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A
continuación les presento un artículo escrito
por el Padre Jesús Martí Ballester y se puede
encontrar en su forma original dando
click aquí
El artículo original
hablaba de muchas otras cosas más, pero he
querido separar esta parte para resaltar el tema
que considero es muy importante y necesario para
todos los que deseamos acercarnos más a Dios, el
artículo habla principalmente de los religiosos
y sacerdotes pero es perfectamente aplicable a
todos.
Cuántas veces
comenzamos nuestra misión profética sin haber
crecido...
Un director espiritual de seminario mostraba su
extrañeza por lo pronto que se desinflaban los
nuevos sacerdotes recién ordenados. No advertía
que se cosecha lo que se siembra. Ambiente
competitivo de estudio, ansia de salir cuanto
antes al mundo sin la preparación adecuada.
Prisa por la exigencia de cubrir los puestos
canónicos. En resumen, soldados sin instrucción,
no digo teórica, sino de transformación
personal. Escaso adiestramiento en las virtudes
de humildad profunda, de caridad verdadera, de
castidad luminosa y sin represión, de
desprendimiento de la vanidad, y todo lo que se
supone y que no se tiene, no presagian otra cosa
que lo que ocurre que, por decirlo con brevedad,
no es sino enviar a ejercer la cirugía a
internos que nunca practicaron. Urge la
preparación personal sin prisas si se busca el
progreso del evangelio.
No se puede evangelizar sin estar
evangelizado
Ni sacerdotes ni laicos podemos salir a
evangelizar con nuestro espíritu a medio cocer,
y quiera Dios que a ello llegue nuestro estado y
no nos encontremos en grados inferiores. Porque
podemos hacer ruido pero no dar al Señor. Y
encima, perder el mérito junto con el fruto. Ya
recibieron su paga. Cataloga San Juan de la Cruz
los defectos de los principiantes. Los novicios
parecen santos... y no lo son… Los padres
jóvenes, ni lo parecen ni lo son (dice un refrán
citado por el teólogo Garrigou Lagrange).
Y añade San Juan de la
Cruz: Tienen soberbia oculta: El demonio les
aumenta el deseo de hacer cosas porque sabe que
no les sirven de nada, sino que se convierten en
vicio. Tienen satisfacción de sus obras y de si
mismos. Hablan cosas espirituales delante de
otros. Las enseñan y no las aprenden. Cuando les
enseñan algo se hacen los enterados. Condenan en
su corazón cuando no ven a los otros devotos
como ellos querrían y lo dicen como el fariseo,
despreciando al publicano. Quisieran ser ellos
solos tenidos por buenos. Y condenan y murmuran
mirando la paja en el ojo ajeno sin ver la viga
en el suyo. Cuando sus confesores y superiores
no les aprueban el espíritu dicen que no son
comprendidos. Buscan quien les apruebe porque
desean alabanza y estima. Huyen como de la
muerte de los que les deshace sus planes para
ponerlos en camino más seguro, y les toman
manía.
Por su presunción: hacen muchas promesas y
cumplen pocas. Desean que los demás comprendan
su espíritu y para esto hacen muestras de
movimientos, gestos, suspiros y otras
ceremonias. Se complacen en que se enteren de
esto y tienen verdadera codicia de que se sepa.
Llenos de envidias e inquietudes. Disimulan sus
pecados en el confesionario. Tienen en poco sus
faltas. Se entristecen por ellos, pensando que
ya habían de ser santos. Se enfadan consigo
mismos con impaciencia, con deseos de que Dios
les quite sus pecados no por Dios, sino para
estar tranquilos. Con lo que se harían más
soberbios y presuntuosos. Son enemigos de alabar
a los demás, y muy amigos de que los alaben a
ellos, buscando óleo por defuera...
Los que van en perfección
En cambio los que van en perfección tienen sus
cosas en nada. No están satisfechos de sí
mismos. Tienen a todos por mejores y los cobran
santa emulación. Preocupados de amar a Dios no
miran si los otros hacen o no hacen. Ven a todos
mejores que ellos. Como se tienen en poco
también quieren que los demás los tengan en poco
y que los deshagan y desestimen sus cosas. Y si
los alaban no lo ven merecido. Desean que se les
enseñe. Prontos a caminar por otro camino si se
le mandan. Se alegran de que alaben a los otros.
No tienen ganas de decir sus cosas. En cambio
tienen gana de decir sus faltas y pecados y no
sus virtudes y así se inclinan mas a tratar su
alma con quien en menos tiene sus cosas y su
espíritu. Nosotros vemos y comprobamos la
eficacia de un potente motor de coche, de un
ordenador, o cualquier otro aparato mecánico,
aunque no conozcamos su mecanismo; el poder de
un discurso pronunciado por una inteligencia
penetrante; la persuasión de una persona
elocuente; la pintura de una figura creada por
un artista total, Rafael, Boticelli, Giotto, El
Greco, Velázquez, Zurbarán…; la maravilla
permanente de Wagner, Beethoven…; pero carecemos
de antena para detectar el misterio de la gracia
y de la operación de Dios a través de un hombre
santo. No lo distinguimos. Es misterioso, pero
existe. Y de él depende la extensión mayor o
menor del Reino de Dios. Extensión que no es
algo abstracto sino muy concreto y apreciable en
nuestra acción o en nuestro silencio: una
palabra ungida que pega fortaleza; un párrafo
leído que hace pensar y decidir; una actitud
silenciosa que pacifica. El reino va creciendo
así como la semilla enterrada, como el grano que
se pudre en el surco y germina lentamente pero
inevitablemente; como el rocío que vivifica y
alegra el despertar de la mañana. ¡Qué hermosura
de misión la que nos ha encargado Jesús y
fecunda con su Espíritu Santo!
-- FIN --
Reflexionemos muy a
fondo sobre esto pues es un error muy común en
el que podemos caer al acércanos a Dios y
terminar alejándonos de Él. |