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Los
“demás” ejercen sobre cada uno una presión muy
particular. Nos miran, piensan y dicen muchas
cosas sobre lo que somos, queremos y hacemos.
Tal vez algunas de sus afirmaciones sean
verdaderas. Otras, más o menos aproximadas.
Otras, completamente fuera de lugar y sin el
menor respeto hacia la justicia y la verdad.
Pero el hecho de que se diga de mí una cosa u
otra, de que me piensen listo o tonto, ingenuo o
hipócrita, trabajador o perezoso, influye no
poco en lo que yo mismo pueda llegar a creer
sobre mi propia personalidad.
Desde luego, son muy distintos los ojos de unos
familiares que nos quieren de verdad, de los
ojos de unos extraños que nos ven por la calle,
o de los compañeros de trabajo que nos aprecian
o que nos desprecian desde lo íntimo de su
corazón. Quizá lo que piensan los que están a
nuestro lado y nos conocen mejor nos marca de un
modo profundo, hasta el punto de que nos
sentiríamos extraños si hiciésemos algo que
“desentonase” con el cuadro majestuoso o la
caricatura grotesca que han dibujado nuestros
“amigos” cuando nos ven, cuando piensan en
nosotros.
A la vez, hay una voz mucho más profunda que nos
juzga desde la mañana hasta la noche: la voz de
la conciencia. Esta voz no deja de mirarnos ni
en los lugares más escondidos, ni en las
vacaciones más lejanas del hogar, ni en los
pensamientos más profundos. Allí está esa
presencia, esa compañía de un juicio que no deja
lugar a dudas y que nos dice, simplemente, que
hemos hecho algo bueno, o que en esta ocasión,
como en muchas otras, nos hemos comportado
miserablemente.
Por último, algunas veces nos encontramos con
los ojos de Dios, con el eco misterioso de los
silencios de Dios. No le oímos, quizá porque
nuestro corazón está ocupado en otras mil cosas,
pero dice sin hablar lo que resulta más
importante para nosotros: que vivimos según su
amor y sus deseos, o que hemos optado por
recorrer el camino de la vida acompañados sólo
por nuestro egoísmo y nuestros planes
personales.
Es cierto que los otros pueden condicionar
enormemente nuestras acciones. Es cierto también
que a veces nuestra propia psicología nos frena
y nos ata, hasta el punto de que nos hacemos
incapaces de mil cosas que, de por sí, podríamos
llevar a cabo sin mayores complicaciones. Pero
es mucho más cierto que con el juicio de Dios,
con su amor y su presencia, hasta el hombre más
mediocre, hasta un criminal despreciado por
todos en las tinieblas de una cárcel, puede
iniciar una vida nueva. Porque si hay miradas
que condicionan, que encadenan, también Dios
tiene unos ojos que son capaces de romper con
todos los esquemas y de iniciar heroísmos que
jamás habríamos imaginado.
Nuestra vida continúa. Los relojes nos recuerdan
nuestros compromisos. Nuestros amigos nos
vuelven a etiquetar con los adjetivos de
siempre. Nuestra psicología nos persigue, quizá
con complejos que nos empequeñecen. Dios, en lo
más profundo de la noche o en lo más
esplendoroso de un día soleado, nos mira con
cariño, y nos conoce a fondo. Sabe lo que
podemos hacer si nos dejamos amar. Sabe que en
cada uno se esconde una Juana de Arco, un Tomás
Moro o un Martín de Porres. Y ese santo, héroe y
mártir saldrá a la luz sólo si le damos una
oportunidad, si rompemos esquemas y nos dejamos
sorprender por el cariño de Dios que puede sacar
hijos de Abrahán incluso de debajo de las
piedras...
Autor: P. Fernando Pascual
Se agradece a Catholic.net por
este excelente artículo.
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