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La
Pasión de Cristo |
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Mel Gibson y Tomás de Aquino:
cómo opera la Pasión
Por el Padre Romanus Cessario, O. P.
Ningún crítico que yo sepa ha sugerido que Mel
Gibson, antes de ponerse a dirigir «La Pasión de
Cristo», haya leído la «Summa Theologiae».
Pero debe haber leído la cuestión 48 de la
tercera parte de la «Summa» del Aquinate. Allí,
Santo Tomás examina cómo produce su efecto –su
eficiencia, si se quiere- la pasión de Cristo.
La palabra eficiencia es un término técnico y
filosófico que nos lleva a las cuatro causas de
Aristóteles, y nos impulsa a investigar sobre
qué es responsable de que algo llegue a ser. Al
utilizarlo Santo Tomás, «eficientemente» no
tiene las connotaciones que tiene su restringido
significado en el lenguaje moderno de «trabajar
productivamente con una pérdida mínima de
esfuerzo o gasto».
Modos de la eficiencia
La palabra latina «modum» puede compararse más o
menos con la palabra «modelo». Los cinco modos
que Santo Tomás discute en la cuestión 48
recogen juntos todo lo que los Evangelios
transmiten sobre la salvación cristiana. Estos
modelos responden a la pregunta, «¿Cómo logra
nuestra salvación la pasión de Cristo?». Incluso
los más declarados críticos de Mel Gibson están
de acuerdo en que ésta es la cuestión que
también él ha intentado contestar.
El modo del mérito
Cuando Santo Tomás dice que «Cristo por su
pasión mereció la salvación no sólo para sí
mismo sino también para todos los que sean sus
miembros», introduce la cuestión de la relación
de la cruz con la Iglesia (1).
El mérito denota el derecho a una recompensa. La
recompensa de la pasión de Cristo es la comunión
beatífica abierta a todo miembro de la raza
humana. Según la fórmula de San Anselmo, sólo
Dios podría merecer tal gracia, mientras que
sólo el hombre debe empeñarse en recuperar lo
que había perdido. Cristo da la gracia no sólo
por sí mismo sino también por sus miembros.
Por eso nosotros llamamos a esta gracia la
«gracia capital» de Cristo ya que él sigue
siendo la «caput Ecclesiae», la cabeza de la
Iglesia. Algunos se preguntan por qué no podrían
ser suficientes otros méritos de Cristo para
ganarnos la recuperación de la vida eterna.
Santo Tomás replica que Cristo hizo todo con la
caridad más grande, pero la pasión sigue siendo
una «clase de obra» que es la mejor conseguida
para los efectos que nosotros le atribuimos.
Mel Gibson ha construido claramente su película
de forma que asegure que el espectador entiende
que esta clase de obra se ordena a un efecto que
transciende a cualquier persona o suceso
particular presentado en el drama. Es la pasión
de «el Cristo».
Como en el drama griego, Gibson ha formado un
reparto para la película que permita que emerja
lentamente su significado universal dentro de la
conciencia del espectador. Las proporciones
épicas de la película, acentuadas por el
acompañamiento musical, hacen partícipe al
espectador de un sentido de lo universal y de lo
majestuoso.
El modo de la satisfacción
Santo Tomás recoge un tema que ha estado
presente en la teología católica desde casi
principios del siglo VI, pero que la mayoría de
los estudiantes identifican ahora con el trabajo
del arzobispo de Canterbury del siglo XI,
Anselmo (1033-1109), «Cur Deus Homo?».
Santo Tomás informa sobre la enseñanza recibida:
«La pasión de Cristo no sólo fue suficiente para
la satisfacción de los pecados de la humanidad,
sino sobreabundante» (2). La satisfacción
cristiana está entre los temas teológicos menos
estudiados en el periodo post-conciliar.
Al mismo tiempo, la renovación del interés en la
Eucaristía como sacrificio debería incitar a los
teólogos a volver a este modo de la pasión de
Cristo, ya que sigue siendo la estrella polar de
la práctica sacramental católica.
Santo Tomás sostiene que el sufrimiento de
Cristo era completo y su dolor tan grande a
causa de la dignidad de su persona que, junto a
otras razones, la satisfacción que él ofrece es
suficiente como recompensa por los pecados del
mundo, desde el pecado original hasta el último
pecado cometido. Mientras que el mérito logra la
recompensa gracias a las buenas obras, la
satisfacción exige la aceptación del castigo, de
las obras difíciles.
Ningún otro tema emerge con más claridad en la
película de Mel Gibson que el de la satisfacción
de Cristo. Muchos comentaristas no han logrado
observar que existe una razón teológica al
presentar, incluso como algunos han afirmado, de
modo excesivo, los sufrimientos de Cristo desde
el momento de su arresto en el Huerto de
Getsemaní hasta el «Consummatum est» final.
Si se admite que las escenas de castigo exceden
la modestia de las mismas Escrituras, o si
seguimos a quienes opinan que tras tales golpes
y duro trato, nadie sería capaz de llevar a
hombros la cruz o incluso andar, todavía estaría
la explicación de que el artista eligió este
exceso por una razón teológica.
Una larga tradición teológica apoya esta clase
de modificación iconográfica: la Iglesia nos
pide que ponderemos el precio que pagó el
Salvador del mundo. Sin esta meditación, no se
puede abrazar la plena dimensión de la piedad
católica; por el contrario, nos podríamos ver
rápidamente arrastrados a esas variadas formas
de cristianismo dessacramentalizado que se
ocupan exclusivamente de los estados
psicológicos interiores.
El modo del sacrificio
El sacrificio, escribe Santo Tomás, «designa
lo que los hombres ofrecen a Dios como símbolo
del especial honor que se le debe, y para
apaciguarlo» (3).
En su discusión sobre este modo, Santo Tomás
permite que San Agustín proporcione la
instrucción sobre el sacrificio, especialmente
lo que el Doctor de Hipona dice en el libro X de
«La Ciudad de Dios» (capítulos 5 y 6) y en su
«De Trinitate». Brevemente, el sacrificio crea
unidad: «para que podamos seguir siendo uno con
él» (4).
La pasión de Cristo opera según el modo del
sacrificio porque da lugar, en última instancia,
a aquella unión de Dios y el hombre que llamamos
visión beatífica. Qué diverso es el papel de los
implicados en causar este sacrificio único, en
el que Cristo es tanto víctima como sacerdote.
Santo Tomás contestaba a la objeción de que,
puesto que los que matan a Cristo cometen un
crimen horrible, no habrían podido dar
cumplimiento a algo sagrado: «Por parte de
quienes llevan a la muerte a Cristo, la pasión
fue un crimen; por parte de Cristo, que sufrió
por amor, fue un sacrificio» (5).
Mel Gibson presenta este tema con una exactitud
que se adecua no sólo a los relatos bíblicos de
la pasión, sino también a las afirmaciones
teológicas aprobadas por la Iglesia con respecto
a la responsabilidad de quienes participaron en
llevar a Cristo a la muerte.
Nadie puede ver la película e irse sin un
conocimiento de que hay dos clases de personas
rodeando la escena de la crucifixión: quienes
creen que lo que está ocurriendo se conforma con
el plan de Dios, incluso aunque sufran un gran
dolor, aunque no tristeza; y quienes no
comprenden el misterio. Esta última clase de
personas incluye, de un lado, aquellos con
simpatías humanas naturales, expuestas
principalmente a través de la mujer de Pilato,
Claudia, y, de otro lado, aquellos que muestran
una crasa indiferencia, especialmente los rangos
más bajos de soldados romanos.
El modo de la redención.
El tema de la redención o rescate emerge de los
textos bíblicos donde se afirma que Cristo nos
redime: 1 Pedro 1: 18ss., «sabiendo que habéis
sido rescatados de la conducta necia... con una
sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin
mancilla», y Gálatas 3:13: «Cristo nos rescató
de la maldición de la ley».
Cristo libera al hombre tanto del castigo del
pecado mismo, el cautiverio o esclavitud que el
pecado impone, como de la pena de la justicia
divina que se opone a todo pecado porque Dios no
puede actuar contra su justicia. La redención es
lo opuesto a la esclavitud y al castigo;
«estamos liberados», dice Santo Tomás, «de ambas
obligaciones» (6).
El poeta y escritor de himnos latino Prudencio
(348-410) expresa esta antigua verdad: «Mira,
ahora al fiel se ha abierto,/ el brillante
camino que conduce al Paraíso;/ se permite otra
vez que entre el hombre/ al jardín que perdió
por la serpiente» (7).
Por supuesto, este efecto sólo es posible porque
es obra de la Trinidad entera. «Cristo como
hombre, por tanto, es, hablando con propiedad,
el Redentor inmediato, aunque la redención
actual se puede atribuir a la entera Trinidad
como causa primera» (8).
Desde el principio hasta el final, Mel Gibson no
duda en incluir al diablo en la acción dramática
de «La Pasión de Cristo». El diablo, «que
incluso intentaría desviar a Jesús de la misión
recibida de su Padre», aparece de forma
andrógina no, según mi punto de vista, como un
comentario sobre las costumbres sociales
contemporáneas, sino para recordar a los
espectadores que el diablo es «un mentiroso y el
padre de la mentira» (9).
Lo que la gente cree que es bueno cambia para
constituirse en una mentira sobre el bien de la
persona humana. Es el relato más antiguo en el
libro. En este caso, el libro es el Génesis...
La Pasión de Cristo invierte la participación
del hombre que ha sido expulsado del Jardín.
Cristo aplasta decisivamente la cabeza de la
serpiente.
Acaso no reconocemos de hecho que Gibson coloca
en labios de María Magdalena la pregunta
acostumbrada reservada al hijo más joven de una
familia judía, «Para qué es esta noche...», y el
que haga la pregunta a María, Madre de Cristo,
es una muestra de que obra la nueva Eva. Por
encima de todos los demás, María, la Nueva Eva,
comprende que se ha inaugurado el gran cambio
del apesadumbrado perdón del hombre.
El modo de la causa eficiente
El artículo final de la «Summa Theologiae»
IIIa q. 48 completa la discusión de la pasión al
clarificar el estatus especial de quien ha sido
crucificado.
«Dios es la causa eficiente principal de la
salvación del hombre. Pero,» dice Santo Tomás,
«puesto que la humanidad de Cristo es el
instrumento de su divinidad, todos los actos y
sufrimientos de Cristo operan instrumentalmente
en virtud de su divinidad para llevar a cabo la
salvación del hombre» (10).
Puesto que resulta imposible representar
visualmente lo que es invisible, es difícil,
sino imposible, representar a Cristo. El rostro
de Dios permanece invisible. Los santos
reconocen esta verdad. Se dice que el bendito
Juan de Fiésole, Fra Angelico, había observado
que, «Para pintar a Cristo, es necesario vivir
con Cristo». Deberíamos tomarlo en su sentido
escatológico.
Mel Gibson dirige a Jim Caviezel de forma que,
en mi opinión, se acerca a la consecución de lo
imposible. Hay Cristos de Pasolini, Zeffirelli,
y Rosellini, pero el Cristo de Gibson consigue
representar la más alta expresión de los valores
humanos.
Aunque no soy crítico de arte, me parece que los
principales excesos, incluso distorsiones, que
algunos comentaristas han cuestionado, de hecho
tienen el fin de mostrarnos que este hombre es
más que un hombre. Que tenemos que buscar en
otra parte la fuente de su resistencia humana.
¿Sería demasiado aventurado preguntar si Mel
Gibson también indica la naturaleza divina de
Cristo al sugerir que posee el conocimiento
infuso? ¿Por ejemplo, cuando Cristo diseña una
mesa europea del siglo XVI para palestinos del
siglo I? ¿O cuando sin esfuerzo Cristo comienza
a hablar con Pilato en latín?
Algunos expertos se han preguntado acerca de la
ausencia del griego en la película; nadie que
conozca ha conjeturado que el «Jesús histórico»
pudiera haber tenido ocasión de aprender el
latín conversacional.
No deberíamos dejar el modo de la eficiencia sin
observar que Gibson no deja de lado la
visualización de los signos de intervención
divina en el momento de la muerte de Cristo que
recogen los Evangelios.
«La Pasión de Cristo» no termina con
meditaciones sobre las presumibles disposiciones
interiores de los seguidores de Cristo. La
película concluye más bien con la afirmación
incuestionable de que esta crucifixión tiene
como resultado eventos de significación cósmica
que sólo puede producir Dios.
Déjenme concluir con unas palabras sobre la
relación de la pasión de Cristo con la Iglesia.
Mel Gibson triunfa al enfatizar el carácter
femenino de la Iglesia --sólo las mujeres tocan
con reverencia la sagrada sangre, la Verónica,
María, María Magdalena, y, por extensión,
incluso Claudia, que proporciona el lino limpio
para dicho propósito--.
Y al mismo tiempo, coloca a la Virgen Madre de
Dios, María Inmaculada, en lo que obviamente es
el contacto más cercano a los sufrimientos de su
Hijo. Ella que es Madre del Redentor se
convierte por este hecho en madre de todos los
que son redimidos.
Vemos la meditación maternal de María
desarrollada en la película. Gibson presenta a
María que «se pone entre su Hijo y los hombres
(¡Las escenas en que María nos mira directamente
a nosotros!) en la realidad de sus privaciones,
indigencias y sufrimientos (La escena de Pedro a
sus pies). Se pone ‘en medio’, o sea hace de
mediadora no como una persona extraña, sino en
su papel de madre» (11). Las palabras son del
Papa Juan Pablo II. Mel Gibson recoge lo que el
Papa escribe en «Madre del Redentor» de una
forma que sólo esto merece para la película el
título de «católica».
Si reconocemos que la Pasión está relacionada
con la Iglesia, también reconoceremos que está
relacionada con la realidad de la conversión
eucarística. Existe un cierto sentido de que
toda la película trata de la Eucaristía. El Pan
de Vida.
San Jerónimo ilustra esta verdad: «Pero dirás:
¿Cómo me prohíbes llorar, cuando también Jacob
vestido de saco lloró a José? (Ver Génesis
37:35)... porque Cristo no había aún quebrantado
la puerta del paraíso, todavía su sangre no
había apagado la famosa espada de fuego y el
torbellino de querubines sentados delante (ver
Génesis 3:24; Cf. Ezequiel 1:15-20)... conforme
a lo que dice el Apóstol, ‘Y reinó la muerte
desde Adán hasta Moisés, aun sobre los que no
pecaron’ (Romanos 5:14); mientras que en Jesús,
es decir, en el Evangelio, en Jesús, por quien
fue abierto el paraíso, a la muerte sigue el
gozo» (12).
«La Pasión de Cristo» invita a sus espectadores
a que reconozcan que, en el pan eucarístico que
ofrece Jim Caviezel a sus discípulos-sacerdotes,
descubrimos una fuente de amor que nunca
termina.
_______________________________
NOTAS.
(1) «Summa Theologiae» IIIa q. 48, art. 1.
(2) «Summa Theologiae» IIIa q. 48, art. 2.
(3) «Summa Theologiae» IIIa q. 48, art. 3.
(4) «De Trinitate» IV, 14 (PL 42:901), citado en
Ibid.
(5) «Summa Theologiae» IIIa q. 48, art. 3, ad 3.
(6) «Summa Theologiae» IIIa q. 48, art. 4.
(7) "The Poems of Prudentius," trans. Sister M.
Clement Eagan, "The Fathers of the Church," vol.
43 (Washington, D.C.: Catholic University of
America Press, 1962), p. 77.
(8) «Summa Theologiae» IIIa q. 48, art. 5.
(9) Ver 1 Juan 3:8 citado en el Catecismo de la
Iglesia Católica, n. 392; también, n. 394.
(10) «Summa Theologiae» IIIa q. 48, art. 6.
(11) Carta Encíclica de Juan Pablo II, «Mater
Redemptoris», no. 21
(12). San Jerónimo, Carta 39, A Paula, sobre la
Muerte de Blesila (Roma 389), en Epistolario,
San Jerónimo, BAC, Madrid, 1993, págs. 345-347.
Articulo donado
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