría se
trasladaron a una población llamada Samir en la
que vivían setenta pontífices de los ídolos, y
se dedicaron a predisponer a sus habitantes
contra los apóstoles, incitándoles a que, cuando
vinieran a predicarles su religión, los mataran
si se negaban a ofrecer sacrificios en honor de
los dioses.
Tras evangelizar toda la provincia, Simón y
Judas se presentaron en Samir y, en cuanto
llegaron, los habitantes de esta ciudad se
arrojaron sobre ellos, los prendieron y los
llevaron a un templo dedicado al sol; mas, tan
pronto como los prisioneros penetraron en el
recinto, los demonios, por medio de ciertos
energúmenos, empezaron a decir a voces:
- ¿A qué venís aquí, apóstoles del Dios vivo?
Sabéis de sobra que entre vosotros y nosotros no
hay nada en común. Desde que llegasteis a Samir
nos sentimos abrasados por un fuego
insoportable.
Acto seguido aparecióse a Judas y a Simón un
ángel del Señor y les dijo:
- Elegid entre estas dos cosas la que queráis: o
que toda esta gente muera ahora mismo
repentinamente, o vuestro propio martirio.
Los apóstoles respondieron:
- La elección ya está hecha. Pedimos a Dios
misericordioso una doble merced: que conceda a
esta ciudad la gracia de su conversión, y a
nosotros el honor de morir mártires.
A continuación, Simón y Judas rogaron a la
multitud que guardara silencio, y, cuando todos
estuvieron callados, hablaron ellos y dijeron:
- Para demostraros que estos ídolos no son
dioses, y que en su interior hay demonios
agazapados, vamos a mandar a los malos espíritus
que salgan inmediatamente de las imágenes en que
permanecen escondidos, y que cada uno de ellos
destruya la estatua que hasta ahora le ha
servido de escondite.
Seguidamente los apóstoles dieron la orden
anunciada, y en aquel mismo momento, de las dos
estatuas que había en el templo salieron sendos
individuos horrendos que en presencia de los
asistentes destrozaron las imágenes de cuyo
interior salieron, y rápidamente escaparon de
allí dando voces y alaridos. Mientras la gente,
impresionada pro lo que acababa de ver,
permanecía muda de asombro, los pontífices
paganos, irritados, se arrojaron sobre uno y
otro apóstol y los despedazaron. En el preciso
instante en que Simón y Judas murieron, el
cielo, que hasta entonces había estado sereno y
completamente despejado, se cubrió
repentinamente de nubarrones; se organizó una
terrible tormenta que derrumbó el templo
aplastando a los magos.
Cuando el rey tuvo noticia de que Simón y Judas
habían sido martirizados, recogió sus cadáveres,
los trasladó a la capital del reino y les dio
sepultura en una magnífica y suntuosa iglesia
que mandó construir en su honor.
La luz de la gracia y la vida de fe
Nuestro Señor nos abrió las puertas del Cielo, y
así, convirtió nuestra muerte en un nacimiento a
la Vida eterna. Los apóstoles, habiéndole
servido durante su vida en la tierra, quedaron
totalmente desprendidos de todo anhelo de este
mundo, y comprendieron que nada podía valer más
que llevar a Dios a todos los rincones de la
tierra predicando las Verdades inmutables,
desterrando al demonio de los lugares que tenía
dominados, curando almas y cuerpos e incluso
muriendo por defender la Fe. Sus apostólicas
vidas fueron tan gratas a Dios, que aún en los
casos en que hubo una violenta muerte, siguió un
premio inigualable en parámetros de esta tierra,
y que sólo comprenderemos cabalmente el día que
ingresemos en el Reino Celestial, y una
constante gracia, siempre fluyente, que los
acompañó hasta que exhalaron el último suspiro.
Asimismo, por oposición, quienes quisieron
abiertamente dañar a Dios o a su Santa Esposa
siempre recibieron un fin que, violento o no,
mostraba la decadencia de sus naturalezas
corrompidas, como en el caso de Enrique VIII,
Lutero, Voltaire, Lenín y tantos otros.
¡Qué ganas de ser como los primeros! ¿Verdad?
Cuando somos caritativos, cuando pensamos en el
bien de las almas, cuando buscamos satisfacer la
voluntad de Dios antes que la nuestra, Nuestro
Señor encuentra un albergue en nuestra alma
desde el cual podemos irradiarlo. Por eso los
santos convertían a miles de personas: porque
Dios estaba allí, obrando a través de sus
fidelísimos siervos.
En las fiesta que se aproxima, muchos de
nosotros recordaremos con amor al Omnipotente
que quiso hacerse humano, pequeño, indefenso,
para ganarnos la Salvación. Muchos también
veremos más signos de Pasión que de alegría, por
los tristes tiempos que atraviesa este mundo que
ha querido desterrar de sí la Buena Nueva que
los santos apóstoles se esforzaron tanto en
esparcir.
*Articulo donado por
Catholic.net |