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Por Santo Tomás de Aquino
Nota previa: este tratadito de Santo Tomás de
Aquino, poco conocido, es una verdadera joya de
la espiritualidad católica. Trata sobre los
obstáculos que normalmente encuentra quién se
decide a seguir a Cristo en pobreza, castidad y
obediencia, es decir, como miembro de una orden
o familia religiosa. A pesar del paso del tiempo
(Santo Tomás vivió en el siglo XIII), las
realidades fundamentales no han cambiado: el
diablo buscará mil artimañas para evitar que una
persona se entregue a Dios en la vida
consagrada. El lector podrá distinguir sin
dificultad lo que es permanentemente válido de
aquello que se refiere a circunstancias
históricas exclusivas del tiempo de Santo Tomás,
y de aquello que pertenece a la retórica de
aquel tiempo.
CAPÍTULO I: PREFACIO DEL AUTOR
El fin de la religión cristiana consiste
principalmente, a nuestro parecer, en apartar a
los hombres de las cosas terrenas y hacerlos
tender a las espirituales. De ahí que Jesús,
autor y término de la fe, al venir a este mundo
predicara a sus fieles con el ejemplo y la
palabra, el desprecio de las cosas del siglo.
Con el ejemplo, pues como dice San Agustín, el
Señor Jesús hecho hombre despreció todos los
bienes terrenos para enseñarnos a despreciarlos,
y soportó todos los males terrenos que mandaba
soportar, para que ni en aquéllos se busque la
felicidad, ni en éstos se tema la infelicidad.
Nació de una madre que, aunque haya concebido
sin conocer varón y permaneciendo siempre
virgen, estaba desposada con un obrero, borrando
así todo título de nobleza según la carne. Nació
en Belén, la más pequeña entre las ciudades de
Judá, para que nadie se gloriase de la grandeza
de la ciudad terrena. Se hizo pobre aquél cuyas
son todas las cosas y por quien todas las cosas
fueron hechas, para que nadie se enorgullezca de
las riquezas terrenas. No quiso ser proclamado
rey por los hombres, para mostrarnos el camino
de la humildad. Tuvo hambre el que a todos
alimenta; tuvo sed el que creó toda bebida; se
cansó de caminar quien se hizo por nosotros
camino del cielo; fue crucificado quien puso
término a nuestros tormentos; murió quien
resucitó a los muertos.
Todo esto lo enseñó también de palabra, puesto
que al comenzar su predicación, no prometió
reino terreno alguno, sino el reino de los
cielos para los que hicieran penitencia.
Fundó la felicidad primera de sus discípulos en
la pobreza de espíritu, a la cual señala como el
camino de la perfección al responder a la
pregunta del joven: Si quieres ser perfecto,
anda y vende cuanto tienes, y dáselo a los
pobres y tendrás un tesoro en el cielo; ven,
después, y sígueme (Mt 19,21) y éste es el
camino que siguieron los discípulos, como si
nada poseyesen temporalmente, pero poseyéndolo
todo espiritualmente por la virtud. Con tener lo
necesario para alimentarse y vestirse, ya
estaban contentos.
Pero el diablo, el enemigo de la salvación
humana, desde tiempos antiguos procura por medio
de los hombres carnales, enemigos de la Cruz de
Cristo, aficionados a lo terreno, estorbar tan
piadosas como saludables aspiraciones.
Dice San Agustín: "Los hombres, las mujeres,
toda edad y toda dignidad han sido transformados
en vista a la vida eterna. Unos, desechando los
bienes temporales, vuelan a los divinos. Otros
aprueban las virtudes de quienes así proceden y
alaban lo que no se atreven a imitar. Pero
existen aún unos pocos murmuradores,
atormentados por una envidia tonta, son los que
buscan en la Iglesia sus propios intereses
aunque en apariencia sean católicos; o buscan su
gloria valiéndose del nombre de Cristo siendo en
realidad herejes". Y bien, herejes de esta clase
surgieron muchos desde antiguo y en diversos
lugares, sobresaliendo con igual extravagancia
Joviniano en Roma y Vigilancio en la Galia,
lugares que se habían visto anteriormente libres
del monstruo del error. Con manifiesta perfidia
pretendía el primero equiparar el matrimonio a
la virginidad, y el segundo las riquezas a la
pobreza, desautorizando, en cuanto estuviese en
sus manos, los consejos del Evangelio y de los
Apóstoles. En efecto, si las riquezas se han de
equiparar a la pobreza y el matrimonio a la
virginidad, Nuestro Señor hubiese aconsejado en
vano practicar la pobreza y su Apóstol guardar
la castidad.
El insigne doctor San Jerónimo refutó
eficazmente a ambos. Pero, como se lee en el
Apocalipsis, una de las cabezas de la bestia que
parecía muerta, se ha curado de su herida
mortal, porque surgen en la Galia nuevos
Vigilancios que de mil maneras y con toda
astucia alejan a los hombres de la observancia
de los consejos. He aquí sus doctrinas:
1) Ninguno debe obligarse por el ingreso a la
vida religiosa, a la observancia de los
consejos, sin haberse ejercitado antes en la
observancia de los mandamientos.
Y con esto obstruyen el camino de la perfección
a los niños, a los pecadores y a los recién
convertidos a la fe.
2) Nadie debe seguir el camino de los consejos
sin haber requerido el consejo de muchos.
A nadie que piense rectamente puede pasar
inadvertido el grave obstáculo que acarrea esto
a quienes desean alcanzar la perfección,
teniendo en cuenta que los consejos de los
hombres carnales, que tan numerosos son, alejan
a los hombres de las cosas espirituales con
mayor facilidad que para atraerlos.
3) Sus esfuerzos se dirigen sobre todo a impedir
que los hombres se obliguen a ingresar a la vida
religiosa.
Con lo cual quitan de por medio esa obligación
que afianza al alma en su propósito de abrazar
el camino de la perfección.
4) Por último procuran de mil maneras y sin
ningún escrúpulo, rebajar la perfección de la
pobreza.
Este malvado intento tiene un antecedente en la
actitud de Faraón, quien reprendiendo a Moisés y
a Aarón que querían sacar de Egipto al pueblo de
Dios les dijo: "¿Cómo es que vosotros, Moisés y
Aarón, distraéis al pueblo de sus tareas?" Y
Orígenes comenta: "Hoy también si Moisés y
Aarón, es decir, una voz profética y sacerdotal,
indujese a un alma al servicio de Dios, a salir
del mundo, a renunciar a todo lo que posee, a
consagrarse al estudio de la ley y de la palabra
de Dios, al punto oiréis decir a los amigos de
Faraón, que piensan como él: Ved cómo seducen a
los hombres y pervierten a los adolescentes...
Estas eran entonces las palabras de Faraón;
éstas repiten hoy sus amigos". Estos son los
consejos, con los que no pretenden otra cosa que
interrumpir la marcha de los que tienden a la
perfección.
Decía Salomón que no hay consejo que valga
contra Dios. Confiados, pues, en su auxilio, con
armas espirituales confirmadas con el poder de
Dios, procuremos rebatir estas opiniones y su
arrogante presunción de levantarse contra la
ciencia de Dios.
Por lo tanto, en cada uno de los puntos
propuestos, procederemos en el siguiente orden:
Primero expondremos las razones en que quieren
fundar su doctrina.
Procuraremos después demostrar por qué y cómo
cada uno de estos puntos van contra la verdad
-que es conforme a la piedad-.
Por último probaremos que las razones invocadas
para confirmar sus opiniones son ineficaces y
sin sentido.
CAPÍTULO II: OBJECIONES
"Para ser admitido en la vida religiosa es
necesario haber observado antes los
mandamientos".
De muchas maneras quieren nuestros adversarios
probar que nadie debe emprender el camino de los
consejos sin haberse ejercitado antes en la
observancia de los mandamientos.
1) Nuestro Salvador, cuando dio el consejo de
pobreza, puso al joven la condición previa de
que si quería entrar en la vida eterna, guardara
los mandamientos y recién cuando le confesó
haberlos observado desde su adolescencia, le dio
el consejo de pobreza.
Parece por lo tanto que la observancia de los
mandamientos debe preceder a la de los consejos.
2) Sobre aquel lugar de San Mateo (28,20):
Enseñándoles a observar todas las cosas que os
he mandado, comenta San Beda: "Orden razonable.
Primero hay que enseñar al discípulo; después
impregnarlo con los misterios de la fe, y recién
instruirlo en la guarda de los mandamientos".
Por consiguiente, el haber guardado los
mandamientos en condición previa para iniciarse
en los consejos.
3) En el Salmo (118,104), se lee: Por tus
mandamientos he tenido inteligencia. "No digo,
-comenta la glosa-, que entiendo tus
mandamientos, sino: por medio de tus
mandamientos, porque guardándolos llegó éste a
la suma sabiduría". Idéntica conclusión.
4) Sobre aquello del Salmo (130): Como el niño
recién destetado en los brazos de su madre dice
la glosa: "Así como se distinguen cinco etapas
en la procreación y nutrición carnal, así
también en la espiritual. Primero somos
concebidos en el seno; luego nos alimentan allí
mismo que nos den a luz; desde entonces somos
llevados en brazos de nuestra madre y
alimentados con leche hasta que destetados ya
nos sentamos a la mesa del padre... La Santa
Iglesia observa estas cinco etapas. En efecto,
en los miércoles de la cuarta semana la Iglesia
concibe, por así decirlo, a sus hijos, pues en
este tiempo por los exorcismos y la enseñanza de
la doctrina cristiana se instruyen en los
rudimentos de la fe. Después son alimentados en
el seno de la Iglesia hasta el Sábado Santo en
que son dados a luz por el Bautismo. Desde
entonces la Iglesia los lleva en sus brazos y
los alimenta con leche hasta Pentecostés.
Durante este tiempo no se les impone nada
extraordinario como levantarse a medianoche y
ayunar. Pero una vez destetados comienzan a
ayunar y a practicar ciertas cosas más
dificultosas".
Muchos hay que pervierten este orden imitando a
herejes y cismáticos, privándose de la leche
antes de tiempo, con lo que se ocasionan la
ruina. Ahora bien, es mucho más difícil observar
los consejos que los mandamientos. Por
consiguiente, el comprometerse a practicar los
consejos sin haber practicado los mandamientos
es hacer las cosas al revés y exponerse a la
herejía o al cisma.
5) Lleva a la misma conclusión el orden que el
Salvador observó en los milagros con que
alimentó a las muchedumbres: primero sació a
cinco mil hombres con cinco panes y dos peces (Mt
14). Luego a cuatro mil con siete panes y siete
pecesitos (Mt 15). Los cinco mil hombres
simbolizan a los que en su vida seglar saben
usar rectamente los bienes exteriores, y los
cuatro mil son los que renuncian completamente
al mundo, agraciados con los siete panes, es
decir, con la perfección evangélica, y
confortados con la gracia espiritual. Por
consiguiente, antes de abrazar la perfección de
los consejos, es necesario nutrirse con la
observancia de los mandamientos.
6) San Jerónimo dice al principio de su
comentario a San Mateo: "Cuatro son las
cualidades de que están estructurados los
Evangelios: preceptos, mandamientos, testimonios
y ejemplos. A los preceptos responde la
justicia; a los mandamientos, la caridad; a los
testimonios, la fe y a los ejemplos, la
perfección". Por consiguiente hay que proceder
de la justicia de los preceptos a la perfección
de los ejemplos, la cual parece referirse a los
consejos.
7) Dice San Gregorio en el libro de la Moral:
"Después de su enlace con Lía, Jacob se llegó a
Raquel; porque el varón perfecto se abraza
primero con la fecundidad de la vida activa y se
une luego con el reposo de la vida
contemplativa". Ahora bien, el estado religioso,
en el cual se practican los consejos, es un
estado de vida contemplativa; los mandamientos
en cambio, nos orientan a la vida activa. "He
aquí la vida activa", dice una glosa comentando
el capítulo diecinueve de San Mateo en que se
enumeran los preceptos de la Ley; y sobre el
pasaje del mismo capítulo: Si quieres ser
perfecto dice: "He aquí la vida contemplativa".
Como se ve, no hay que pasar al estado religioso
sin haberse ejercitado antes en la vida activa
por la observancia de los mandamientos.
8) Comentando un texto de Ezequiel, dice el
mismo San Gregorio: "Nadie se hace muy bueno de
repente. Quien sinceramente se convierte
comienza practicando las cosas pequeñas para
llegar a las grandes". Aquí parece que llama
cosas pequeñas a los preceptos del decálogo y
grandes a los consejos, que pertenecen ya a la
perfección, pues dice San Agustín en su tratado
sobre el Sermón de la Montaña: "Los preceptos
contenidos en la ley se llaman pequeños; lo que
dirá Cristo serán las cosas grandes". Por lo
tanto, no hay que comprometerse en grandes
empresas, esto es, en los consejos, sin previo
ejercicio en otras menores, es decir, en los
mandamientos.
9) San Gregorio (Decretis, dist. XLVIII, cap.
Sicut.) dice: "A las paredes recién construidas,
como sabemos, no se las carga con el peso de los
travesaños antes de haberse secado; pues si
recibieran este peso antes de adquirir solidez,
se vendría abajo todo el edificio".
10) En el mismo lugar: "Se expone a una gran
desgracia quien queriendo subir a un monte muy
alto, se va por lo escarpado en lugar de ir por
la pendiente más suave". Muy peligroso es pues,
pretender alcanzar la tan elevada perfección de
los consejos sin haberse ejercitado en los
grados inferiores, o sea en los mandamientos.
11) En un orden de naturaleza, los mandamientos
son anteriores a los consejos puesto que son más
generales; mas no a la inversa, es decir, que
sean anteriores los consejos, por cuanto se
pueden guardar los mandamientos sin practicar
los consejos, pero no practicar los consejos sin
guardar los mandamientos...
Conclusión: Tender a los consejos sin un hábito
adquirido en la guarda de los mandamientos, es
pervertir el recto orden.
12) Si los consejos precedieran a los
mandamientos, en manera alguna se podrían salvar
quienes no practiquen los consejos, pues según
este principio no podrían guardar ni los
mandamientos.
Estos son los argumentos más gastados para
probar que nadie puede abrazar el estado de
perfección en la vida religiosa sin haber
guardado habitualmente los mandamientos.
CAPÍTULO III: EN EL CASO DE LOS NIÑOS
Tratándose aquí una cuestión moral, debemos
estudiarla bien para ver si en su solución hay
algo que no esté de acuerdo con las buenas
costumbres, que es precisamente lo que
afirmaremos de la doctrina de nuestros
adversarios.
Hay tres géneros de hombres no habituados a la
observancia de los mandamientos. En primer lugar
los niños, que por su corta edad no pueden tener
ese hábito. En segundo lugar, los recién
convertidos a la fe, antes de lo cual no puede
haber hábito alguno en los mandamientos porque
Todo lo que no es según la fe, es pecado (Rm 14,
25) y Sin fe es imposible agradar a Dios (Hb 11,
6). Por último, los pecadores que han pasado la
vida en el pecado.
En cualquiera de estos casos la afirmación
contraria es abiertamente falsa.
La tesis contraria no vale en el caso de los
niños: como en toda profesión y oficio, el
hombre adquirirá, ingresando en la vida
religiosa, un hábito sólido y arraigado en las
virtudes propias de ese estado.
Ejemplo de los santos y de Nuestro Señor.
Si la práctica de los preceptos debiera preceder
necesariamente al camino de los consejos
emprendido en el ingreso a la religión, sería
una cosa irracional, que la Iglesia no podría
aprobar, el que los padres ofrezcan a Dios a sus
hijos de corta edad, para ser educados en la
observancia de los consejos antes de que puedan
ejercitarse en la práctica de los mandamientos.
Ahora bien, las costumbres de la Iglesia, cuya
autoridad tiene gran peso, y numerosos pasajes
de la Escritura, establecen lo contrario.
En efecto, dice San Gregorio (XX, q. 1, Cap.
Addidistis): "Si el padre o la madre sometieran
a su hijo o su hija, niños todavía, a la
disciplina regular dentro de un monasterio, una
vez que pasen éstos los años de la pubertad ¿les
será lícito salir y unirse en matrimonio?
Rehusamos dar una respuesta". Poco importa al
caso presente en la forma en que está planteado,
que estén o no obligados a la observancia
regular para siempre, pues si el haber guardado
los mandamientos fuera condición necesaria para
practicar los consejos, en ningún caso sería
lícito someter a la observancia regular a
quienes no hayan cumplido esta condición.
Esta costumbre de consagrar los niños a la
religión está confirmada no sólo por numerosas
leyes eclesiásticas, sino también por el ejemplo
de los Santos. Narra San Gregorio en el libro
segundo de los Diálogos que "Comenzaron a
reunirse con el bienaventurado Benito ciudadanos
nobles y piadosos de Roma, y a entregarle sus
hijos para que los criase en el servicio de Dios
Omnipotente. En esta ocasión y con este buen
propósito entregó Eutiquio a su hijo Mauro, y
Tertulo Patricio a su hijo Plácido. El
jovenzuelo Mauro, en virtud de sus excelentes
costumbres, fue ayudante del Maestro; y Plácido
estaba aún en la infancia". El mismo San Benito,
como narra San Gregorio en el libro citado,
siendo todavía niño abandona el estudio de la
literatura, su casa y los bienes paternos; y no
deseando sino agradar a Dios, sólo procuró vivir
santamente.
Y aun podemos descubrir el origen de esta
costumbre en los mismos Apóstoles. En efecto
dice Dionisio al fin de la Jerarquía
Eclesiástica: "Los pequeñuelos, elevados a una
vida superior, se habituarán a vivir santamente,
inmunes de todo error y exentos de toda
impureza. De esto se dieron cuenta nuestros
divinos jefes y creyeron oportuno recibir a los
niños". Y aunque aquí hable Dionisio de la
admisión de los niños en la religión cristiana
por el bautismo, con todo la razón allí aducida
vale también para nuestro propósito, porque en
ambos casos hay que educar a los niños en
aquellas cosas que han de observar luego, para
que se habitúen a ellas.
Investigando más atrás todavía, encontramos
apoyando nuestras tesis la autoridad del mismo
Señor. En efecto se lee en San Mateo (19,13) que
Presentaron a Cristo ciertos niños para que
pusiese sobre ellos las manos y orase; mas los
discípulos les reñían. Jesús, por lo contrario,
les dijo: Dejad en paz a los niños y no les
estorbéis que vengan a Mí, porque de los que son
como ellos es el reino de los cielos. San
Jerónimo observa: "Si se aparta de Cristo a la
niñez inocente, ¿quién merecerá acercarse a
Cristo? ¿Pues si han de ser santos, por qué
impedir a los hijos llegarse al Padre? Y si han
de ser pecadores ¿por qué pronunciáis la
sentencia de condenación antes de ver la culpa?"
Si es evidente que el camino de los consejos nos
acerca tanto a Cristo según aquello de San Mateo
(19, 21): Vende todo lo que tienes, dáselo a los
pobres y sígueme, ¿con qué razón se ha de
impedir a los niños acercarse a Cristo por la
observancia de los consejos? Hay con todo,
muchos que, como dice Orígenes comentando el
pasaje citado, antes de tener claro
discernimiento de cómo se han de usar los
derechos para con los niños, censuran a los que
por la simplicidad de su doctrina consagran a
Cristo a los niños y a otros menos instruídos
aún. El Señor en cambio, exhortando a sus
discípulos, hombres ya maduros, a ser
condescendientes en provecho de los niños, les
dice, a fin de que se hiciesen como niños, para
con los niños, para ganar a los niños: De los
que son como ellos es el reino de los cielos. Y
Él mismo, siendo Dios, se hizo niño. Debemos
pues tener esto presente, no sea que presumiendo
poseer una sabiduría superior, despreciemos,
jactándonos de grandes, a los pequeños de la
Iglesia impidiendo a los niños llegar a Jesús.
Retrocediendo un poco más, leemos en San Lucas
(1,80) de San Juan Bautista: El niño iba
creciendo y era confortado en espíritu hasta el
día que se manifestó a Israel. "El futuro
predicador de penitencia -comenta San Beda-,
para poder con más libertad enseñar a sus
discípulos y apartarlos de las vanidades del
mundo, pasó su juventud en el desierto; no fuera
que, como dice San Gregorio Niceno, habituándose
a esas engañosidades que entran por los
sentidos, incurriese en alguna confusión o error
acerca de la elección del verdadero bien. Por
eso fue elevado a un grado tal de gracia, que
sobrepujó a todos los profetas, pues viviendo
castamente, sin el aguijón de las pasiones,
conformó desde el principio al fin sus deseos a
los designios de Dios".
Como se ve, no sólo es lícito, sino muy
conveniente para merecer mayores gracias,
abandonar el mundo desde la niñez y vivir en el
desierto de la vida religiosa: Bueno es para el
hombre haber llevado el yugo desde su mocedad,
dice Jeremías (Lm 3,27). Y asigna como motivo:
Se estará quieto y callado porque lo llevó sobre
sí. Esto da a entender que quienes se elevan
sobre sí mismos llevando el yugo de la religión
desde su adolescencia, se hacen más aptos para
las observancias de la vida religiosa, la cual
consiste en el descanso de los afanes del mundo
y el silencio de los tumultos de las gentes. La
senda por la cual comenzó el joven a andar, esa
misma seguirá también cuando viejo, dicen los
Proverbios (22,6). Por eso San Anselmo, en el
Libro de las Semejanzas compara con los ángeles
a los que vivieron en el monasterio desde su
niñez; y con los hombres, a los que se
convierten en la edad madura.
Además de la autoridad de la Escritura, podemos
probar también nuestra tesis con la doctrina de
los filósofos. Aristóteles, en el libro segundo
de la Ética: "No es indiferente -dice- ser
educado desde la niñez de tal o cual manera. La
educación en gran parte, o casi toda -es decir
en su totalidad- consiste en habituar al hombre
desde su niñez, en lo que ha de hacer toda la
vida". Y en el libro octavo de la Política: "Es
preciso que el legislador se preocupe de la
formación de los jóvenes, a quienes se debe
educar en aquellas actividades que estén de
acuerdo con las cualidades de cada uno".
Otra prueba: El común proceder de los hombres.
Los hombres, en efecto, son dedicados desde su
niñez a aquellos oficios o artes que han de
seguir toda su vida. Los que han de ser
clérigos, por ejemplo, son educados desde su
niñez en el clero. Los que han de ser soldados,
es necesario que se ejerciten en la milicia
desde la juventud, como dice Vegencio en su obra
Del Arte Militar. Los que han de ser artesanos,
deben aprender su oficio desde la niñez. ¿Y por
qué fallará la regla sólo tratándose de los
futuros religiosos, pretendiendo que no se deben
ejercitar en la vida religiosa desde su niñez?
Por el contrario, es menester que cuanto más
difícil de realizar es una empresa, tanto más se
debe el hombre acostumbrar a sobrellevarla desde
la niñez.
Conclusión evidente: con respecto a los niños es
falso afirmar que para abrazar los consejos en
el ingreso a la vida religiosa, es necesario
haber practicado antes los mandamientos.
CAPÍTULO IV: EN EL CASO DE LOS RECIÉN
CONVERTIDOS A LA FE
Los recién convertidos tienen en la religión
excelentes medios para perseverar en la gracia,
y que deben aprovechar cuanto antes. El ejemplo
de San Pablo y San Mateo.
Toca considerar si la tesis de nuestros
adversarios es aplicable a los recién
convertidos a la fe.
A primera vista aparece el absurdo de privarles
del estado religioso por no haberse ejercitado
en los mandamientos. Consta, en efecto, que los
discípulos de Cristo, apenas convertidos a la
fe, fueron admitidos en su compañía, primer
ejemplar de la perfección de los consejos, que
sobrepasó, sin duda alguna, a cualquier estado
religioso. El mismo San Pablo, el último de los
Apóstoles por su conversión y el primero por su
predicación, abrazó la vida de perfección
evangélica apenas convertido a la fe.
Escribiendo a los Gálatas (1, 15) dice: Mas
entonces plugo a Aquel que me destinó desde el
seno de mi madre y me llamó con su gracia,
revelarme a su Hijo para que yo predicase a las
naciones. Desde aquel punto ya no consulté carne
ni sangre. Otra prueba: el ejemplo del mismo
Cristo. En San Mateo (4, 1) se lee que Jesús,
después de su bautismo, fue llevado por el
espíritu al desierto. Y una glosa comenta:
"Entonces, esto es, después del bautismo, para
enseñar a los bautizados a huir del mundo y
consagrarse a Dios en la soledad".
Una última prueba: el laudable proceder de
muchos hombres que convertidos a Cristo de la
infidelidad, abrazan en seguida la vida
religiosa. ¿Habrá un discutidor tan poco
escrupuloso capaz de aconsejarles que no entren
en religión para procurar conservar allí la
gracia recibida en el bautismo, sino que se
queden en el siglo? ¿Qué hombre sano de juicio
les va a impedir que, habiendo ya vestido a
Cristo en el sacramento del bautismo, lo vistan
por una perfecta imitación?
Conclusión: También en esta categoría de hombre
es francamente ridículo impedirles el ingreso a
la religión so pretexto de no estar ejercitado
en la práctica de los mandamientos.
CAPÍTULO V: EN EL CASO DE LOS PECADORES
ARREPENTIDOS
Cuanto mayor haya sido su pecado e ingratitud,
tanto más grande ha de ser su expiación y
generosidad cuando se conviertan. Para ello la
vida religiosa les da excelentes medios, más
seguros que los que tendrían en el mundo.
Veamos finalmente si en la tercera categoría de
hombres no formados en la observancia de los
mandamientos, a saber, de los que hacen
penitencia por sus pecados, es aplicable la
afirmación contraria.
Aquí vendría bien citar lo que dice el Evangelio
sobre la conversión de San Mateo, a quien llamó
el Señor de entre las ganancias de su mesa de
recaudación para que le siguiera. Y aunque no
haya recibido inmediatamente el Apostolado,
abrazó sin embargo la perfección de los
consejos. Se lee en efecto en San Lucas (5, 28)
que levantándose dejó todas sus cosas y le
siguió; y como dice San Ambrosio comentando este
pasaje, "dejó las cosas propias el que robaba
las ajenas". Lo que demuestra claramente que los
pecadores arrepentidos, por grandes que sean sus
pecados, pueden comenzar sin demora el camino de
los consejos; y aun más, para hablar con más
verdad, les es en gran manera provechoso para
llegar a la perfección, ir por el camino de los
consejos, San Gregorio, comentando en una
homilía aquello de San Lucas (3, 8) Haced frutos
dignos de penitencia, dice: "A quien no cometió
nada ilícito, se le concede con todo derecho
usar de las cosas lícitas. Pero quien ha caído
en pecado, debe prescindir aún de las cosas
lícitas en la medida en que recordare haber
obrado las ilícitas". Y poco después: "Esto
advierte a la conciencia de cada uno que procure
sacar por medio de la penitencia, tanta mayor
utilidad de las obras buenas, cuanto más graves
daños se haya causado por el pecado". Ahora
bien, en el estado religioso los hombres se
abstienen aún de las cosas lícitas y procuran
aprovecharse de las obras perfectas. Luego es
evidente que los convertidos del pecado, estando
habituados, no precisamente a la observancia de
los preceptos, sino más bien a su trasgresión,
deben tomar el camino de los consejos ingresando
a la vida religiosa, que es el estado de la
perfecta penitencia. El Papa Esteban,
amonestando a un cierto Astolfo que había
cometido graves delitos, le dice: "Haz caso a
nuestro consejo: entra en un monasterio,
humíllate bajo el mando del abad, y apoyado con
las oraciones de muchos hermanos, observa con
sencillez de espíritu todo lo que te fuere
mandado". Y más adelante: "Pero si prefieres
hacer penitencia pública permaneciendo en tu
casa o en el mundo- lo cual no lo dudes, te
resultará mucho más desagradable, duro y penoso-
, ya te hemos aconsejado lo que debes hacer". Y
agrega otros castigos severísimos, pero le
advierte que mejor y más provechoso que todo eso
es entrar en religión.
No hay duda pues, que es altamente provechoso
para los que no hayan cumplido los mandamientos,
antes bien, vivido en el pecado, aconsejarles el
ingreso a la religión, a pesar del esfuerzo de
esos sabihondos que quieren impedirles abrazar
los consejos. Contra ellos la doctrina del
Apóstol: Hablo como hombre en atención a la
flaqueza de vuestra carne: Así como habéis
empleado los miembros de vuestro cuerpo en
servir a la impureza y a la injusticia para
cometer la iniquidad, así ahora los empleéis en
servir a la justicia para santificaros (Rm 4,
19). "Hablo como hombre -comenta una glosa-
porque debéis más sumisión a la justicia que al
pecado". Y Baruc (4, 28) dice: Si vuestra
voluntad os movió a descarriaros de Dios, le
buscaréis con una voluntad diez veces mayor,
luego que os hayáis convertido, porque después
de habernos apartado de Dios por el pecado,
debemos tender a cosas mucho más elevadas, y no
contentarnos con medianías.
Numerosos ejemplos de los santos apoyan esto.
Muchos de ellos de uno y otro sexo, después de
haber cometido graves pecados y delitos en los
que malgastaron toda su vida, abrazaron
inmediatamente el camino de los consejos sin
esperar un previo ejercicio en los mandamientos.
Además de la autoridad y ejemplo de los santos,
están de parte nuestra los escritos de los
filósofos. En efecto, dice Aristóteles en el
libro segundo de la Ética: "Al apartarnos
completamente del pecado, debemos elegir el
justo medio, como se hace al enderezar el árbol
torcido". Hay que restituir al recto camino por
la práctica de las obras perfectas de virtud.
Por consiguiente, a ninguna categoría de hombres
es aplicable la doctrina contraria: que nadie
debe entrar en religión sin haberse ejercitado
antes en la observancia de los mandamientos.
CAPÍTULO VI: RELACIÓN ENTRE LOS CONSEJOS Y LOS
MANDAMIENTOS
Los preceptos de la caridad -para con Dios y
para con el prójimo- son el fin a que todos
están obligados. Unos llegarán cumpliendo
solamente los mandamientos que a esa caridad se
refieren; otros, en cambio, llegarán más pronta
y perfectamente cumpliendo también los consejos
evangélicos en la vida religiosa como medios más
seguros. Por lo tanto los niños, los pecadores y
los recién convertidos pueden ingresar a la vida
religiosa para comenzar allí el cumplimiento más
seguro y perfecto de los predichos preceptos.
Para extirpar radicalmente este error, busquemos
su raíz u origen. Dicho error procede, a nuestro
parecer, de pensar que la perfección consiste
principalmente en los consejos, y que los
mandamientos se ordenan a los consejos como lo
imperfecto a lo perfecto. Así claro está, habría
que pasar de los mandamientos a los consejos,
como se llega a lo perfecto pasando por lo
imperfecto. Aplicar esto así no más a los
mandamientos, es caer en un error.
a) La caridad es el fin de la vida cristiana.
Los principales mandamientos son el amor de Dios
y del prójimo, como nos consta por lo que dice
el Señor en San Mateo (22, 37), que el principal
mandamiento de la ley es: Amarás al Señor tu
Dios con todo tu corazón. El segundo es
semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti
mismo. Estos dos mandamientos constituyen
esencialmente la perfección de la vida
cristiana. Sobre todo esto tened caridad -dice
San Pablo- que es el vínculo de perfección (Col
3, 14). Todas las demás virtudes -explica una
glosa- hacen perfecto al hombre en cuanto se
ordenan a la caridad; y la caridad las une a
todas ellas. Por eso el Señor al dar el precepto
de amar al prójimo, añadió: Sed pues, perfectos,
como vuestro Padre celestial es perfecto (Mt 5,
48) y sobre aquello de San Mateo (19, 27): He
aquí que nosotros lo hemos dejado todo y te
hemos seguido, dice San Jerónimo: "Pues no basta
haber dejado todas las cosas; añade lo que es
perfecto: y te hemos seguido". Los Apóstoles
seguían al Señor no tanto con los pasos del
cuerpo como con los afectos del alma. Por lo que
dice San Ambrosio comentando aquello de San
Lucas (5, 27) y le dijo: Sígueme: "Le manda que
lo siga no tanto con el movimiento del cuerpo,
sino con el afecto del alma". Todo lo cual nos
demuestra evidentemente que la perfección de la
vida cristiana consiste principalmente en el
impulso de la caridad hacia Dios.
La consecución de su fin constituye la
perfección de una cosa. Ahora bien, el fin de la
vida cristiana es la caridad, a la que todo debe
convergir como se lee en la epístola a Timoteo
(1, 1, 15): El fin del precepto es la caridad, y
explica una glosa: "La caridad es el fin, es
decir, la perfección; del precepto, esto es, de
todos los preceptos, cuyo cumplimiento es el
amor de Dios y del prójimo".
Es necesario advertir que se ha de juzgar de
manera diversa sobre el fin mismo y sobre los
medios que a él conducen. Con respecto a los
medios conducentes al fin, hay que prefijar
cierta medida en conformidad con el fin. Pero
acerca del fin mismo no hay medida alguna, sino
que cada cual lo alcanza en cuanto puede. El
médico, por ejemplo, usa con discreción de la
medicina para no excederse en ella; pero procura
sanar al enfermo lo más perfectamente que puede.
Así también el precepto del amor de Dios: siendo
el último fin de la vida cristiana, no tiene
límite alguno que permita decir: Tanto amor de
Dios cae bajo el precepto; un amor mayor que
exceda los límites del precepto, cae bajo el
consejo, sino que a cada uno se manda amar a
Dios cuanto pueda, como se ve por el enunciado
mismo del precepto: Amarás al Señor tu Dios con
todo tu corazón y cada uno la practica según su
capacidad: unos con más, otros con menos
perfección. Falta totalmente a este precepto
quien en su amor no prefiere a Dios antes que
todas las cosas. En cambio, quien prefiere a
Dios como último fin dejando de lado todas las
cosas, cumple este precepto más o menos
perfectamente según el mayor o menor apego que
les conserve, según aquello de San Agustín en el
libro de las LXXXIII cuestiones: "El veneno de
la caridad es la esperanza de adquirir y poseer
bienes temporales -o sea, esperarlos como si
fueran el último fin-; su alimento, el
debilitamiento de la pasión; su perfección, la
ausencia total de pasión".
Pero hay otro modo perfecto de observar este
mandamiento, que no se da en esta vida. Dice San
Agustín en el tratado de la perfección de la
justicia: "Aquel precepto de la caridad: Amarás
al Señor tu Dios con todo tu corazón, etc., se
cumplirá perfectamente en aquella plenitud de la
caridad que habrá en la patria", y después
agrega: "¿Por qué no se le habría de mandar al
hombre esta perfección, por más que no pueda
conseguirla en esta vida? No se corre como es
debido si no se sabe a dónde hay que correr. Y
¿cómo se sabría si ningún precepto lo mostrase?"
b) Los demás mandamientos y los consejos son
medios para llegar a la perfección de la
caridad.
Y a estos preceptos del amor de Dios y del
prójimo se ordenan todos los demás preceptos
como a su fin; por lo que dice San Agustín en su
Enquiridión: "Todo lo que el Señor nos manda,
por ejemplo, no fornicarás; y lo que no nos
manda sino que nos aconseja especialmente, como:
Bueno es al hombre no tomar mujer, llega a
cumplirse perfectamente cuando se dirige a amar
a Dios y al prójimo por amor de Dios".
Ahora bien, los demás mandamientos de la ley se
ordenan a los de la caridad de diverso modo que
los consejos. En efecto, hay cosas que se
ordenan al fin de tal modo que sin ellas no se
lo puede alcanzar -el alimento, por ejemplo,
para conservar la vida-. Otras en cambio están
ordenadas al fin de modo que por medio de ellas
se alcance el fin con más facilidad, seguridad y
perfección. Así, el alimento es totalmente
necesario para conservar la vida del cuerpo; la
medicina, en cambio, preserva la salud para que
se la pueda tener más segura y perfectamente.
Del primer modo se ordenan los demás preceptos
de la ley al de la caridad. En efecto, de
ninguna manera puede cumplir los preceptos de la
caridad quien adora otros dioses -con lo que se
aparta del amor de Dios-, o el que comete
homicidios y robos, que van contra el amor del
prójimo.
Del segundo modo se ordenan los consejos a la
caridad. En cuanto al consejo de virginidad, es
expresa la sentencia del Apóstol al demostrar
que se ordena al amor de Dios: "El que está sin
mujer, está cuidadoso de las cosas del Señor, de
cómo ha de agradar a Dios; mas el que está con
mujer, está afanado en las cosas del mundo, cómo
ha de dar gusto a su mujer" (1Co 7, 32). Sobre
el consejo de pobreza el mismo Salvador dice que
conduce a su seguimiento, según consta por San
Mateo, en el capítulo 19. Y ya se ha visto que
este seguimiento consiste en los sentimientos de
la caridad. Ahora bien, la caridad se
perfecciona al disminuir la pasión; y la pasión
y amor por las riquezas se disminuyen -y aun se
quitan totalmente- despreciando las riquezas.
Dice en efecto San Agustín en la carta a Paulino
y Terasia que "el amor de los bienes terrenos ya
alcanzados es mucho más vehemente que la
angustia que causa el deseo de alcanzarlos,
porque una cosa es renunciar a poseer lo que nos
falta, y otra separarnos de lo ya poseído".
Ambos consejos se ordenan también al amor del
prójimo. En efecto; si aquellos preceptos
referentes al amor del prójimo que el Señor dio
en San Mateo, capítulo v, requieren en el alma
una cierta disposición para cumplirlos,
evidentemente nadie va a estar mejor dispuesto a
observarlos que el alma que no anda preocupada
por sus cosas: aquel que se ha propuesto no
poseer nada estará más dispuesto a dejarle el
manto también, si es necesario, al que quiere
robarle la túnica, que quien desea tener
posesiones en el siglo.
Nótese que la caridad no es sólo fin, sino
también raíz de todas las virtudes y de todos
los preceptos que regulan los actos de virtud.
Por consiguiente, si por los consejos progresa
el hombre en el amor de Dios y del prójimo,
también por ellos progresa en el cumplimiento de
aquellas obligaciones referentes a la caridad.
Así, por ejemplo, quien se ha propuesto guardar
continencia o pobreza por Cristo, estará más
lejos de cometer adulterios o robos. Hay además
en la religión multitud de observancias, como
vigilias, ayunos, alejamiento del trato con
seglares, por las cuales el hombre está menos
expuesto a los vicios y se le facilita el camino
de la perfección. Y de esta manera la práctica
de los consejos está encaminada a la observancia
de los mandamientos, no como si éstos fueran un
fin, pues no se guarda la virginidad para evitar
los adulterios, o la pobreza para no robar; sino
para adelantar en el amor de Dios: lo más
perfecto no tiene por fin lo menos perfecto.
Luego es evidente que los consejos están dentro
del plan de la vida perfecta, no porque en ellos
consista principalmente la perfección, sino
porque son, en cierta manera, el camino o los
instrumentos para alcanzar la perfección de la
caridad. San Agustín dice en su libro sobre las
costumbres de la Iglesia, hablando de la vida de
los religiosos: "Hay que estar siempre alerta
para domar la concupiscencia y conservar el amor
entre los hermanos"; y en el mismo lugar: "La
caridad es lo que principalmente se debe
guardar, y a la caridad se adapta la virtud, las
conversaciones, el trato, las facciones del
rostro". Y en la colación de los Padres dice el
Abad Moisés: "Por ella -es decir, la pureza de
corazón y la caridad- oramos y sufrimos todo;
por ella desechamos los padres, la patria, los
honores, las riquezas, los placeres de este
mundo y todo otro deleite; por ella nos
imponemos rigurosos ayunos, vigilias, trabajos,
la desnudez del cuerpo, lecturas y otros
trabajos, para que podamos preparar y conservar
nuestro corazón inmune de toda perversa
concupiscencia, a fin de que, subiendo por estos
escalones, lleguemos con nuestro esfuerzo a la
perfección de la caridad".
c) La perfecta caridad exige el cumplimiento
simultáneo de los consejos y mandamientos que a
ella se ordenan.
Por consiguiente, así como hay dos modos de
observar los preceptos, a saber: perfecto e
imperfecto, así también hay un doble ejercicio
en los preceptos: uno, que es ejercitarse en la
perfecta observancia de los preceptos y que
tiene lugar por la práctica de los consejos,
como ya se ha dicho; el otro es el ejercicio en
la imperfecta observancia, como se la practica
en la vida seglar, sin los consejos. Decir pues,
que es necesario ejercitarse en la práctica de
los mandamientos antes de abrazar los consejos,
equivale a decir que el hombre se debe ejercitar
en la observancia imperfecta de los mandamientos
antes de ejercitarse en la perfecta; lo que es
del todo inexacto, tanto si consideramos los
mandamientos en sí mismos como en su práctica.
En efecto, ¿puede haber hombres tan poco cuerdos
capaces de detener a uno que quiere amar
perfectamente a Dios y al prójimo, obligándolo a
amarlos primero imperfectamente? ¿No equivale
esto a contradecir aquella forma de amor
expresada en los mandamientos de la caridad
divina con aquellas palabras: Amarás al Señor
Dios con todo tu corazón? ¿O tienen miedo de que
el hombre empiece demasiado pronto a amar a
Dios, como si en este amor fuera capaz de
sobrepasar la medida? Glorificad al Señor cuanto
pudiereis, que todavía quedará El superior, dice
el Eclesiástico (43, 32); y San Pablo
escribiendo a los Corintios: Corred de tal
manera que la alcancéis (1, 9, 24); y a los
hebreos (4, 11): Apresurémonos a entrar en aquel
reposo, pues por grande que sea el entusiasmo
con que el hombre comience el camino de la
perfección, siempre le quedará algo en que
adelantar hasta que logre la perfección última
en la Patria.
Si examinamos la práctica misma de los
mandamientos, veremos con más claridad el
absurdo. ¿Quién va a decirle a uno que quiere
guardar continencia que viva primero castamente
en el matrimonio? ¿Quién va a decirle a uno que
quiere guardar pobreza, que viva antes
santamente entre las riquezas ,como si las
riquezas dispusiesen el alma a la pobreza y no
le obstaculizaran más bien el propósito de vivir
pobremente, como se ve en el caso de aquel joven
(Mt 19) que no aceptó del Señor el consejo de
vivir pobremente y se retiró triste a causa de
las riquezas que tenía? Y eso que sólo hemos
relacionado los consejos con los preceptos de la
caridad. Si los relacionáramos con los demás
preceptos ¿quién no verá la cantidad de absurdos
que se siguen? Pues si por los consejos y la
observancia religiosa se quitan las ocasiones de
pecados que son causa de la transgresión de los
preceptos ¿quién no ve cuán necesarios son estos
consejos y observancias para eludir estas
ocasiones? ¿Quién va a decir a un joven: vive
entre mujeres y en compañía de lujuriosos, para
que así, ejercitado en la castidad, puedas
observarla luego en la religión -como si fuese
más fácil guardar castidad en el mundo que en
religión-? Y lo mismo dígase respecto de las
otras virtudes y pecados.
Los que predican tales doctrinas se parecen a
aquellos generales que exponen a sus soldados en
el período de instrucción a lo más recio de las
batallas. Es cierto que si se cumplen los
mandamientos en la vida seglar, se los cumplirá
mejor en la vida religiosa. Pero así como por
una parte la práctica de los mandamientos en la
vida seglar prepara al hombre para observar
mejor los consejos, por otra las preocupaciones
de esa vida son un impedimento para la
observancia de los consejos. Por eso dice San
Gregorio en el principio de su Moral: "Cuando mi
ánimo me incitaba a servir al mundo presente tan
sólo en apariencia, comenzaron a surgir de entre
las preocupaciones de este mundo tantas cosas
delante de mí, que quedé aprisionado en él, no
sólo en apariencia, sino, lo que es más grave,
con el alma misma. Pero huyendo con presteza de
todas aquellas preocupaciones, me dirigí al
puerto del Monasterio".
CAPÍTULO VII: RESPUESTA A LAS OBJECIONES DEL
CAPÍTULO II
Falso punto de partida: creen que los
mandamientos se cumplen para guardar luego por
medio de ellos los consejos, cuando es al revés:
los consejos se guardan para cumplir con más
perfección los mandamientos de la caridad para
con Dios y para con el prójimo.
Con estas nociones podemos refutar fácilmente
los argumentos en que se apoya la tesis
contraria.
1) Esta objeción no tiene eficacia alguna, según
San Jerónimo, pues, como dice comentando ese
pasaje de San Mateo: "Miente el joven, porque si
hubiese cumplido realmente lo que se ordena en
los mandamientos: Amarás a tu prójimo como a ti
mismo ¿cómo después al oír: Ve y vende todo lo
que tienes y dáselo a los pobres se marchó
entristecido?" Y Orígenes narra, hablando del
mismo pasaje, que en "el Evangelio según los
Hebreos está escrito que al decirle el Señor: Ve
y vende todo lo que tienes, comenzó el joven
rico a arrancarse los cabellos. Entonces le dijo
el Señor: ¿Cómo dices: cumplí la ley y los
profetas? Está escrito en la ley: Amarás a tu
prójimo como a ti mismo. Y he aquí que muchos
hermanos tuyos hijos de Abraham, se han rodeado
de estiércol porque morían de hambre, mientras
tu casa está repleta de abundantes bienes y de
ella nada sale para socorrerlos. Por eso el
Señor lo reprendió diciendo: Si quieres ser
perfecto, etc. Es imposible cumplir el
mandamiento que dice: Amarás a tu prójimo como a
ti mismo y ser rico, máxime poseyendo tantas
riquezas".
Pero esto se ha de entender en cuanto al modo
perfecto de cumplir este mandamiento. Nada
impide creer que el joven había cumplido los
mandamientos, y en cuanto a esto no mintiese,
como dice San Crisóstomo y otros expositores.
Pero aun siendo así, el hecho de que el Señor
haya dado el consejo de perfección a uno que
había practicado ya en cierta medida los
mandamientos, no arguye necesariamente que sea
ésta la única entrada para practicar los
consejos. San Mateo no había practicado los
mandamientos, antes bien, había vivido en el
pecado; y sin embargo fue llamado a seguir los
consejos, para que así ni a los pecadores ni a
los inocentes estuviese cerrado el camino de los
consejos.
2) Esta objeción no viene al caso, porque la
instrucción en los mandamientos es necesaria a
todos, tanto para los que se quedan en el siglo,
como para los que emprenden el camino de la
perfección haciéndose religiosos. Los misterios
de la fe y los sacramentos de que allí se habla,
son también comunes a unos y otros.
3) Realmente cumpliendo los mandamientos llega
el hombre a la plenitud de la sabiduría, lo cual
no significa otra cosa que por la observancia de
los mandamientos merece el hombre la sabiduría
de los misterios. Por eso se suele citar aquello
del Eclesiástico -según otra versión- : Desea la
sabiduría, guarda los mandamientos y Dios te la
concederá (1, 33), lo que, evidentemente, no
viene al caso.
4) Esta objeción la discutiremos más
detenidamente, pues a pesar de su frivolidad,
alardean mucho con ella y le dan un valor que no
tiene.
En esa cita sólo se trata de la instrucción de
los recién convertidos a la fe, como se ve por
el contexto de la glosa. En efecto, comienza
diciendo que "después del bautismo somos
instruidos en las buenas obras y nos alimentan
con la leche de doctrinas sencillas, hasta que
ya más grandecitos, de la leche materna pasamos
a la mesa del padre; es decir, de la doctrina
más elemental sobre el Verbo que se hizo carne,
llegamos a Verbo del Padre que está desde el
principio en Dios". Lo que evidentemente se
refiere a un orden de enseñanza; por eso propone
en seguida el ejemplo de aquella costumbre
observada por la Iglesia en cinco etapas, a
saber: en la primera, los recién convertidos a
la fe se van penetrando de las verdades
elementales del Cristianismo por los exorcismos
y el catecismo; en la segunda son alimentados en
el seno de la Iglesia hasta el Sábado Santo; en
la tercera son dados a luz por el bautismo; en
la cuarta la Iglesia los lleva en brazos y los
alimenta con leche hasta Pentecostés. Durante
este tiempo no se les prescriben cosas
difíciles, como ayunar y levantarse a
medianoche. Es en la quinta época cuando,
confirmados con el Espíritu Paráclito, como ya
destetados, comienzan a ayunar y a observar
ciertas prácticas difíciles.
Al parecer, este ejemplo vendría muy bien para
tesis de los adversarios. Sin embargo, notemos
tres puntos en que les falla el argumento.
En primer lugar, hay que distinguir muy bien
entre aquellas cosas que se abrazan
espontáneamente y las que se imponen por
obligación. Igual distinción se debe hacer en el
caso de los recién convertidos a la fe, que son
como niños de pecho; y de los penitentes, que
son como enfermos que deben ser curados. Cuando
se trata de los recién convertidos a la fe no se
les puede imponer obligatoriamente prácticas
difíciles, sino ejercitarlos primero en otras
más livianas para imponerles progresivamente
otras más costosas. Así se obra con los niños:
hay que nutrirlos primero con leche y luego con
alimentos más sólidos. A este caso se refiere la
citada glosa. Ahora, si los recién convertidos a
la fe quieren por propia iniciativa abrazar
prácticas más elevadas ¿quién osará impedírselo?
Además -para no apartarnos del ejemplo de la
glosa- así como después del solemne bautismo que
tiene lugar en la Vigilia de Pascua se concede
un descanso de obras trabajosas en atención a
los débiles; así también después del bautismo
solemne que se celebra en la Vigilia de
Pentecostés, la Iglesia restituye inmediatamente
los ayunos, para significar que aquellos que con
fervoroso espíritu fueron recibidos en el
bautismo, se deben sujetar sin tardanza a una
vida más severa.
Muy diverso es el caso de los pecadores
arrepentidos, puesto que al principio se les
impone una penitencia más severa, que se les va
mitigando poco a poco, como se hace con los
enfermos: en la convalecencia se les prescribe
una dieta muy estricta que se les mitiga poco a
poco mientras van sanando. La Iglesia, siguiendo
este método, comienza imponiendo a los inocentes
cargas más ligeras en materia de mandamientos
que obligatoriamente hay que cumplir; no les
obliga a guardar los consejos, ni tampoco se lo
prohíbe en el caso de que quieran guardarlos
voluntariamente. A los penitentes en cambio les
impone en los primeros años -según lo
establecido en los cánones- penitencias mucho
más rigurosas.
Segunda falla: Si bien es verdad que en cada
oficio y estado se ha de ascender de lo más
fácil a lo más difícil, sin embargo no es
necesario que quien abraza un estado superior
deba ejercitarse antes en uno inferior. En
efecto, cualquiera que sea la profesión que uno
quiera tomar, no es absolutamente imprescindible
ejercitarse antes en una inferior, sino que
dentro de la misma profesión se ha de pasar de
los más fácil a lo más difícil. Lo mismo en el
estado religioso: quienes quieran abrazarlo por
la observancia de los consejos, no tienen
obligación de aplicarse previamente en el siglo
a la observancia de los mandamientos. Lo que hay
que hacer es imponerle tal principio, de entre
aquellas prácticas propias del mismo estado
religioso, las que les sean más fáciles. Del
mismo modo, no es obligatorio para los que
aspiran a un cargo en el clero, ejercitarse
antes en la vida seglar; ni para los que quieren
guardar continencia ser primeros continentes en
el matrimonio.
Tercera falla: encontramos una doble dificultad
con respecto a la realización de la obra: la
primera procede únicamente de la magnitud de la
obra, y esta dificultad, por requerir una virtud
perfecta, no se debe imponer a los imperfectos.
La segunda nace de una cohibición, de la que
necesitan mucho más quienes tienen una virtud
imperfecta. El niño, por ejemplo, necesita una
vigilancia más diligente mientras está en manos
de su maestro, que después cuando ha llegado a
una edad más avanzada. Ahora bien, el estado
religioso es una disciplina que impide caer en
pecados y que lleva más fácilmente a la
perfección, como consta por lo dicho
anteriormente.
Por eso los que tienen una virtud más
imperfecta, como aquellos que no han observado
aún los mandamientos, necesitan mucho más de esa
vigilancia, por cuanto les es más fácil
abstenerse de pecados estando sujetos a tal
disciplina, que viviendo con más libertad en el
mundo.
En cuanto a lo que agrega la glosa: "Muchos
pervierten este orden, como los herejes y
cismáticos", se refiere -así se colige
evidentemente por lo que sigue- al orden que se
debe observar en la enseñanza: "Este -continúa-
afirma con juramento haberlo guardado, no sólo
en sus demás cosas, sino también en la ciencia:
porque tenía yo sentimientos humildes cuando era
alimentado primero con leche, es decir con la
doctrina del Verbo hecho carne, para que una vez
crecido pueda comer el Pan de los Ángeles, o sea
el Verbo que está desde el principio en Dios". Y
así vuelve a lo de antes. Por lo cual se ve que
las palabras que están entre ambas citas no son
sino un ejemplo.
5) Esta objeción, tomada del ejemplo de los
cinco mil hombres que Cristo alimentó con cinco
panes, y de los cuatro mil que alimentó con
siete panes, es tan inútil que no merece
respuesta. No es infalible que sucedan conforme
a las figuras, las cosas que por tales figuras
se representan, puesto que algunas veces las
primeras representan a las segundas y viceversa.
Ni tampoco es eficaz una argumentación por medio
de tales figuras, como dice San Agustín en una
carta contra los Donatistas. Y Dionisio dice en
una carta a Tito que la teología simbólica no
sirve para argumentar. No obstante todo esto,
concedemos que este orden de los milagros
significa el paso de los preceptos a los
consejos, pero eso con respecto al género humano
todo entero. En efecto, no se dieron los
consejos en el Antiguo Testamento, sino en el
Nuevo, porque la Ley ninguna cosa llevó a la
perfección. Así lo prueba la glosa al decir que
los cinco panes son los preceptos de la ley, y
los siete la perfección evangélica. Pero no se
sigue de ahí que unos mismos hombres se tengan
que ejercitar en los preceptos de la ley, como
seglares primero, y después en los consejos como
religiosos. No consta, en efecto, que hayan sido
unos mismos hombres los que se encontraban entre
los cinco mil, y después entre los cuatro mil.
6) La cita de aquellos cuatro elementos de que
están estructurados los Evangelios tampoco viene
al caso, porque la perfección de que allí se
habla con respecto a los ejemplos, no se refiere
a los consejos, sino al modo perfecto de
observar los mandamientos que tratan de los
actos de virtud, como lo observara Cristo. La
misma glosa trae algunos ejemplos, como:
Aprended de mí que soy manso, etc.... Sed
perfectos como vuestro Padre celestial es
perfecto; Ejemplo os he dado... .
7) Consideremos algo más detenidamente la
relación de la vida activa con la contemplativa,
ya que es uno de los argumentos que más gustan.
Es verdad que la vida activa precede a la
contemplativa; pero ignoran, según parece, qué
cosa sea la vida activa. En primer lugar, creen
que la vida activa consiste únicamente en
repartir bienes temporales; y así llegan a
afirmar que los religiosos no pueden ser
perfectos en cuanto a la vida activa. Error que
ponen de manifiesto aquellas palabras de San
Gregorio (II homilía, 2? parte, sobre Ezequiel):
"La vida activa es dar pan al hambriento;
enseñar la sabiduría al ignorante; corregir al
que yerra; restituir al camino de la humildad al
prójimo soberbio; cuidar a los enfermos; dar a
cada uno lo que le hace falta y proveer a la
subsistencia de aquellos que nos han sido
encomendados". Como se ve, es del dominio de la
vida activa mirar por los demás, no sólo en las
cosas temporales, sino también en las
espirituales -corrigiendo y enseñando-, obras
que pueden cumplir mucho mejor quienes nada
poseen en el mundo. Por eso el Señor despojó a
sus Apóstoles, futuros doctores del Universo, de
todos los bienes de este mundo, como se lee en
San Mateo, capítulo 10.
Adelantemos nuestra investigación y veamos si la
práctica de las virtudes morales del hombre con
respecto a sí mismo, concierne a la vida activa.
Y efectivamente, siguiendo la doctrina de
Aristóteles, todas las virtudes morales
pertenecen a la vida activa (libro X de la
Ética) y las intelectuales a la contemplativa.
Lo mismo sostiene San Agustín en el libro XII
sobre la Trinidad. Por eso atribuye a la acción
la razón inferior que administra los bienes
temporales, propios o ajenos; y a la
contemplación, la razón superior aplicada a las
razones eternas.
Asentado esto, fácil es ver por qué la vida
activa precede a la contemplativa: el hombre no
llega a ser apto para contemplar la verdad
divina si no ha depurado su alma de las pasiones
por medio de las virtudes morales -que es
trabajo propio de la vida activa-. Así lo prueba
aquello de San Mateo (5, 8): Bienaventurados los
limpios de corazón porque ellos verán a Dios por
una contemplación imperfecta en esta vida y
perfecta en la otra. Por consiguiente, el
ejercicio de la vida activa es propia no sólo de
los seglares, sino también de los religiosos: en
primer lugar porque con las virtudes morales
refrenan las pasiones del alma; en segundo lugar
porque también ellos pueden ejercer para con los
demás las obras de caridad enseñando,
corrigiendo, o por lo menos visitando a los
enfermos, consolando a los tristes, ya vivan en
el mundo o entre ellos en el monasterio. Con
respecto a estos dos puntos se lee en la
epístola de Santiago (1, 27): La religión pura y
sin mancha delante de Dios Padre es esta:
visitar a los huérfanos y las viudas en sus
tribulaciones y preservarse de la corrupción de
este siglo. En tercer lugar, porque al ingresar
a la religión repartieron sus bienes temporales
dándolos a los pobres. Por consiguiente, la
razón por la cual la glosa citada dice que los
mandamientos pertenecen a la vida activa, no es
precisamente porque los mandamientos sean
únicamente de la vida activa, pues dice San
Gregorio en el lugar citado: "La vida
contemplativa es tener siempre fija en el
pensamiento la caridad de Dios y del prójimo,
que son los mandamientos más grandes de la ley";
ni tampoco porque los consejos sean solamente de
la vida contemplativa, como se ha demostrado;
sino porque son principalmente los consejos los
que disponen a la vida contemplativa. En efecto,
los mandamientos guardados sin los consejos, no
disponen suficientemente para la vida
contemplativa, para la que se requiere mayor
perfección. Por lo tanto, no es imprescindible
que se quede uno en el siglo para practicar allí
la vida activa: también en el estado religioso
puede el hombre abrazar la vida activa tanto
cuanto sea menester para llegar a la
contemplación.
8) Aquello de San Gregorio: "Nadie llega a lo
más alto de repente", no viene muy a cuento en
la presente cuestión, aunque a ellos les parezca
un buen argumento. Se puede considerar lo más
alto y lo más bajo en el mismo estado y en el
mismo hombre, o en diversos estados y diversos
hombres. Considerado en el mismo estado y mismo
hombre, es evidente que nadie puede llegar a lo
más alto de repente, porque quien vive
correctamente va progresando durante su vida
entera hacia lo más alto. Pero tratándose de
estados diversos, no es necesario que quien
quiere llegar a un estado superior, tenga que
empezar por estados inferiores, así como no es
necesario al que quiere hacerse clérigo,
ejercitarse antes en la vida de laico, puesto
que muchos hay inscritos en la milicia del clero
desde la infancia. Lo mismo si se trata de
personas diversas: algunos comienzan por un
grado más alto de santidad que el grado sumo a
que llegaría otro en toda su vida. Por lo que
dice San Gregorio en el libro segundo de sus
Diálogos: ". . .Para que todos los hombres,
presentes y futuros, sepan con qué gran
perfección recibió Benito la gracia de la
conversión".
9) y 10) Dos objeciones fuera de tema, porque en
estas citas se habla de la dignidad episcopal,
que requiere una virtud perfecta y que, por lo
tanto, no se debe conferir a los imperfectos.
Los consejos, en cambio, promueven a la
perfección e impiden caer en pecado. De ellos
necesitan las paredes nuevas para secarse de la
humedad de los vicios, y por los cuales, como
por escalones obligados, se llega a la
perfección.
11) Ya hemos dicho en qué sentido es verdad que
en el orden de la naturaleza sean anteriores los
preceptos a los consejos. Si se trata de los
mandamientos que son de por sí fines de los
demás, a saber: el amor de Dios y del prójimo,
es evidente que los consejos se ordenan a ellos
como a su fin. La relación de los consejos a
estos mandamientos es la misma que la de los
medios para con el fin. Ahora bien, el fin es
anterior en la intención y posterior en la
ejecución. Por consiguiente, si los consejos se
ordenan a esos mandamientos de tal modo que sin
los consejos no se los pudiese observar, se
seguiría que uno no podría amar a Dios y al
prójimo sin observar antes los consejos, lo que
es evidentemente falso. Los consejos se ordenan
a los predichos mandamientos de tal modo que por
medio de ellos se guarden éstos más fácil y
perfectamente: de ahí que por los consejos se
llegue al perfecto amor de Dios y del prójimo.
Este amor precede a los consejos en la
intención, pero en la ejecución posterior.
Si comparamos los consejos con los demás
preceptos que se ordenan al amor de Dios y del
prójimo, se puede descubrir entre ellos una
doble relación. En primer lugar, los consejos no
se pueden guardar sin los mandamientos, y en
cambio, muchos guardan los mandamientos sin los
consejos. De ahí resulta la primera relación: la
de los consejos a los mandamientos en común. Así
los consejos se ordenan a los mandamientos como
lo propio a lo común, en lo que hay en cierto
modo una anterioridad de naturaleza, pero no
necesariamente de tiempo. Y según esto, no es
necesario ejercitarse en la observancia de los
mandamientos antes de pasar a cumplir los
consejos.
La segunda relación a considerar es la de los
consejos a los mandamientos de que hablamos, en
cuanto se observan sin necesidad de los
consejos. Y esta relación es como la que guardan
una especie perfecta con otra imperfecta: el
animal racional, por ejemplo, con el que carece
de razón. Y así los consejos son anteriores en
el orden de la naturaleza a los preceptos,
puesto que en cualquier género lo perfecto es
naturalmente anterior: la naturaleza, como dice
Boecio, comienza con lo perfecto. No es de
necesidad que los mandamientos así considerados
sean anteriores en tiempo a los consejos, así
como no es necesario que una cosa esté primero
en una especie imperfecta para llegar a una
perfecta, sino que dentro de los límites de la
misma especie debe pasar de lo perfecto a lo
imperfecto.
12) Esta objeción procede de entender mal el
asunto que tratamos: no decimos que los consejos
se ordenan a los mandamientos de modo que sin
los primeros no se puedan cumplir los segundos,
sino que los mandamientos se cumplen mejor y más
perfectamente por medio de los consejos.
CAPÍTULO VIII: OBJECIONES
"Antes de entrar en religión se debe deliberar
largamente y con muchos".
Después de haber tratado el punto anterior,
veamos si es necesario -como dicen algunos- a
los que quieren entrar en religión, pedir
consejos a muchas personas.
Objeciones: 1) Antes de emprender una obra
difícil a la que se ha de atar uno por toda la
vida, se debe consultar el parecer de muchos.
Ahora bien, nada es, al parecer, más arduo y
difícil en la vida del hombre que negarse a sí
mismo y apartarse del mundo entrando en
religión, en la que obligatoriamente ha de
permanecer toda la vida. En este caso, por
consiguiente hay que pedir consejo a muchos y
reflexionar largo tiempo.
2) Esto mismo se prueba por la definición del
voto: "Promesa de un bien mejor, consolidada con
la deliberación del espíritu". De la
deliberación, pues, depende la firmeza del voto.
Ahora bien, el voto del religioso es algo
firmísimo que no se puede infringir suceda lo
que suceda; por lo que se requiere antes de
hacerlo una detenida meditación.
3) No creáis a todo espíritu -dice San Juan (1,
4, 1)- mas examinad si los espíritus son de
Dios, palabras que se refieren al ingreso a la
religión, puesto que San Benito en su Regla y el
Papa Inocencio en una decretal citan ese pasaje
a este mismo propósito. Ahora bien, para un
discernimiento de esa clase es necesario un
diligente examen que sólo se logra consultando a
muchas personas. Por consiguiente, quien quiere
entrar en religión debe pedir antes consejo a
muchas personas.
4) Se debe pedir estos consejos cuando hay
inminente peligro de engañarse, como sucede en h
entrada en religión. En efecto, dice San Pablo
(2 Co 11, 14): Satanás se disfraza de ángel de
luz para engañar a los incautos con apariencias
de bien. Por lo tanto hay que entrar en religión
habiéndolo consultado ya con muchos.
5) Lo que puede tener un mal resultado, hay que
examinarlo pidiendo diligentemente consejos. Y
el ingreso a la religión suele resultar
desastroso para muchísimos que después apostatan
o llegan a la desesperación. Por eso antes de
entrar en religión hay que consultarlo muy bien.
6) (Una objeción muy frecuente): Se lee en los
Hechos de los Apóstoles (5, 39): Si es designio
o cosa de Dios no la podréis destruir. Ahora
bien, en muchos casos la apostasía destruye el
propósito de entrar en religión; y en este caso
el propósito no venía de Dios. Por lo cual es
muy necesario deliberar largamente y con muchas
personas si puede uno entrar en religión.
Estas son las razones con que pretenden imponer
la obligación de deliberar largamente y con
muchos a los que quieren entrar en religión; con
la intención de que, multiplicando los consejos,
por un motivo cualquiera se les presente algún
impedimento.
CAPÍTULO IX: NATURALEZA Y ORIGEN DE LA VOCACIÓN
La vocación es el llamado de Dios. Este llamado
puede ser externo -por sus mismos labios, como
en el caso de sus discípulos, o por la
Escritura-; o interno -por la inspiración del
Espíritu Santo-. Ambos llamados, proviniendo de
Dios, no pueden someterse al juicio de los
hombres, máxime al de los allegados. Sólo se
debe consultar con un prudente director o
confesor.
a) Prontitud para responder a la vocación.
Demostraremos ahora la falsedad de la tesis
contraria:
En San Mateo (4, 20) se lee que Pedro y Andrés,
no bien fueron llamados por el Señor, dejando
las redes le siguieron. En su alabanza dice San
Juan Crisóstomo: "Estaban en pleno trabajo; pero
al oír al que les mandaba, no se demoraron, no
dijeron: Volvamos a casa y consultémoslo con
nuestros amigos; sino que dejando todo lo
siguieron, como hizo Eliseo con Elías. Cristo
quiere de nosotros una obediencia semejante, de
modo que no nos demoremos un instante." En los
versículos siguientes se lee de Santiago y Juan
que llamados por Dios, dejando al instante las
redes y a su padre, le siguieron. Y, como dice
San Hilario comentando este pasaje: "Al dejar su
trabajo y la casa paterna, nos enseñan cómo
hemos de seguir a Cristo, y a no esclavizarnos
con las preocupaciones del siglo y los lazos de
la vida familiar".
Más adelante (Mt 9) se narra de San Mateo que al
llamado del Señor se levantó y le siguió.
"Advierte la obediencia del que fue llamado
-comenta San Juan Crisóstomo-; no se resiste, no
pide ir a su casa y comunicárselo a los suyos".
Y aun menospreció los castigos humanos que le
amenazaban de parte de las autoridades por dejar
sin concluir las operaciones de su banca -como
dice San Remigio comentando este lugar-. De todo
esto se deduce evidentemente que ningún motivo
humano nos debe retardar en el servicio de Dios.
Se lee también en San Mateo (8, 21) y en San
Lucas (9, 59) que un discípulo de Cristo le
dijo: Señor, déjame ir primero y enterrar a mi
padre. Y Jesús le dijo: Sígueme y deja que los
muertos entierren a sus muertos. San Juan
Crisóstomo dice comentando este lugar: "Esto lo
dijo, no precisamente para obligarnos a rechazar
el amor hacia los padres, sino para demostrarnos
que ninguna cosa nos es más necesaria que
ocuparnos en las cosas del cielo; que debemos
aplicarnos a ellas con todo interés y no tardar
un instante, aunque nos atraigan otras
circunstancias, inevitables e incitadoras. ¿Qué
más necesario que sepultar al padre? ¿Qué más
fácil que eso?, no se perdería en ello gran
tiempo. Pero el diablo insiste con ardor para
ver si puede así hallarse una entrada; y donde
halla una pequeña negligencia, introduce por
allí un gran desaliento. Por eso nos advierte el
Sabio: No lo difieras de un día para otro. Esto
nos avisa que no debemos perder un minuto de
tiempo, aunque nos salgan al paso mil
dificultades; y a preferir las cosas
espirituales a todas las demás aunque nos sean
necesarias".
"Hay que honrar al padre -dice San Agustín en el
Tratado de las Palabras del Señor- pero también
hay que obedecer a Dios. Yo, nos dice, te llamo
para predicar el Evangelio. En esta tarea te
necesito, y esta obra es más grande que la que
tú quieres hacer: otros quedan para sepultar a
sus muertos. No es lícito subordinar lo anterior
a lo posterior. Amad a los padres, pero amad más
a Dios". Por consiguiente, si el Señor reprende
al discípulo que le pide un plazo tan corto para
una cosa tan necesaria, ¿cómo pretender que para
seguir los consejos de Cristo se necesita
deliberar un largo tiempo?
Sigamos en el Evangelio de San Lucas: Y otro le
dijo: Yo te seguiré Señor, pero primero déjame
ir a despedirme de mi casa (9, 61). Comentando
este pasaje dice San Cirilo, el insigne doctor
griego: "La promesa es digna de ser imitada y
alabada. Pero el querer despedirse de los suyos
y pedirles permiso es señal de que en algo se ha
apartado del Señor, cuando en su espíritu había
propuesto seguirlo sin restricción. En efecto,
querer consultarlo con prójimos que no van a
condescender con su determinación, indica que
por algún lado iba flaqueando. Por eso el Señor
lo reprende: Y Jesús le dijo: Quien pone la mano
en el arado y vuelve la vista atrás, no es apto
para el reino de Dios (62). Pone las manos en el
arado quien con el afecto sigue a Cristo; pero
vuelve la vista atrás quien pide un plazo para
volver a su casa y consultar con los suyos. Como
vemos, no es ésta la conducta de los Santos
Apóstoles, sino que dejaron con prontitud la
nave y el padre y siguieron a Cristo. San Pablo
no consultó carne ni sangre. Así pues deben ser
los que quieren seguir a Cristo".
San Agustín explica esto en su Tratado de las
Palabras del Señor: "Te llama el Oriente, y tú
miras al Occidente". El Oriente es Cristo, según
aquello de Zacarías (6, 12): He aquí un hombre
cuyo nombre es Oriente. El occidente es el
hombre que cae en la muerte, o está expuesto a
caer en las tinieblas del pecado y de la
ignorancia.
Por consiguiente, es injuriar a Cristo en quien
están encerrados todos los tesoros de la
sabiduría de Dios (Col 2, 3), creer que después
de haber oído el consejo de Cristo, se debe
recurrir al consejo de hombre mortal.
b) Dios nos hace conocer el bien del estado
religioso por medio de las Sagradas Escrituras.
Y aquí nos quieren atajar con un ridículo
subterfugio. Todo esto -dicen- no vale sino en
el caso de ser llamados directamente por la voz
del Señor. Entonces, claro está, no hay que
demorarse ni recurrir al consejo de nadie. Pero
cuando el hombre es llamado a la religión sólo
interiormente, entonces sí que es necesario una
larga deliberación y el consejo de muchos para
conocer si el llamado procede realmente de una
inspiración divina.
Réplica llena de errores. Las palabras de Cristo
contenidas en las Escrituras, las debemos
recibir como si las oyésemos de los mismos
labios del Señor. Así se lee en San Marcos: Lo
que a vosotros digo, a todos lo digo: velad (13,
37). Y en la Epístola a los Romanos leemos:
Todas las cosas que han sido escritas, para
nuestra enseñanza han sido escritas. Y San Juan
Crisóstomo dice: "Si todas estas cosas se
hubiesen predicado sólo para los contemporáneos,
nunca se hubiesen escrito. Por eso fueron
predicadas para ellos y escritas para nosotros".
San Pablo dice en la Epístola a los Hebreos (12,
5) citando el Antiguo Testamento: Os habéis
olvidado ya de las palabras de consuelo que os
dirige como a hijos diciendo: Hijo mío, no
desprecies la corrección. Por consiguiente las
palabras de la Sagrada Escritura se dirigen no
sólo a los contemporáneos, sino también a los
venideros.
Pero veamos especialmente si el consejo que dio
Nuestro Señor (Mt 19, 21 ): Si quieres ser
perfecto ve, vende todo lo que tienes y dalo a
los pobres, se dirigía a él solo, o también a
todos los hombres. Podemos deducir lo segundo
por lo que sigue. En efecto, al decirle Pedro:
He aquí que hemos dejado todo y te hemos
seguido, estableció una recompensa general que
valdría para todos: Y cualquiera que habrá
dejado casa o hermanos... por causa de mi
nombre, recibirá cien veces más y poseerá la
vida eterna. Por lo tanto, cada cual debe seguir
este consejo como si lo oyese de los mismos
labios del Señor. "Habiendo oído -dice a este
propósito San Jerónimo escribiendo al Presbítero
Paulino- la sentencia del Salvador: Si quieres
ser perfecto anda, y vende todo lo que tienes y
dalo a los pobres, y luego ven y sígueme:
traduce en obras estas palabras; y siguiendo
desnudo la Cruz desnuda, subirás con más
prontitud y libertad la escala de Jacob". Es
verdad que mientras Jesús hablaba al adolescente
le dirigía a él solo la palabra. Pero en otro
lugar (Mt 16, 24), da el mismo consejo de una
manera universal: Si alguno quiere venir en pos
de mí, niéguese a sí mismo y cargue con su cruz
y sígame. San Juan Crisóstomo comenta: "Propone
esta verdad común para todo el mundo: Si alguno
quiere, es decir, si un hombre, si una mujer, si
un rey, si un libre, si un esclavo..." La
negación de sí mismo, según San Basilio, es un
total olvido de lo pasado y alejamiento de la
propia voluntad. Y así se ve que esta negación
de sí mismo comprende también el abandono de las
riquezas, las cuales se poseen dependiendo de la
propia voluntad. Concluimos pues, que el consejo
que el Señor dio al adolescente debemos
recibirlo como si cada uno lo oyera de labios
del Señor.
c) Luego nos incita a abrazarlo por un llamado
interior.
Aun queda algo que considerar en la réplica
anteriormente citada. Hemos demostrado ya que
aquellas palabras que el Señor nos comunica por
medio de las Escrituras tienen la misma
autoridad que si las oyésemos de los mismos
labios del Señor. Consideremos ahora el otro
modo con el que el Señor nos habla
interiormente, según lo del Salmo (84, 9):
Escucharé lo que me hable el Señor. Este modo de
expresión precede a toda palabra externa, pues
según San Gregorio en la homilía de Pentecostés:
"El Creador no abre su boca para enseñar al
hombre sin haberle hablado antes por la unción
del espíritu. Sin duda Caín, antes de consumar
el fratricidio había oído: Has pecado, detente.
Mas estando como fuera de sí por sus pecados,
recibió el aviso sólo de palabra y no con la
unción del Espíritu. Pudo sí oír las palabras,
pero no quiso obedecerlas". Por consiguiente, si
como conceden ellos mismos, hay que obedecer al
instante el mandato del Señor que viene de
afuera, con mayor razón debemos obedecer sin
vacilar un momento, sin resistirlas por ningún
motivo, las voces interiores con que el Espíritu
Santo mueve el alma. Por eso en Isaías (50, 5)
se dice por boca del profeta, o mejor, del mismo
Cristo: El Señor Dios me abrió el oído, es
decir, inspirándome interiormente, y yo no me
resistí ni me volví atrás, tendiendo a lo
venidero como ya olvidado de lo pasado (Flp 3,
14). Todos aquellos que se rigen por el Espíritu
de Dios -dice San Pablo (Rm 8, 14)- ésos son
hijos de Dios. "No porque no hagan nada -comenta
San Agustín- sino porque son regidos por el
impulso de la gracia". Y este impulso no rige a
quien se resiste o se demora. Lo propio de los
hijos de Dios es dejarse conducir por el impulso
de la gracia a cosas mayores, sin andar buscando
consejos. De este impulso habla Isaías al decir
(59, 19): Cuando venga como un río impetuoso,
impelido por el Espíritu del Señor. Y que hay
que seguirlo lo dice San Pablo escribiendo a los
Gálatas: Proceded según el Espíritu (5, 16); si
sois conducidos por el Espíritu, no estáis
sujetos a la Ley (vers. 18); si vivimos por el
Espíritu, procedamos también según el Espíritu (vers.
25). San Esteban, como si se tratase de un gran
crimen, increpaba a unos individuos diciéndoles:
Vosotros resistís siempre al Espíritu Santo (Hch
7, 5). El Apóstol advierte a los Tesalonicenses:
No apaguéis el Espíritu (1, 5, 19), sobre lo que
dice la glosa: "Si el Espíritu Santo quiere
revelar algo a alguno en cualquier momento, no
le impidáis a ese tal decir lo que siente". Y el
Espíritu Santo revela diciendo no sólo lo que el
hombre debe hablar, sino también sugiriéndole lo
que debe hacer, como dice San Juan (c. 14). Por
consiguiente, cuando el hombre es impulsado por
inspiración del Espíritu Santo a entrar en
religión, no se lo debe detener para que vaya a
pedir consejos a los hombres, sino que al
instante debe seguir ese impulso; por lo que se
dice en Ezequiel: A cualquier parte donde iba el
Espíritu, allá se dirigían también en pos de él
las ruedas.
Además de la autoridad de la Escritura, se
pueden citar a este propósito muchos ejemplos de
los Santos.
Narra San Agustín (Conf. VIII, 6) el caso de dos
soldados, uno de los cuales después que acabó de
leer la vida de San Antonio Abad, inflamado de
repente en santo amor, dijo a su amigo: "Estoy
resuelto a seguir a Dios, y quiero comenzar
desde este momento y en este preciso lugar. Si
no tienes ánimo para imitarme, por lo menos no
te opongas. El otro le respondió que quería
participar de tan gran recompensa y tan gran
milicia. Y ambos, ya siervos tuyos, comenzaron a
edificar la torre con el caudal proporcionado,
que consistía en dejar todas sus cosas y
seguirte". En el mismo libro San Agustín se
reprocha a sí mismo el haber retardado su
conversión: "Convencido ya -dice- de la verdad,
no tenía nada más absolutamente que responder,
sino unas palabras lánguidas y soñolientas:
luego, sí, luego: déjame otro poco. Pero el
"luego" no tenía término, y el "déjame otro
poco" se hacía ya demasiado largo". También en
ese libro dice: "Yo me avergonzaba mucho porque
aun oía el murmullo de aquellas fruslerías
(mundanas y carnales) que me tenían indeciso".
Como se ve, no es nada laudable, sino más bien
censurable, tanto el retardar el cumplimiento de
una vocación hecha interior o exteriormente de
palabra o por medio de la Escritura: cuanto el
andar pidiendo consejo como si se tratara de
cosa dudosa.
d) Gracias que acompañan a este llamado.
Otro resultado de la eficacia de la inspiración
interior, es impulsar a los hombres inspirados a
cosas más altas. Símbolo de esta realidad es
aquello que relatan los Hechos de los Apóstoles
(c. 2) cuando reunidos los discípulos en un
mismo lugar, vino de repente sobre ellos el
Espíritu Santo y comenzaron a predicar las
maravillas del Señor. "La gracia del Espíritu
Santo -comenta la glosa- nunca procede con
lentitud". Y en el Eclesiástico (11, 19) se lee:
Fácil cosa es para Dios enriquecer al pobre en
un momento. San Agustín demuestra esta eficacia
de la inspiración interna de Dios en el Tratado
de la Predestinación de los Santos, citando
aquel pasaje de San Juan (6, 45): Todo el que ha
escuchado al Padre y ha aprendido, viene a Mí.
"Muy ajena -dice- a los sentidos de la carne es
esta escuela en la que el Padre es escuchado y
enseña el camino para llegar al Hijo. Y esto no
lo obra por los oídos de la carne, sino por los
del corazón... Así pues, la gracia que la divina
largueza infunde secretamente en los corazones
de los hombres, no es resistida por ningún
corazón endurecido: aun más, la infunde
precisamente para quitar de raíz la dureza de
corazón".
También San Gregorio habla de esta eficacia de
la inspiración interior en la homilía de
Pentecostés: "?Qué gran artífice es este
Espíritu! No tarda un instante para enseñar.
Apenas toca el alma, le enseña todo cuanto
quiere: tocarla y enseñarla es una sola cosa
para El, pues al mismo tiempo que ilumina al
alma, la transforma. Quita de repente lo que
antes había y muestra de repente lo que no
había". Por consiguiente, quien detiene el
impulso del Espíritu Santo con largas consultas,
o ignora o rechaza conscientemente el poder del
Espíritu Santo.
Además de la autoridad de los Doctores Sagrados,
citemos para comprobar la falsedad de esa
afirmación los escritos de los filósofos.
Aristóteles dice en un capítulo de la Ética que
se titula De la buena fortuna: "Pregúntase cuál
es en el alma el principio del movimiento.
Naturalmente que como en todas las cosas, es
Dios. En efecto, el principio de la razón no es
la razón misma, sino algo superior. ¿Y qué otra
cosa habrá superior a la ciencia y al
entendimiento, sino sólo Dios? " Sigue hablando
después de aquellos que son movidos por Dios,
"los cuales no deben ir en busca de consejo: ya
que tienen un principio tal que es mejor que
toda inteligencia y consejo". Avergüéncense los
que se dicen católicos y se entrometen a dar
consejos humanos a los inspirados por Dios: un
filósofo pagano les enseña que no hay necesidad
de tales consejos.
e) Cuándo y a quién se ha de consultar sobre la
vocación.
Tratemos de ver ahora en qué casos necesitan
consejo aquellos a quienes ha sido inspirado el
propósito de entrar en religión. En un primer
caso, porque podría dudarse de si realmente lo
que Cristo aconseja es lo mejor. Pero semejante
duda es sacrílega. En un segundo caso, porque se
vacila en cumplir el propósito de entrar en
religión por no contrariar a los amigos, o por
no perder los bienes temporales, lo cual es
propio de un alma enredada aún en amores
carnales. En su carta a Eliodoro dice San
Jerónimo a este propósito: "Aunque tu pequeño
hijo se te cuelgue del cuello; aunque tu madre
con los cabellos desgreñados y rasgándose los
vestidos te muestre los pechos que te
amamantaron; aunque tu padre se tire en el
umbral, pasa por encima de él y vuela sin una
lágrima en los ojos, hacia el signo de la Cruz.
En este caso, el único modo de ser piadoso es
ser cruel... El enemigo empuña su espada para
matarme, ¿y yo he de parar mientes en las
lágrimas de mi madre? ¿He de desertar de la
milicia por mi padre, a quien por causa de
Cristo no debo ni la sepultura?" Trae después
otros argumentos semejantes.
Tal vez alguno crea necesario pedir consejo para
conocer si tiene fuerzas suficientes para poner
en práctica su propósito. Pero también a esta
duda sale al paso San Agustín -quien temía
entregarse a la guarda de la continencia-
hablando de sí mismo: "En aquella misma parte en
que tenía puesta mi atención y adonde temía
pasar, se me descubría la virtud de la
continencia, con una casta dignidad, serena y
alegre sin disipación: honestamente me halagaba,
para que me llegara a ella resueltamente. Me
extendía sus piadosas manos llenas de una
multitud de buenos ejemplos, para recibirme en
su seno y abrazarme. Allí había un gran número
de jóvenes y doncellas; una juventud numerosa,
personas de toda edad, viudas venerables y
vírgenes ancianas. Y se burlaba de mí con una
risa llena de alientos, como si dijera: Lo que
pudieron éstos y éstas, ¿no lo podrás tú? ¿O
acaso éstos y éstas lo pueden por sí mismos y no
por su Dios? El Señor Dios me entregó a ellos.
¿Por qué te apoyas en ti mismo, si no puede
estar en pie? Arrójate en El y no temas; no se
retirará para dejarte caer. Arrójate seguro en
sus brazos que El te recibirá y te sanará".
Resta examinar dos casos en que les sería
necesario pedir consejos a los que se proponen
entrar en religión. Uno, con respecto al modo de
entrar en religión: y el otro con respecto a
alguna traba especial que les impida tomar el
estado religioso; ser esclavo, estar casado u
otro semejante.
Ante todo, no debe consultar a sus parientes,
pues como se lee en los Proverbios (25, 9): Tus
cosas trátalas con tu amigo, y no descubras tus
secretos a un extraño. Los parientes no entran
en este caso en la categoría de amigos, sino más
bien en la de enemigos, según aquello de
Miqueas: Los enemigos del hombre son sus
familiares (7, 6), frase que el Señor cita en
San Mateo (10, 36). En este caso, como decimos,
se deben descartar especialmente las consultas
con los parientes. A esto se refiere San
Jerónimo cuando en su carta a Eliodoro enumera
los impedimentos que suelen poner los parientes
a quienes han propuesto hacerse religiosos:
"Ahora -dice- tu hermana viuda, te abraza
tiernamente; tus domésticos, con los que has
crecido, te dicen: ¿A quién hemos de servir si
tú nos dejas? Ahora la que fue tu nodriza, ya
anciana: tu padre nutricio, que ocupa un segundo
lugar en tu corazón después de tu padre natural,
te suplican: Espera a que muramos y nos
sepultes". San Jerónimo dice en el libro tercero
de la Moral: "El astuto adversario, como se ve
expulsado del corazón de los buenos, va en busca
de aquellos a quienes éstos aman y le dirige por
medio de ellos palabras halagadoras, haciéndoles
creer que son amados más que cualquier otro;
para que así, mientras la fuerza del amor
perfora el corazón, pueda él introducir
fácilmente la espada de su persuasión hasta los
fundamentos más íntimos de la rectitud". Por eso
San Benito, como refiere San Gregorio en el
libro segundo de sus Diálogos, huyendo
ocultamente de su nodriza, se retiró a un
desierto; pero comunicó su intención a un monje
de Roma, el cual lo guardó en secreto y
favoreció su propósito.
Hay que descartar también los consejos de los
hombres carnales, que tienen por tontería la
Sabiduría de Dios.
De ellos se burla el Eclesiástico diciendo (38,
12): Ve a tratar de santidad con un hombre sin
religión, y de justicia con un injusto... No
tomes consejos de éstos sobre tal cosa, sino más
bien trata de continuo con el varón piadoso, al
cual sí se ha de pedir consejo si hubiese en
este caso algo que necesite consultar.
CAPÍTULO X: RESPUESTA A LAS OBJECIONES DEL
CAPÍTULO VIII
Fácil nos será ahora refutar las objeciones.
1) Ante una empresa ardua es necesario, sí,
pedir consejo; pero eso en el caso de que la
verdad no sea evidente. Pero cuando lo mejor
está claramente definido por un dictamen
superior, resulta injurioso ponerlo en duda
yéndolo a consultar de nuevo.
2) Dicen: el voto adquiere su firmeza por una
deliberación del alma. No viene al caso. Esta
deliberación consiste en una resolución interior
por la cual elige uno el bien mayor obligándose
a él. En efecto, toda acción procedente de una
elección, procede asimismo de una deliberación o
consejo, porque la elección es un acto de la
voluntad previamente aconsejada, como dice
Aristóteles en el libro tercero de la Ética.
Ahora bien, así como el Espíritu Santo, siendo
espíritu de fortaleza y de piedad, inspira al
hombre este propósito; así también, siendo
espíritu de consejo y de ciencia, le da esa
deliberación interior.
3) La cita: Examinad si el espíritu viene de
Dios tampoco viene al caso. Ese examen es
necesario cuando no hay certeza. Por eso dice la
glosa comentando aquello de la epístola a los
tesalonicenses (1, 5, 20): Examinad todas las
cosas: "Las cosas ciertas no necesitan
discusión". Aquellos a quienes compete admitir a
otros en la religión, pueden ignorar qué
espíritu mueve a éstos a abrazar ese estado: si
el deseo de la perfección espiritual o, como
sucede a veces, para espiar e intrigar. Pueden
asimismo dudar de su aptitud para el estado
religioso. Por eso tanto las leyes
eclesiásticas, como las constituciones
religiosas, mandan a los superiores probar a
aquellos a quienes deben recibir. Pero a los
mismos interesados: los que quieren entrar en
religión, no les puede caber duda alguna acerca
de la intención que llevan. Por eso no tienen
necesidad alguna de consultas, sobre todo si
están seguros de que no les han de faltar
fuerzas corporales. En último caso, a todo el
que quiere entrar en religión se le concede un
año de prueba para ver si estas fuerzas pueden
serles suficientes.
4) Satanás se transforma en ángel de luz y
sugiere bienes con la intención de engañar, es
verdad. Pero, como dice la glosa comentando esta
cita, cuando el diablo engaña los sentidos
corporales, mas no puede apartar al alma de la
verdadera y recta doctrina que la induce a vivir
fielmente, no hay entonces ningún peligro en
ingresar a la vida religiosa. Y en el caso de
que el demonio, fingiéndose bueno, obrara y
hablara como un ángel bueno, no se caería en un
error peligroso o funesto, aunque se le haga
caso como si realmente fuera bueno. Pero aun
suponiendo que el mismo demonio incite a entrar
en religión, siendo esto de suyo una obra buena
y propia de ángeles buenos, no hay ningún
peligro en seguir en este caso su consejo. Eso
sí, debemos cuidar de resistirle siempre que nos
incite a la soberbia o a otros vicios. En
efecto, acontece frecuentemente que Dios se vale
de la malicia del demonio para beneficiar a los
santos, a quienes prepara sendas coronas si
logran vencer siempre; y así Dios burla al
demonio por medio de sus Santos.
Con todo se debe advertir que si el diablo -y
aun un hombre- sugiere a alguien entrar en
religión para emprender en ella el seguimiento
de Cristo, tal sugestión no tiene eficacia
alguna si no es atraído interiormente por Dios.
En efecto, dice San Agustín en el Libro de la
Predestinación de los Santos, que todos los
santos son enseñados por Dios, no porque de
hecho todos lleguen a Cristo, sino porque no se
puede llegar por otro camino. Por consiguiente
sea quien fuese el que sugiere el propósito de
entrar en religión, siempre este propósito viene
de Dios.
5) Dicen: se debe pedir consejo especialmente
ante aquellas empresas que pueden tener un mal
resultado. Aquí hay que hacer una distinción. En
efecto, el mal resultado puede provenir de parte
de la cosa misma en cuya empresa se corre
peligro, o de parte del hombre que la emprende.
Si el peligro amenaza de parte de la cosa que se
ha emprender, en el caso de que esto suceda con
frecuencia, es necesario deliberar mucho para
salvar el peligro o desistir por completo de tal
cosa. Pero si el peligro sólo existe en contados
casos, no es necesaria una larga deliberación,
sino un poco de cuidado y cautela para no caer
en él alguna vez que otra. De otro modo no se
podría emprender ninguna obra humana, pues, como
dice el Eclesiastés (11, 4): Quien anda
observando el viento no siembra, y el que
atiende a que hay nubes nunca se pondrá a segar.
Y los Proverbios (26, 13): Dice el perezoso: hay
un león en el camino; está una leona en los
desfiladeros. "Muchos -comenta la glosa- cuando
oyen palabras de exhortación, dicen que sí
quieren comenzar el camino de la santidad, pero
que no pueden seguirlo por miedo a Satanás".
Otras veces sucede que la cosa en sí misma es
segura, pero tiene malos resultados por la razón
de que el hombre cambia de propósito. Con todo,
el hecho de que algunos, abandonando su
propósito, apostaten de la vida religiosa y se
hagan peores que antes, no es motivo para
echarnos atrás o diferir el ingreso a la
religión con la excusa de una mayor
deliberación. De lo contrario, lo mismo habría
que decir acerca del acceso a la fe y a los
sacramentos, porque -como dice San Pedro- (2, 2
, 21): Mejor les fuera no haber conocido el
camino, que después de conocido volverse atrás.
Y San Pablo en la Epístola a los Hebreos (10,
29); ?Cuántos más grandes suplicios merece aquel
que tuviere por vil la sangre del Testamento y
ultrajare al Espíritu de Gracia! Por la misma
razón tampoco deberíamos hacer obras de
justicia, porque se lee en el Eclesiástico (27,
27): A quien de la justicia se vuelve al pecado,
lo destina Dios a la perdición.
6) Concedamos un poco más de atención a la cita
de los Hechos: Si este designio u obra viene de
Dios, no lo podréis destruir. Y esto porque lo
repiten con frecuencia, y porque lleva escondido
el veneno de una malicia herética. En efecto, de
esta cita interpretada torcidamente los herejes
contemporáneos pretenden deducir dos errores:
que los cuerpos que se corrompen no fueron
hechos por Dios, y que si alguien obtiene de
Dios la gracia o la caridad, ya no puede
condenarse. Nosotros podríamos agregar otros más
por el estilo: si el diablo pecó, no fue creado
por Dios; si Judas apostató del colegio
apostólico, no fue elegido por Dios; si Simón
Mago cayó en la herejía después del bautismo, no
fue obra de Dios el que Felipe lo bautizara. A
estos argumentos añadamos el tan admirable
argumento de todos éstos, tan eficaz como
aquéllos: "Si el que entró en religión, sale
después de ella, el propósito con que entró no
provenía de Dios", o también: "El celo de
aquellos que lo indujeron a hacerse religioso no
era inspirado por Dios". Contra ellos citemos
las palabras de San Agustín en el libro primero
contra Juliano, que afirmaba: "La raíz del mal
no puede estar en lo que es don de Dios", contra
el cual San Agustín: "Saldrá vencedor el
maniqueo si no se le resiste a él y también a
ti... Por eso la verdad de la fe católica venció
al maniqueo, porque te venció a ti". Para que
nuestros adversarios sean vencidos junto con los
maniqueos, afirmamos: Los designios de Dios
nunca se destruyen, según aquello de Isaías (46,
10): Mis resoluciones se sostendrán y todos mis
deseos se cumplirán. Y así como por su inmutable
designio hace que las cosas corruptibles existan
en el tiempo y no en la eternidad; así también
da a algunos la justicia por cierto tiempo, pero
no les concede el don de la perseverancia, como
dice San Agustín en su tratado sobre la
Perseverancia. Y así como se derrota a los
maniqueos probándoles que las cosas corruptibles
son creadas por un inmutable designio de Dios,
para que sólo existan cierto tiempo, del mismo
modo se derrota a nuestros adversarios
probándoles que Dios, en sus designios
inmutables, inspira a algunos el propósito de
entrar en religión, pero no les concede la
gracia de perseverar en ella.
CAPÍTULO XI: OBJECIONES
"Es más meritorio un acto de virtud hecho sin la
obligación del voto. Por consiguiente, nadie
debe obligarse con voto o juramento a entrar en
religión.
Se cita, además, la legislación eclesiástica".
Examinemos ahora las razones con que nuestros
adversarios pretenden probar que es ilícito
obligarse con voto a entrar en religión.
1) Es mejor hacer actos de virtud sin voto que
hacerlos obligados con él. En efecto, dice San
Próspero a este propósito en el libro segundo de
la Vida Contemplativa: "Debemos abstenernos de
carne y ayunar, pero no como si estuviésemos
sujetos a una obligación ineludible de ayunar;
porque entonces no lo haríamos por devoción,
sino contra nuestro agrado y voluntad". Ahora
bien, quien hace voto de ayunar, se sujeta a una
obligación ineludible de ayunar -y lo mismo
dígase de los demás actos de virtud- . No
parece, pues, laudable, obligarse con voto a
ayunar, a entrar en religión o a cualquier otro
acto de virtud.
2) Cuanto más necesaria es una cosa, tanto menos
meritoria es. Ahora bien, cuando uno ha hecho ya
voto de entrar en religión o de realizar
cualquier obra virtuosa, está por ello obligado
necesariamente a cumplir lo prometido. Por
consiguiente es más laudable y meritorio
realizar una obra virtuosa sin obligarse con
voto, que obligándose con él.
3) Está vedado expresamente obligarse con voto o
juramento a entrar en religión. Así se deduce de
una resolución del Concilio de Toledo (que se
encuentra en los decretos, dist. XLV, en el
capítulo referente a los judíos): "(Los judíos)
no han de ser convertidos a la fuerza, sino por
propia libertad, para que su justificación sea
perfecta; porque así como el hombre usando de su
libre albedrío hizo caso a la serpiente y cayó,
así también se debe salvar por la fe,
respondiendo al llamado de la gracia con el
consentimiento de su alma". No han de ser, pues,
convertidos a la fuerza, sino con libre voluntad
y consentimiento. Todo esto se debería observar
con mayor razón tratándose del ingreso a la
religión, que es, en realidad, menos necesaria
para la salvación. Ahora bien, aquellos que se
obligan con juramento o con voto a entrar en
religión, no van a ella voluntariamente, sino
obligados por una necesidad. Por eso no parece
conveniente contraer semejante obligación.
A la misma conclusión lleva un decreto del Papa
Urbano (XIX, 9, 2, cap. Duae sunt). En él se
dice que aquellos que entran en religión, van a
ella por una ley privada inspirada por el
Espíritu Santo; y donde está el Espíritu del
Señor -dice el Apóstol (2 Co 3, 17)- allí hay
libertad. A la libertad se opone la necesidad. Y
el voto o el juramento traen consigo esta
necesidad. Por tanto, no es conveniente inducir
a ciertas almas a obligarse con voto o juramento
a entrar en religión.
4) Lo mismo aconseja el resultado experimentado
en muchos que habiendo entrado en religión
obligados por este voto, no perseveraron en su
cumplimiento, sino que vueltos al siglo,
desesperados de sí mismos, se entregaron a toda
suerte de iniquidades.Y aquí se cumple aquello
que el Señor echó en cara a los escribas y
fariseos (Mt 23, 15): Andáis girando por mar y
tierra a trueque de convertir un gentil; y
después de convertido lo hacéis digno del
infierno dos veces más que vosotros.
5) Algunos hubo que habiendo hecho este voto, no
lo cumplieron; y sin embargo llegaron a ser
buenos obispos y arcedianos, lo que no podrían
aceptar en virtud del voto hecho.
6) No hay que inducir a nadie a ingresar en
religión por los beneficios temporales
-mostrándole, por ejemplo, las dignidades que
puede tener-. Así lo prescribe un decreto del
Papa Bonifacio (I, q. 2, cap. Quam pio): "Nunca
hemos leído que los discípulos del Señor, o los
convertidos por su predicación, hayan atraído a
algunos al culto de Dios por medio de dádivas".
7) Es una falta de fidelidad obligarse sin
experiencia alguna a las gravosas cargas de la
vida religiosa: a levantarse temprano, a pesadas
vigilias, ayunos, disciplinas y a otras
asperezas parecidas; para ser luego conducidos a
ellas como buey al sacrificio. Y así, por no
cumplir lo prometido, se han tendido a sí mismos
un lazo para la muerte eterna.
8) Es además, ilícito contraer tal obligación,
como que va contra un decreto de Inocencio IV,
en el que se manda conceder un año de prueba a
los que quieren entrar en religión y prohíbe
atarse con votos religiosos antes de los catorce
años; lo cual está de acuerdo con las reglas de
San Benito, en las que se concede un año de
prueba a los recién convertidos a la fe.
9) Es particularmente ilícito que los niños no
llegados aún a la pubertad se obliguen con voto
a entrar en religión. En efecto, es ilícito
atarse con una obligación que puede ser
justamente anulada por otro. Ahora bien, si un
impúber se obliga con voto a entrar en religión,
pueden sus padres o tutores impedírselo, según
un decreto (XX, 9, 2 ): "Si una niña recibiese
el santo velo antes de los doce años, por propia
voluntad; pueden sus padres o tutores anular al
momento ese acto, si así lo quisieren". Por lo
tanto no es permitido a los impúberes obligarse
con voto o juramento a entrar en religión.
10) Quien no ha llegado aún a la pubertad aunque
sea capaz de dolo; no puede obligarse a entrar
en religión. En efecto, una glosa de Bernardo
sobre el decreto de Inocencio III De los
regulares y los que entran en religión, dice: Si
se sabe ya que estos menores no tienen aún los
trece o catorce años, puede sobrevenir esta
duda: tal vez sean capaces de dolo; y en este
caso la malicia supliría la edad: lo que vale
también para el matrimonio (extrav. de
desponsatione impuberum, cap. A nobis y cap.
Tuae), lo cual se aplicaría también aquí; pues
así como pudieron ligarse al demonio, así
también pueden obligarse al servicio de Dios.
Pero el Papa (Inocencio III) responde que éstos
pueden ser recibidos por los obispos y tener
cargos en sus diócesis. Lo cual quiere decir que
no pueden obligarse con voto antes de los
catorce años.
Hugucio, en cambio, decía que sí quedan
obligados los que son capaces de dolo; y puesto
que pueden ligarse al diablo, deben también
cumplir el voto haciéndose monjes. Y en realidad
Inocencio III fue de la misma opinión, puesto
que en el citado decreto dice que si la malicia
suplía la falta de edad, estaba obligado a
entrar en religión, como consta en el original.
Pero esto no vale para nuestro tiempo; tanto que
Raimundo y Godofredo afirman los mismos en sus
respectivas sumas.
11) Los niños antes de los catorce años no
pueden ligarse con juramento (Decretos, XXII,
quaest. 5, cap. Pueri y cap. Honestum). Por la
misma razón no pueden obligarse con voto a
entrar en religión antes de los catorce años.
12) La palabra religión viene de las palabras
latinas religare, volverse a atar, o reeligere,
volver a elegir, según dice San Agustín en el
libro décimo de La Ciudad de Dios. De ahí se
concluye que los niños que no están ligados no
pueden re-ligarse y los que no han elegido no
pueden re-elegir por el ingreso en religión.
De todos estos argumentos concluyen: desdichados
e insensatos aquellos niños que entran o se
obligan con voto a entrar en religión.
CAPÍTULO XII: MAYOR MÉRITO DE UNA OBRA BUENA
REALIZADA EN VIRTUD DE UN VOTO
El mayor o menor mérito de una obra depende del
mayor o menor afianzamiento de la voluntad en el
bien. Ahora bien, el voto afirma más a la
voluntad en el bien (en el propósito de ser más
perfecto). Luego es lícito obligarse con voto a
entrar en religión cuando por el momento no se
lo puede hacer. Y así ya de algún modo adquiere
el mérito de la acción futura.
Para que podamos ver claramente qué hay de
verdad en cada una de las objeciones propuestas,
hay que examinarlas con orden comenzando por lo
más general hasta lo particular.
a) El voto hace más meritoria a la acción
virtuosa.
En un primer punto hay que averiguar si es
verdad aquello que afirman; que es más meritorio
un acto de virtud hecho sin la obligación que
impone el voto, que el hecho con esta
obligación. Y aunque hayamos hablado ya
largamente sobre el particular en otro libro
sobre la perfección, con todo no será ocioso
repetir aquí algunos conceptos.
Por lo tanto, en este primer punto hay que
considerar lo siguiente: el mayor o menor mérito
de una obra depende de su raíz, que es la
voluntad; por consiguiente, tanto más meritoria
será la obra exterior, cuando mejor sea la
voluntad de que procede. Ahora bien, una de las
condiciones que se requieren para que la
voluntad sea buena, es que ésta sea firme y
estable. Por eso se suele citar para censurar a
los perezosos aquellos de los Proverbios (13,
4): El perezoso quiere y no quiere. Por
consiguiente, tanto más laudable y meritoria
será la obra externa, cuanto más firme esté la
voluntad en el bien.
Por eso dice el Apóstol (1 Co 15, 58): Sed
firmes y constantes. Según Aristóteles la virtud
requiere un obrar constante y estable; y los
jurisconsultos definen la justicia: "Una
perpetua y constante voluntad". Por el
contrario, tanto más detestable es el pecado
cuanto más obstinada en el mal esté la voluntad
humana: de ahí que se ponga a la obstinación,
entre los pecados contra el Espíritu Santo.
Pues bien, es evidente que la voluntad adquiere
para realizar algo por medio del juramento; por
eso decía el Salmista (118, 106): Juré y
sostengo observar los decretos de tu justicia.
También por el voto que es una promesa. Y quien
promete hacer algo, reafirma su propósito de
realizarlo.
Concluimos: un acto de virtud es más laudable y
meritorio si es realizado por una voluntad
afianzada por el voto.
Esto también se prueba por el modo de obrar de
los hombres. En efecto, siendo tan voluble la
voluntad humana, no damos crédito a las palabras
de los hombres que nos quieren hacer algo, si no
las confirman -según la costumbre establecida-
con su promesa; aun más: si no corrobora su
promesa con algunas prendas proporcionadas.
Ahora bien, cada uno se debe más a sí mismo que
al prójimo, especialmente en lo que se refiere a
la salud espiritual, como se lee en el
Eclesiástico (30, 24): Apiádate de tu alma y
agrada a Dios. Pero a causa de lo mudable que es
su voluntad, puede el hombre dejar de cumplir lo
que se había propuesto, por ceder a la utilidad
temporal de otro. Por eso, si es útil dar las
suficientes seguridades al prójimo, confirmando
la promesa con juramento, prendas y otras
garantías; mucho más laudable será asegurarse a
sí mismo, procurando confirmar con voto,
juramento, o de cualquier otra manera, la buena
resolución tomada. Por eso dice San Agustín en
su carta a Paulina y Armentario: "Puesto que has
hecho el voto, estás obligado a cumplirlo: no te
es lícito hacer otra cosa". Y más adelante: "Sin
embargo no te arrepientas de haberlo hecho, sino
más bien alégrate de no poder hacer aquello que,
de serte permitido, sería en daño tuyo".
Un segundo punto a considerar es que el acto de
una virtud de orden inferior llega a ser más
digna de estima y mérito cuando se ordena a una
virtud superior: un acto de abstinencia, por
ejemplo, cuando se ordena a la caridad; y con
más razón aun cuando se ordena a la latría, que
es más excelente que la abstinencia. Ahora bien,
el voto es un acto de latría, puesto que por él
prometemos a Dios aquello que se relaciona con
el culto divino, como se lee en Isaías (19, 21):
En aquel día el Señor será conocido de Egipto y
honraránle con hostias y ofrendas, y harán votos
al Señor y los cumplirán. El ayuno será pues,
más laudable y meritorio si se hace en virtud de
un voto. Por eso se aconseja, o se manda en el
Salmo (75, 12): Ofreced y cumplid votos al Señor
Dios vuestro. Si el voto no hiciera mejor a la
obra buena, este consejo u orden sería inútil.
b) Es lícito y laudable hacer voto de entrar en
religión si por el momento no se lo puede hacer.
Sentado esto, se presenta la tercera cuestión: A
ver si es lícito obligarse con voto a entrar en
religión, o si, por el contrario, es un error.
Si es cosa virtuosa abrazar el estado religioso;
y si, por otra parte, el realizar actos de
virtud obligados por un voto, es de mayor
mérito: dignos de elogios serán también aquellos
que no pudiendo por el momento entrar en
religión, se obligan con voto a entrar luego. A
no ser que se afirme, siguiendo a Vigilancio,
que la vida seglar y la vida religiosa son lo
mismo; o con menos juicio aún, se caiga en el
error de sostener que el estado de aquellas
órdenes aprobadas por la Iglesia no es el estado
propicio para la salvación; en lo cual superan
la herejía de Vigilancio, no sólo por inutilizar
los consejos de Cristo, sino por descartarlos
completamente; por ir contra las leyes de la
Iglesia, que es ya caer en el cisma.
Y bien, si son dignos de alabanza y movidos por
el espíritu de Dios aquellos que se obligan con
voto a entrar en religión, con igual razón son
también dignos de alabanza quienes los induzcan
a abrazar ese estado. De este modo cooperan con
el Espíritu Santo, ya que con su ministerio
exterior los exhortan a llevar a cabo aquello
que el Espíritu Santo les inspira interiormente.
Somos ayudadores de Dios (1 Co 3, 9) trabajando
desde afuera.
Visto lo pernicioso que es afirmar lo contrario
con respecto a lo que sobrepasan los años de la
pubertad, pasemos a considerar si los niños o
niñas que no han pasado estos años pueden
obligarse con voto a entrar en religión.
Hay que distinguir aquí dos clases de votos:
simple y solemne. El voto simple consiste en la
sola promesa. El voto solemne añade a la promesa
una manifestación externa, a saber: cuando el
hombre se ofrece actualmente a Dios, ya
recibiendo una orden sagrada, ya profesando en
una determinada orden religiosa en manos del
prelado, circunstancias que solemnizan el voto;
ya, en fin, recibiendo el hábito de los
profesos, lo que equivale a una profesión.
Ambos votos producen con relación al matrimonio
efectos diversos. Hecho el voto solemne no se
puede contraer matrimonio y se anula el ya
contraído. El voto simple en cambio, aunque
impida contraer matrimonio, no anula el ya
contraído.
Con respecto a la vida religiosa tienen también
cada uno de estos votos un efecto contrario y
diverso. En efecto, el voto solemne, que se hace
por una profesión expresa o presunta, constituye
al monje o al fraile en una orden cualquiera. El
voto simple en cambio no constituye al monje,
porque sigue siendo dueño de sus cosas, y aun
puede ser marido si contrae matrimonio. Ahora
bien, el voto simple consiste en la promesa
hecha a Dios, que procede de una deliberación
interior; por consiguiente el voto simple tiene
una eficacia otorgada por el derecho divino, y
que ningún derecho humano puede anular.
Sin embargo esta eficacia del voto simple se
puede anular de dos maneras. Una, por falta de
deliberación, que es lo que da consistencia a la
promesa: por eso no obligan los votos de los
furiosos y otros dementes (extrav. de regul. et
transeuntibus ad religionem., cap. Sicut tenor),
como tampoco los de aquellos niños incapaces de
dolo que no han llegado al debido uso de la
razón -en unos más tardos que en otros-, según
las disposiciones naturales: que para esto no se
puede fijar una edad determinada.
La otra manera de anular esta eficacia se da
cuando el que hace el voto no es libre. Si un
siervo, por ejemplo, hiciera voto de entrar en
religión, este voto tendría eficacia en cuanto
al siervo si tiene uso de razón en el caso de
que el dueño lo consienta. Pero si el dueño se
opone, el siervo puede revocarlo sin falta
alguna según lo autoriza un decreto (Dis. XLIV,
cap. Si servus): "Si un siervo llegara a
ordenarse sin que lo sepa su amo, puede éste en
el término de un año probar que el siervo es
posesión suya y recobrar sus derechos sobre él".
Y como el niño y la niña antes de los años de la
pubertad están por derecho natural sometidos a
la potestad del padre, puede éste aceptar o
anular, si así lo quisiere, los votos que éstos
hicieren: y esto por derecho divino. En efecto,
se lee en Números (30, 4): Si una mujer que
todavía está en casa de su padre, siendo de
menor edad, hace algún voto y se obliga con
juramento; si su padre sabe el voto que hizo y
el juramento con que ligó su conciencia, y
calla, queda obligada con el voto; y cuanto
prometió y juró, tanto podrá por obra. Pero si
el padre, luego que lo entendió contradijo,
serán inválidos así los votos como los
juramentos, ni quedará obligada a la promesa,
porque se opuso su padre. Síguese de allí que la
niña, y por consiguiente también el niño, que no
han llegado aún a la pubertad, pueden, en cuanto
sean capaces, obligarse con voto, a no ser que
la falta de uso de razón se lo anule, según
hemos dicho ya. Pero como están sujetos a la
potestad de otros, puede su padre anular el
voto, lo que se prueba también por lo que se
añade con respecto a la mujer adulta (Nm 30, 7),
cuyo marido puede invalidar el voto que ésta
hubiere hecho. Y aunque el derecho positivo no
pueda determinar en qué momento comienza el
hombre a tener uso de razón para poder desde ese
momento consagrarse a Dios, puede sin embargo
establecer un determinado tiempo durante el cual
debe una persona estar sujeta o ligada a otra.
En la mujer este tiempo se fija hasta los doce
años cumplidos, y en el varón hasta los catorce
cumplidos, porque ésta es la edad que la
costumbre ha fijado para la pubertad.
En resumen: en cuanto al voto simple como el que
se obliga uno a entrar en religión, puede uno
obligarse con él en cuanto esté en su poder,
antes de cumplir los años de la pubertad,
siempre que sea en esa edad capaz de dolo, y
tenga además el suficiente uso de razón como
para darse cuenta de lo que hace. Con todo puede
el padre o el tutor que está en lugar del padre,
anular este voto.
En cuanto al voto solemne que se realiza por la
profesión tácita o expresa, y requiere ciertas
solemnidades exteriores conforme a las
reglamentaciones eclesiásticas -y lo mismo
dígase de la solemnidad del orden sagrado- se
exige, según lo prescriben las leyes de la
Iglesia, que se hayan cumplido los años de la
pubertad, a saber: en el varón los catorce años
y en la mujer los doce. La profesión hecha antes
de esa edad, sea o no el sujeto capaz de dolo,
no constituye monje al que profesó ni tampoco en
fraile en ninguna orden. Esta es la doctrina
común de la Iglesia, no obstante lo que -según
se dice- enseñe en contrario Inocencio III.
CAPÍTULO XIII: RESPUESTA A LAS OBJECIONES DEL
CAPÍTULO XI
Con estas nociones será tarea fácil refutar las
objeciones.
1) Las palabras de Próspero: "Debemos ayunar no
como si estuviésemos sujetos a una necesidad de
ayunar" se refieren a una necesidad de coacción,
contraria al acto voluntario. Por eso añade:
"Porque entonces no lo haríamos por devoción,
sino contra nuestro agrado y voluntad". No habla
pues la necesidad que impone el voto, la cual no
hace sino aumentar la devoción, que se llama así
de devoveo: consagrarse con voto.
2) El que lo necesario sea menos meritorio ha de
entenderse de aquella necesidad impuesta contra
la propia voluntad. Pero cuando uno se impone a
sí mismo la necesidad de hacer el bien, obra con
mucho más mérito, puesto que en cierta manera se
hace esclavo de la justicia, como lo advierte
San Pablo escribiendo a los romanos (6, 19). Por
eso dice San Agustín en su carta a Paulina y
Armentario: "?Feliz necesidad la que nos obliga
a lo más perfecto!".
3) La cita acerca de los judíos que deben ser
convertidos sin violentarlos, evidentemente no
viene al caso. El consolidar la voluntad en el
bien no equivale a quitar la libertad, si no ni
Dios ni los bienaventurados tendrían una
voluntad libre. A la libertad se opone la
necesidad de coacción causada por la violencia o
el miedo. A esto se refiere el canon acerca de
los judíos cuando manda expresamente: "Manda el
Santo Sínodo que no se fuerce a nadie para que
crea". Ahora bien, por el voto o el juramento no
se violenta al hombre, sino que por medio de
ellos la voluntad se consolida en el bien. Ellos
no convierten al hombre en un forzado, sino que
hacen a su voluntad más decidida, empezando ya
en cierta manera a obrar en cuanto se obliga a
ello. Según eso, ninguna persona que está en sus
cabales va a decir que es ilícito inducir a los
judíos a que libremente se obliguen con voto o
juramento a recibir el bautismo.
4) La objeción de que algunos de los que se
obligan con voto o juramento a entrar en
religión se vuelven atrás, se abandonan a la
desesperación, se entregan a toda clase de
pecados, haciéndose así dignos del infierno dos
veces más que aquellos que lo indujeron a hacer
ese voto, se refuta con aquellas palabras de San
Pablo (Rm 3, 3): La infidelidad de aquellos que
no han creído ¿frustrará por ventura la
fidelidad de Dios? Esto nos advierte que no es
razón suficiente para prejuzgar mal de aquellos
que perseveran en el bien, el hecho de que
algunos abusen de ese bien. Una glosa comenta el
pasaje citado diciendo que por el hecho de haber
rechazado la fe algunos judíos, no se debe
prejuzgar a los demás como indignos de alcanzar
lo que Dios prometió a los que fueran fieles.
Del mismo modo, el que algunos hayan hecho voto
o juramento de entrar en religión y se
arrepienten luego y se hagan peores, no es razón
para pensar mal de los que perseveran en su buen
propósito. Ni tampoco los que los mueven a
entrar en religión tienen la intención de
hacerlos con ello dignos del infierno, sino
hijos del reino, siendo por otro lado más
numerosos los que progresan cumpliendo el voto,
que aquellos que fracasan por quebrantarlo. A no
ser -Dios no lo permita- que con sus malos
ejemplos los inciten al pecado, como comentan
San Jerónimo y San Juan Crisóstomo.
Al parecer se podría citar en apoyo de esta
razón lo que San Pablo escribe a Timoteo (1, 5,
11): Viudas jóvenes no las admitas. E indica en
seguida el motivo: Teniendo su sentencia de
condenación, por cuanto violaron la primera fe
por la cual habían prometido a Dios guardar
continencia. Pero, como dice San Jerónimo en su
carta a Ageruquia sobre la monogamia, a causa de
aquellas que han fornicado injuriando a Cristo,
su Esposo, quiere el Apóstol un segundo
matrimonio prefiriendo la bigamia a la
fornicación; y esto por condescendencia, no por
mandato, puesto que mucho más tolerable es ser
bígama que una libertina; tener un segundo
marido que tener muchos maridos en el adulterio.
No quiere pues el Apóstol prohibir absolutamente
a las viudas jóvenes que hagan voto de
continencia, puesto que escribiendo a los
corintios dice (1, 7, 8): Bueno les es si
permanecen así en la viudez. Lo que prohíbe es
que sean recibidas para el servicio de la
Iglesia aquellas que viven en la licencia. Por
eso dice: Viudas jóvenes no las admitas, pues
cuando se han regalado a costa de Cristo,
quieren casarse.
5) La objeción de que algunos, después de haber
hecho voto de entrar en religión, se han quedado
en el mundo y fueron después buenos obispos, va
manifiestamente contra la verdad, como se ve por
un decreto de Inocencio que trata del voto y de
la dispensa del voto y dice: "Nos enteraste por
tu carta que habías hecho solemnemente en la
Iglesia de Grenoble el voto de recibir el hábito
religioso, y que habías prometido en manos de su
prelado cumplir el voto antes de los dos meses
después que volvieras de la Sede Apostólica.
Pues bien, ya ha pasado ese plazo y no has
cumplido lo prometido. A pesar de eso y de haber
quebrantado el voto has sido designado para
gobernar la diócesis de Ginebra". Y más
adelante: "Por tanto -recibida tu explicación-,
te aconsejamos que renuncies el gobierno de
dicha Iglesia y cumplas los votos hechos al
Altísimo". De ahí se deduce claramente que no
pueden en conciencia ser elegidos obispos o
arcedianos los que hicieron voto de entrar en
religión. Y si aceptaran no serían buenos
obispos ni buenos arcedianos por cuanto
quebrantaron su voto.
6) Decían: no hay que atraer a nadie al culto de
Dios con la esperanza de los beneficios
temporales. Esta objeción se refuta con el mismo
capítulo que citan. Después de dicha cita se
lee: "A no ser que algunos se encarguen de
alimentar en común a los pobres, a ninguno de
los cuales, sea cual fuere su profesión se le
negará el sustento". Lo cual demuestra que no
hay razón alguna para censurar a aquellos que
procuran fondos a los escolares pobres y los
alimentan durante su estudio para que sean
después religiosos más capaces. Ni aun sería
ilícito ganarse la confianza de algunos
concediéndoles beneficios temporales con el fin
de elevarlos a mayor perfección. Sería ilícito
en el caso de que intervenga algún pacto o
convenio. Por eso se añade en el mismo capítulo:
"Con tal que no haya de por medio ningún pacto y
que cese todo convenio". De otra manera, si no
estuviera permitido atraer a uno a los bienes
espirituales por medio de los temporales, sería
igualmente ilícito distribuir ciertos
estipendios, como se hace en algunas Iglesias, a
los que asisten al oficio divino.
7) La objeción de que va contra la fidelidad
inducir a los jóvenes a tomar sobre sí cargas
pesadas como ayunos, vigilias y otras
semejantes, contiene un error manifiesto. En
efecto, cuando alguien es recibido o se obliga a
entrar en religión, se le entera desde el
comienzo de todas aquellas cargas que pueden
serle pesadas.
Tampoco se falta contra la fidelidad si al
atraer a alguno a una orden cuyas austeridades
sean manifiestas, se le prometen los consuelos
espirituales al ejemplo del Señor, que decía (Mt
11, 29): Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended
de Mí que soy manso y humilde de corazón y
encontraréis reposo para vuestras almas. Las
austeridades corporales están significadas en
estas frases por la palabra yugo y los consuelos
espirituales en el descanso prometido. A
propósito de esto dice San Agustín (Libro de las
Palabras del Señor): "Los que con rostro sereno
cargaron con el yugo del Señor afrontan tan
grandes pruebas que parecen más bien haber sido
llamados del reposo al trabajo que no del
trabajo al reposo. Pero ciertamente está con
ellos el Espíritu Santo quien derramando sobre
ellos las delicias divinas con la esperanza de
la futura felicidad, les suaviza todas las
austeridades presentes y les alivia todas sus
dificultades y trabajos. Demuestran pues,
entender muy poco de delicias espirituales los
que toman por unos ilusos a quienes se imponen
por amor de Cristo toda clase de trabajos
corporales".
8) El decreto del Papa Inocencio no viene al
caso, puesto que se refiere al voto solemne
emitido por la profesión, no al voto simple, por
medio del cual uno se obliga por devoción a la
vida religiosa.
9) El que puedan los padres anular el voto de
sus hijos no llegados a la pubertad no prueba
nada. No es necesariamente ilícito todo aquello
que puede ser revocado. De otra manera habría
que decir que pecan los menores de veinticinco
años cuando obran en contra de sus intereses,
puesto que más tarde tendrán todos sus derechos.
Por lo tanto no pecan los niños que hacen voto
de entrar en religión, o aun que reciben el
hábito religioso antes de la pubertad sin el
consentimiento de los padres, aunque pueden
éstos desautorizarlos. Si esto fuera pecado, lo
prohibirían aquellos cánones que dan a los
padres la facultad de anular los votos.
10) Las citas del comentario a los decretos y de
las sumas de los juristas no tienen nada que ver
con el asunto, porque tratan del voto solemne
que constituye en monje o profeso en una orden
religiosa. Sobre este punto hubo muchas
discusiones entre los doctores en derecho
canónico. Amén de que es ridículo y fuera de
lugar que los profesores de doctrina sagrada
citen como autoridad las pequeñas glosas de los
juristas, y las discutan.
11) No viene al caso. Los cánones no prohíben a
los niños jurar, sino que se les obligue a
jurar.
12) Es falso lo que dicen. Los niños se han
ligado por la profesión de fe cristiana que
eligieron sacramentalmente en el bautismo. Por
consiguiente pueden ligarse y elegir de nuevo el
estado de perfección. Pero hay otra razón para
tacharlo de falso: en el mismo sacramento del
bautismo los niños abrazan la religión cristiana
y por una nueva elección se re-ligan a Dios, de
quien fueron separados por el pecado de los
primeros padres.
Finalmente, esa sacrílega conclusión que tacha
de necios a los niños, no puede ser soportada
por oídos piadosos. ¿Quién puede tachar de necio
al niño Benito, que dejando la casa y hacienda
paterna y deseando servir únicamente a Dios,
marchó al desierto para abrazar un estado de
santidad? ¿Quién si no un hereje, se mofará de
San Juan Bautista, de quién se lee (Lc 1, 80):
El niño crecía y se fortalecía en espíritu;
habitó en los desiertos hasta el tiempo en que
debía darse a conocer a Israel?
Con tales insultos descubren a las claras su
naturaleza animal, llamando estupidez lo que
viene del espíritu de Dios, del cual dice San
Ambrosio en su comentario a San Lucas que "no es
limitado por la edad; no se extingue con la
muerte, ni es excluido del seno materno". Y San
Gregorio en la Homilía de Pentecostés: "El cual
llena a un niño que toca la cítara, y hace de él
un Salmista; llena a un pastor de ganado que
arranca sicomoros y lo hace en profeta; llena a
un niño abstinente y lo hace juez de viejos;
llena a un pescador y lo hace un predicador;
llena a un perseguidor y lo hace doctor de las
naciones; llena a un publicano y lo hace
evangelista".
Citaré en contra de ellos las palabras del
Apóstol (1 Co 3, 18): Si alguno se tiene por
sabio según el mundo, hágase necio a fin de ser
sabio. Necio según la sabiduría del mundo, que
no es sino necedad delante de Dios y no según la
sabiduría de Dios, que amonesta a los
pequeñuelos diciéndoles: ¿Hasta cuándo niños
habéis de amar las niñerías?. . . Convertíos a
mis reprensiones: mirad que os comunicaré mi
espíritu (Prv 1, 22).
CAPÍTULO XIV: OBJECIONES
"En cuanto a la perfección de la caridad es más
perfecto poseer propiedades en común -como en
los antiguos monasterios y abadías- que carecer
de ellas viviendo de limosna".
Consideremos, en fin, el empeño con que procuran
apartar a los hombres de la vida religiosa,
rebajando su perfección, sobre todo la de
aquellos que no poseen nada en común.
1) Dice San Próspero en su libro sobre la vida
contemplativa (XII, q. 1): "Conviene que la
Iglesia posea propiedades, y que cada uno
renuncie a los bienes propios por amor de la
perfección. Los bienes de la Iglesia son
comunes, no propios; de ahí que quien desecha
sus posesiones y las abandona o las vende al ser
puesto al frente de una Iglesia se constituye en
el administrador de todos los bienes que posee
esa Iglesia. En fin, San Paulino -vosotros lo
sabéis mejor que yo-, vendió sus vastas
posesiones y repartió el producto entre los
pobres. Pero cuando fue nombrado obispo, no dejó
de lado los bienes de su Iglesia, sino que los
administró con notable fidelidad. Este hecho nos
enseña que se debe sí, despreciar los bienes
propios para alcanzar la perfección; pero
también que se puede disponer de aquellos bienes
pertenecientes a la Iglesia (y que son por lo
tanto comunes) sin obstáculo alguno para la
perfección". De ahí se deduce que el no poseer
bienes en común va contra la perfección.
2) Citemos el ejemplo de otros Santos. En
efecto, se lee de San Gregorio que construyó con
su patrimonio un monasterio dentro de los muros
de Roma y seis en Sicilia. También de San
Benito, admirable formador de monjes, recibió
vastas posesiones para su monasterio. Estos
esclarecidos varones, imitadores de la
perfección evangélica, no hubiesen hecho eso si
las posesiones en común fueran obstáculo para la
perfección apostólica y evangélica.
Consecuencia: no pueden tender a una mayor
perfección los que carecen de bienes en común.
3) Los Apóstoles, a quienes el Señor había
mandado que no poseyeran nada ni llevaran
provisiones para el camino, algo poseían en
tiempos de necesidad. En efecto, sobre aquel
pasaje de San Lucas (12, 36): Pero ahora el que
tiene bolsillo llévelo y también alforja, dice
la glosa: "Ante el inminente peligro de la vida,
y como toda aquella gente perseguía a la vez al
pastor y al rebaño les dio una norma de acuerdo
con los tiempos, permitiéndoles llevar lo
necesario para la vida". Ahora bien, los
Apóstoles no eran menos perfectos en tiempos de
persecución. Por consiguiente, el poseer bienes
en común no disminuye la perfección.
4) Cristo ha instituido el orden de los
discípulos, a los que han sucedido los obispos y
los clérigos, los cuales poseen bienes. En
cambio las órdenes religiosas que viven en la
pobreza sin poseer nada, fueron instituidas por
otros y más tarde. Ahora bien, es más perfecto
lo que fue instituido por Cristo. Por
consiguiente, debe ser más perfecto tener
posesiones en común que vivir sin ellas.
5) No se puede creer que un estado de perfección
instituido por Cristo, hubiese permanecido como
dormido desde los tiempos de los Apóstoles hasta
nuestros días, en que algunas órdenes comenzaron
a vivir sin posesiones en común. De ahí se
concluye que el carecer de posesiones comunes no
puede entrar en el plan de la perfección
evangélica.
6) Si hubo algunos que en tiempos posteriores a
los Apóstoles carecieron de posesiones en común,
vivían sin embargo de sus trabajos manuales,
como hacían los Santos Padres en Egipto. Por
consiguiente, aquellos que carecen de posesiones
en común y tampoco viven del trabajo de sus
manos, parecen distar mucho de la perfección
evangélica.
7) Se ha impuesto la renuncia a las riquezas
precisamente para dejar de lado toda
preocupación por las cosas temporales, según
aquello de San Lucas (12, 22): No andéis
inquietos en orden a vuestra vida sobre lo que
comeréis, ni en orden a vuestro cuerpo sobre qué
vestiréis. Asimismo en 1 Co (7, 32): Deseo que
viváis sin inquietudes. Ahora bien, aquellos que
no poseen nada en común tendrán muchas más
preocupaciones en buscarse el sustento, que
aquellos que ya lo tienen previsto
suficientemente en los fondos comunes. Por
consiguiente, el carecer de bienes en común
disminuye la perfección evangélica.
8) Esta suerte de religiosos están precisados a
entrometerse en las ocupaciones de una cantidad
de gente que les proporciona el sustento. Con
esto se les multiplican las preocupaciones
temporales, contrarias a la perfección
evangélica. Esto nos hace creer que el estar
privado de posesiones en común va en detrimento
de la perfección evangélica.
9) En último caso, es imposible no poseer nada
ni en común ni en particular. En efecto, todos
tienen que comer, beber, vestirse, lo que no
pueden hacer sin poseer nada.
Estos son los argumentos con que pretenden negar
la perfección de los que no tienen nada en
común.
CAPÍTULO XV: LA POBREZA Y LA PERFECCIÓN DE LA
CARIDAD
Es mas perfecto en orden a la caridad carecer
aún de propiedades comunes, por cuanto significa
una mayor libertad para consagrarse al servicio
de Dios y del prójimo. Así lo confirma el
ejemplo de Cristo, de los Apóstoles y de los
Santos.
a) El ejemplo de Cristo.
Nótese bien ante todo, que todos estos
impugnadores de la pobreza van muy en contra, no
sólo de la doctrina, sino también de la vida de
Cristo, quien constantemente enseñaba de palabra
y confirmaba con su ejemplo la práctica de la
pobreza. De El dice el Apóstol que siendo rico
se hizo pobre por nosotros (2 Co 8, 9). "Abrazó
la pobreza -dice la glosa- y no perdió sus
riquezas; rico por dentro y pobre por fuera,
guardó ocultas sus riquezas y se mostró como
hombre en la pobreza". Muy grande es, pues, la
dignidad de aquellos que siguen a Cristo en su
pobreza. Por eso concluye la glosa: "Nadie que
sea pobre en su celda y rico en su conciencia
debe avergonzarse de sí mismo. Recorriendo la
vida de Cristo desde su comienzo sobre la
tierra, vemos que se eligió una madre muy
pobrecita; y al elegir un padre más pobre aún,
careció de todo dinero. El pesebre te enseña
todo esto, como se lee en una instrucción
sinodal del Concilio de Éfeso". Y más adelante:
"Mira la paupérrima habitación de Aquel que
enriquece los Cielos; mira el pesebre del que se
sienta sobre los querubines; ve envuelto en
pañales Aquel que ciñó con arenas el mar; ve
aquí abajo sus pobrezas y contempla allá arriba
sus riquezas".
No por sí mismo, afirma San Pablo (2 Co 8, 9),
sino por nosotros se hizo pobre. Ahora bien, si
el privarse de toda posesión terrena, y aun más
el carecer de casa propia, no tuviese ninguna
utilidad en orden a la perfección de la vida
cristiana; ¿por qué no se eligió, pudiéndolo
hacer, una madre que poseyese grandes riquezas,
y no nació en una casa de su propiedad?;
Avergüéncense, pues, los detractores de aquella
pobreza cuya gloria resplandece en la cuna misma
de Cristo. Y para que no vayan a creer que en la
edad madura abandonó aquella pobreza con que
vivió en la infancia, leamos lo que dice de sí
mismo: El Hijo del Hombre no tiene dónde
reclinar su cabeza (Mt 8, 20), como si dijera,
según dice San Jerónimo: "¿Por qué quieres
seguirme por amor a las riquezas y ganancias de
este siglo, si soy tan pobre que no tengo ni un
lugarcito donde hospedarme, y la casa en que
vivo no es mía?" Asimismo dice San Juan
Crisóstomo comentando ese pasaje: "Mira cómo el
Señor practica de obras lo que enseñó con
palabras. No tenía ni mesa, ni candelabro, ni
casa ni nada semejante". Y una pobreza que el
Señor aconsejó de palabra y manifestó en sus
obras, pertenece a la perfección. Por
consiguiente, está dentro de la perfección
cristiana el carecer completamente de toda clase
de bienes.
Hurgando más, volvemos a encontrar nuevos
testimonios de la pobreza de Cristo. Cuando se
le exigió el tributo le dijo a Pedro: Ve al mar,
tira el anzuelo y coge el primer pez que
saliere, y abriéndole la boca hallarás una pieza
de cuatro dracmas; tómala y dásela por Mí y por
ti. Y San Jerónimo comenta: "El solo
conocimiento de este hecho da motivo de
edificación a los discípulos, al descubrir en
Cristo una pobreza tal que no tenía siquiera con
qué pagar el tributo por El y por su Apóstol. Y
si alguno arguyera: ¿Acaso Judas no llevaba la
bolsa del dinero?, le responderemos: El Señor
juzgaba ilícito gastar en provecho propio los
haberes de los pobres, dejándonos así un
ejemplo". Pues bien, es evidente y ningún
cristiano puede ponerlo en duda, que Cristo
procedió en todo lo que hacía con la suma
perfección. Por consiguiente, al decir: Si
quieres ser perfecto, ve y vende todo lo que
tienes y dáselo los pobres; ven después y
sígueme (Mt 19, 21), nos enseñaba la perfección
de la pobreza. En ello está la más alta
perfección, según dice San Jerónimo: "La suma
perfección consiste, pues, en que a ejemplo de
Cristo se desprendan los hombres de todos sus
bienes, reservando algo para los pobres,
principalmente para aquellos cuyo cuidado más
les incumbe, al ejemplo del Señor que alimentaba
primero a sus discípulos, hechos pobres por amor
suyo, de aquello que le daban".
Entre todo lo que Cristo padeció en su vida
mortal, lo que aparece más digno de imitación
para los cristianos es el ejemplo de su Cruz
venerable: decía el Señor: Si alguno quiere
venir detrás de Mí, niéguese a sí mismo, cargue
con su cruz y sígame (Mt 16, 24). Por eso decía
San Pablo, como otro crucificado con Cristo,
gloriándose únicamente en la Cruz de Cristo:
Traigo impresas en mi cuerpo las señales del
Señor (Ga 6, 17), por seguir diligentemente el
ejemplo de la Cruz.
Entre otros distintivos de la Cruz, se nos
presenta la total pobreza con que aparece
Cristo; privado de todo lo exterior, hasta de
sus vestidos, como se lee en el Salmo (21, 19)
refiriéndose a su persona: Se repartieron mis
vestidos y echaron suerte sobre mi túnica. Y el
medio para seguir esa desnudez de la Cruz es la
pobreza voluntaria, principalmente el carecer de
toda renta. Por eso dice San Jerónimo al
presbítero Paulino: "Oído el consejo del
Salvador: Si quieres ser perfecto, ve y vende
todo lo que tienes y dáselo a los pobres; ven
después y sígueme, convierte en obra estas
palabras, y siguiendo desnudo la Cruz desnuda,
subirás con más ligereza y libertad la escala de
Jacob". Y luego: "Ninguna grandeza hay en
simular o mostrar ayunos con un rostro tristón y
lívido, nadar en beneficios de renta y andar
luciendo un vil manteo". Evidentemente son
enemigos de la Cruz de Cristo todos esos
adversarios de la pobreza cuyo gusto está puesto
en lo terreno, y que piensan que la perfección
necesita de los bienes temporales de tal manera
que sin ellos se amengua la perfección.
b) La doctrina de Cristo.
Comprobadas estas verdades en todo el decurso de
la vida de Cristo, tanto en su nacimiento como
en su vida madura hasta su muerte en la Cruz,
pasemos a su doctrina.
Al instruir a sus discípulos y a las turbas
juntamente, comienza por la pobreza:
Bienaventurados los pobres de espíritu (Mt 5,
3). "Aquellos -comenta San Jerónimo- que son
pobres voluntariamente, por virtud del Espíritu
Santo". Y San Ambrosio, comentando el lugar
(paralelo) de San Lucas: "Los dos evangelistas
han puesto la pobreza en la primera
bienaventuranza. Realmente es la primera en
jerarquía, y como una madre y generadora de las
virtudes, pues el que desprecia los bienes del
siglo merece los eternos; y no puede merecer el
reino celestial el que está dominado por los
deseos mundanos". San Basilio explica en qué
consiste la pobreza de espíritu: "Bienaventurado
el pobre por ser discípulo de Cristo que por
nosotros abrazó la pobreza; puesto que cuanto
hizo el Señor en orden a la felicidad, se
presenta como un ejemplo para sus discípulos". Y
nunca hemos leído que el Señor tuviera posesión
alguna. Por consiguiente no va en desmedro, sino
más bien en aumento de la felicidad, la pobreza
de aquellos que voluntariamente han renunciado a
sus bienes por amor de Cristo.
Una vez elegidos los doce Apóstoles, cuando los
envía a predicar y les concede poder para hacer
milagros, entre otros consejos útiles para su
vida les inculca en primer lugar, la doctrina de
la pobreza: No llevéis oro ni plata ni dinero
alguno en vuestros cintos, ni alforja para el
viaje (Mt 10, 9). Eusebio de Cesarea comenta:
"Les prohibía poseer oro o plata o dinero,
sabiendo de antemano lo que había de suceder.
Preveía en efecto, que aquellos que fueran
sanados, o librados de enfermedades incurables
por medio de los discípulos, instarían a éstos a
recibir en pago todos sus bienes... Juzgó, pues,
conveniente que aquellos que estaban animados
por la esperanza del reino de Dios, despreciaran
lo terreno; de modo que habiendo recibido las
riquezas celestiales, no tomaran como cosa digna
de sí ni el oro, ni la plata, ni las posesiones,
ni tantas otras cosas que estiman los mortales.
Y mientras los hacía soldados del reino de Dios
les inculcaba la práctica de la pobreza, pues
quien está consagrado al servicio de Dios, se
desentiende de las preocupaciones de este mundo,
a fin de agradar a Dios". Comentando el mismo
lugar dice San Jerónimo: "El que había quitado
del todo (en la cita anterior) las riquezas, del
mismo modo quita hasta lo necesario para la vida
a fin de que los Apóstoles, propagadores de la
verdadera religión, a quienes había enseñado que
la Providencia de Dios gobierna todas las cosas,
demostraran que para nada les inquietaba el
mañana". Sobre el mismo pasaje dice San Juan
Crisóstomo: "Por ese precepto el Señor en primer
lugar libra a sus discípulos de toda esclavitud;
en segundo lugar los independiza de toda
preocupación, de modo que puedan dedicar a la
palabra de Dios todo el tiempo libre; por
último, les enseña su virtud. Los preceptos
evangélicos nos describen así al que evangeliza
el reino de Dios: uno que no busca la ayuda del
siglo y que, dedicado totalmente a trabajar por
su fe, está convencido de que cuanto menos se
preocupe por estos auxilios, tanto más abundará
en ellos", como dice San Ambrosio comentando el
pasaje paralelo de San Lucas.
Ahora bien, es indudable que si los Apóstoles
hubiesen aceptado posesiones se hubiesen hecho
mucho más sospechosos de predicar en provecho
propio que si poseyesen oro o plata. Andarían
además con grandes preocupaciones por el cultivo
de sus campos, puesto que muchos más serían los
gastos y cuidados en las posesiones de campos y
viñas, que si poseyesen bienes muebles. De todo
esto se deduce que los Apóstoles tenían
prohibido poseer campos, viñedos u otra clase de
bienes inmuebles. ¿Y quién puede decir sin
herejía que aquella primera instrucción que
Cristo dio a sus discípulos rebajaba la
perfección evangélica? Yerran, pues, en doctrina
de fe al decir que son menos perfectos los que
carecen de posesiones en común.
c) El ejemplo y doctrina de los Apóstoles.
Pasemos a considerar ahora cómo observaron los
Apóstoles estos preceptos, ya que, como dice San
Agustín en su obra Contra la Mentira, las
Sagradas Escrituras contienen no sólo los
preceptos divinos, sino también relatan la vida
y los hechos de los justos, para que de este
modo, si hubiese alguna duda acerca de la
interpretación de uno de estos preceptos, el
modo de obrar de los justos nos saque de ella. Y
bien; que los Apóstoles no poseían ningún bien
temporal, ni llevaban provisiones para el viaje
antes de la Pasión, consta claramente en aquel
pasaje de San Lucas (22, 35) en el que el Señor
dice a sus discípulos: En aquel tiempo en que os
envié sin bolsillo, sin alforja y sin zapatos
¿por ventura, os faltó alguna cosa? Nada,
respondieron ellos. Pero después añade: Mas
ahora, prosiguió Jesús, el que tiene bolsillo
llévelo, y también alforja. De ahí podría
deducir alguno que anulaba totalmente los
preceptos dados anteriormente. Pero esta
anulación debe entenderse con respecto a las
personas de los Apóstoles, sólo para el tiempo
de inminente persecución. Así lo explica San
Beda: "No les da a sus discípulos la misma norma
de vida para tiempos de persecución que para
tiempos de paz. Cuando envió a sus discípulos a
predicar, les prohibió llevar provisiones para
el viaje, queriendo con ello que quienes
predican el Evangelio vivan del Evangelio. Pero
cuando amenazaba peligro de muerte, cuando toda
una nación se conjuraba contra el Pastor y su
rebaño, les prescribe una norma de vida
acomodada a los tiempos, permitiéndoles llevar
lo necesario para la vida hasta que, aplacado el
furor de los perseguidores, se vuelva a predicar
en paz el Evangelio. Esto nos da ejemplo de que
cuando urge una causa justa, podemos sin pecado
de nuestra parte, templar un poco el rigor de
nuestras resoluciones". De ahí que para cumplir
a perfección la doctrina del Evangelio, es
necesario privarse de toda propiedad terrena.
También consta claramente qué conducta
observaron y enseñaron a observar los Apóstoles
después de la Pasión, en aquel pasaje de los
Hechos (4, 32): Toda la multitud de los fieles
tenía un mismo corazón y una misma alma; ni
había entre ellos quien considerase como suyo lo
que poseía, sino que tenían las cosas en común.
Alguno pensará por ello que tenían propiedades:
viñedos, campos, por ejemplo. El texto siguiente
(vers. 34) excluye esta suposición: Los que
tenían posesiones o casas, las vendían, traían
el precio de ellas y las ponían a los pies de
los Apóstoles.
Como se ve, la observancia de la vida evangélica
consiste en poseer en común lo necesario para la
vida, renunciando los propietarios completamente
a sus posesiones. Que sea esto necesario para
una mayor perfección, se prueba por aquello que
dice San Agustín en su libro De la Doctrina
Cristiana: "Aquellos judíos que creyeron y
constituyeron la primera Iglesia de Jerusalén,
nos muestran a las claras cuán útil es estar
sometidos a un pedagogo, esto es, a la ley. Tan
dóciles fueron al Espíritu Santo, que vendían
todos sus bienes y ponían su producto a los pies
de los Apóstoles para que los distribuyeran
entre los pobres. Nunca -añade poco después- se
ha escrito de ninguna religión pagana que
hiciera lo mismo, pues no se encontró gente tan
bien dispuesta entre aquellos que adoraban como
dioses a estatuas hecha por ellos mismos".
d) La primitiva observancia y las posteriores
necesidades de la Iglesia.
Aquí sale al paso una nueva objeción: el Papa
Melquíades propone, al parecer, una razón muy
diversa para explicar este hecho (12, q. 1).
Dice en efecto: "Los Apóstoles habían previsto
que la Iglesia se establecería en países
paganos. Por eso en Judea no aceptaron
propiedades, sino tan sólo dinero para socorrer
a los necesitados. Pero habiendo crecido la
Iglesia a pesar de las tempestades y
adversidades del mundo, llegó al punto de que no
sólo los gentiles, sino también los príncipes
romanos que dominaban el mundo entero se
acercaban a la fe de Cristo y pedían el
bautismo. El primero de ellos fue Constantino,
varón religiosísimo; quien permitió no sólo
hacerse cristiano, sino también construir
Iglesias, y ordenó que se le concediesen
posesiones". Y el Papa Urbano (en el capítulo
siguiente): "Los sumos pontífices, los levitas y
demás fieles, vieron que resultaba mayor
utilidad de confiar a los obispos que presidían
las Iglesias aquellas heredades y campos que se
vendían. En efecto, con las rentas producidas se
podrían atender a obras más numerosas e
importantes en favor de los fieles, que las que
permitieran atender el precio de la venta. Y
esto tanto para los tiempos presentes como para
los venideros. A raíz de esto comenzaron a poner
en manos de las Iglesias aquellos campos y
bienes que antes solían vender, y a vivir de sus
rentas".
De estas dos citas parece desprenderse que mejor
que tener bienes muebles para atender a la
subsistencia, es tener posesiones en común; y
además, que en la primitiva Iglesia se vendían
las propiedades, no precisamente porque esto
fuera mejor, sino porque los Apóstoles veían que
la Iglesia no había de durar mucho en Judea,
parte por la infidelidad de los judíos, parte
por la ruina que los amenazaba.
Quien considere rectamente estas citas verá que
no contrarían en nada a lo que venimos diciendo.
En efecto, la Iglesia en sus primeros tiempos
tuvo en todos sus miembros aquella perfección
que más tarde sólo se hallaría en unos pocos,
porque la gracia, lo mismo que la naturaleza,
debió comenzar por los perfectos. Por eso los
Apóstoles, teniendo en cuenta este estado de los
fieles, establecieron un estado de vida
favorable a la perfección. A este hecho se
refiere San Jerónimo en su libro sobre los
Hombres ilustres: "Nos consta que la primitiva
Iglesia de los cristianos era tal cual se
proponen y quieren ser los monjes de nuestro
tiempo: nadie tiene nada como propio; no hay
ricos ni pobres: reparten su patrimonio entre
los pobres y ellos se dan a la oración, al rezo
de los salmos, al estudio y a la continencia".
Semejante género de vida tan apto para la
perfección era el que practicaban aquellos
primeros creyentes, no sólo en Judea en tiempo
de los Apóstoles, sino también en Egipto en
tiempo del Evangelista San Marcos, según consta
por San Jerónimo en la citada obra y por el
libro segundo de la Historia Eclesiástica. Con
el correr de los tiempos habían de entrar en la
Iglesia muchos que se apartarían de esa
perfección, lo cual no sucedería antes de la
ruina de los judíos, sino cuando la Iglesia se
multiplicara entre los paganos. Una vez
acontecido esto, los prelados de las Iglesias
juzgaron conveniente conferir a las mismas
campos y propiedades, no a causa de los más
perfectos, sino a causa de los más débiles que
no llegarían a la perfección de los primeros
cristianos. Sin embargo, hubo más tarde algunos
imitadores de esa primitiva perfección que,
viviendo en comunidad, carecían de esa clase de
propiedades, como lo hicieron muchas comunidades
de monjes en Egipto.
San Gregorio narra en el libro tercero de sus
Diálogos el caso de un monje llamado Isaac que
llegó a Italia proveniente de Siria, donde
practicó aquella forma de perfección que había
aprendido en Oriente. Con frecuencia sus
discípulos le insinuaban humildemente que
aceptara para el uso del monasterio las
posesiones que le ofrecían; pero él, solícito
guardián de su pobreza, permanecía firme en su
propósito, contestándoles: "El monje que busca
dominios en la tierra no es monje". Con estas
palabras no se refería a la adquisición de
propiedades particulares; no le ofrecían
posesiones para él, sino para las necesidades
del monasterio. Tampoco quería decir con ello
que los monjes que tienen propiedades en común
están completamente alejados de la perfección.
Solamente advertía el peligro de quebrantar la
pobreza, peligro que amenazaba a muchos monjes
que tienen propiedades en común.
Por eso dice San Jerónimo (en el epitafio de
Nepociano al obispo Eliodoro): "Sean más ricos
siendo monjes que siendo seglares; posean bajo
Cristo pobre aquellas riquezas que no tuvieron
bajo el diablo rico; y lamente la Iglesia a
aquellos ricos a quienes antes el mundo tenía
por mendigos". San Gregorio decía expresivamente
del monje Isaac: "Temía perder la seguridad de
su pobreza con tanto el miedo como los ricos
avaros suelen custodiar sus riquezas". Y Nuestro
Señor lo glorificó para manifestar su santidad,
según añade San Gregorio: "Y así se hizo célebre
por el espíritu de profecía y los grandes
milagros que obró en aquella vasta región". Es
evidente pues que la máxima perfección consiste
en renunciar a todos los bienes, ya propios, ya
comunes.
e) El por qué de la pobreza evangélica.
Se puede aún demostrar con toda evidencia esta
verdad si se examina la razón de ser de los
consejos que se relacionan con la perfección
evangélica. En efecto, el fin para que fueron
instituidos es hacer que los hombres,
desembarazados de toda preocupación mundana, se
consagren a Dios con más libertad. A esto se
refiere el Apóstol cuando al aconsejar la guarda
de la virginidad dice: Quien no tiene mujer,
anda solícito de las cosas del Señor, en lo que
ha de hacer para agradar a Dios. Al contrario,
el que tiene mujer anda afanado en las cosas del
mundo, en cómo ha de agradar a su mujer, y se
halla dividido (1 Co 7, 32). De ahí que una cosa
tanto más ayuda a la perfección de los consejos
cuanto más capaz es de apartar al hombre de las
preocupaciones mundanas. Ahora bien, es evidente
que el cuidado de las riquezas y posesiones
impide al alma ocuparse en las cosas de Dios,
según aquello de San Mateo: El sembrado entre
espinas es el que oye la palabra de Dios: mas
los cuidados y el embeleso de las riquezas la
sofocan y queda infructuosa (13, 22). Comenta
San Jerónimo: "Engañadoras son las riquezas:
realizan una cosa y prometen otra. Incierta es
su posesión: después de llevarlos de un lado a
otro y con paso inseguro, abandonan a los que
las poseen y halagan a los que no las poseen".
Lo mismo se deduce claramente del pasaje de San
Lucas (14, 18) en que uno de los invitados a la
cena se excusa diciendo: He comprado una granja
y necesito salir a verla. San Gregorio se
pregunta: "¿Qué se entiende por esa granja sino
los bienes terrenos? Por eso aquel que salió a
ver la granja es el que tiene su pensamiento
fijo sólo en las cosas exteriores". Sobre
aquellas últimas palabras de la parábola: Tráeme
acá a los pobres y lisiados, dice San Ambrosio:
"Muy pocas veces peca el que no tiene ningún
atractivo de pecado, y con más rapidez se
convierte a Dios quien no tiene en el mundo
motivo alguno de deleite".
El estar privado de posesiones y de cualquier
clase de riqueza, por consiguiente, es
evidentemente una nota necesaria de la
perfección evangélica. Dice San Agustín en su
Tratado de Las Palabras del Señor: "Se llama
pequeños de Cristo a aquellos que abandonando
todas sus cosas le siguieron y repartieron entre
los pobres todos sus bienes, para que así
pudieran servir a Dios libres de los vínculos
del mundo, y levantar en alto sus hombros como
si tuvieran alas, descargados del peso de las
ocupaciones mundanas. Estos son los pequeños,
porque son humildes. Tómales el peso a estos
pequeños y verás cuán grande es". Ningún hombre
sensato dirá que el cuidado de las posesiones en
común no entra en el género de las ocupaciones
mundanas. Por consiguiente, es necesario, para
aumentar el peso de la perfección, el que los
hombres sirvan a Dios libres de vínculos de esta
clase.
Conclusión evidente: es una doctrina huera, o
mejor perjudicial, y opuesta a la doctrina
cristiana, decir que el estar privado de
posesiones comunes por amor de Cristo no conduce
a la perfección.
Sobre ellos dice la glosa a propósito del
versículo del Salmo 6: Retírenese al momento
cubiertos de ignominia: "No se trata del caso
presente, sino de aquellos perversos que se
mofan de los que se apartaron de su compañía, y
con sus burlas hacen que los débiles se
avergüencen del nombre de Cristo". A ellos
también se aplican aquellas palabras del Salmo
(13, 6): Vosotros ridiculizáis la determinación
del desvalido que pone en el Señor su esperanza.
"Es decir -comenta la glosa- de un pobre
cualquiera, que es miembro de Cristo. Y lo
hicisteis porque pone en el Señor su esperanza.
Así, donde había mayor motivo de respeto, más se
burlaban".
¿Qué otra cosa hacen todos estos adversarios
nuestros, sino burlarse de aquellos que cumplen
perfectamente con el consejo de pobreza, y
burlarse porque ponen en el Señor su esperanza,
y no en los bienes terrenos?.
CAPÍTULO XVI: RESPUESTA A LAS OBJECIONES DEL
CAPÍTULO XIV
Con las precedentes consideraciones podemos
refutar fácilmente las objeciones.
1) Que sea necesario tener propiedades en común
es evidente en el caso de aquellos que no son
capaces de alcanzar la alta perfección de los
primeros cristianos, porque naturalmente no se
puede dejar de lado a los menos perfectos. Pero
aquellos que practicaban tan elevada perfección
no poseían bien alguno a ejemplo del Señor, a
quien servían los ángeles, y que si tenía
dineros era para las necesidades ajenas; y la
razón era que la Iglesia las poseería también
con el mismo fin, como advierte San Agustín
comentando a San Juan. Por eso si existe una
comunidad en la que todos tienden a la mayor
perfección, les es necesario renunciar a las
propiedades en común.
2) El que San Benito haya recibido en su vida
vastas posesiones, a lo sumo puede demostrar que
no se excluye totalmente de la perfección
monástica poseer bienes en común. Pero no se
puede deducir de allí que no sea más perfecto
carecer de esos bienes.
Más aún, el mismo San Benito dice en su regla
que había templado un poco el rigor de la vida
monástica tal cual la practicaban otros
anteriores, condescendiendo con la flaqueza de
los monjes de su tiempo. Lo mismo dígase de San
Gregorio y de los monasterios por él erigidos
según la regla de San Benito.
3) Esta objeción de que el Señor permitió a los
Apóstoles llevar en tiempo de persecución
alforja y bolsillo, en realidad arguye contra
ellos mismos. Si templaba el rigor de la
primitiva disciplina por causa de la
persecución, quiere decir que este rigor exigía
precisamente no tener alforja ni bolsillo.
Además, no se lee que en esos tiempos de
persecución adquiriesen posesiones comunes.
Luego es evidente que la objeción no viene al
caso.
4) Afirmar que el Señor no instituyó una orden
desprovista de bienes, sino el orden de los
prelados que tienen propiedades, es, por una
parte, una mentira manifiesta. En efecto, si
amonestó a sus discípulos que no posean oro ni
plata, que sus corazones no se abrumen con las
preocupaciones de este mundo; si prometió
premios no solamente en el siglo futuro, sino
también en el presente a los que dejaran campos
y casas en su nombre, de modo que al ejemplo de
los Apóstoles no tengan nada en este mundo y lo
posean todo, es evidente que aquellos que siguen
estas normas, siguen lo que Cristo ha
establecido. Y aquellos que siguen a los Santos
fundadores de órdenes, no es a ellos
precisamente a quienes siguen, sino a Cristo,
cuyas enseñanzas proponen; puesto que los
Santos, al ejemplo del Apóstol, no se predican a
sí mismos, sino a Jesucristo, cuyas enseñanzas
dan a conocer.
Por otra parte se engañan, o quieren engañar,
por un sofisma de accidente. Realmente Cristo
instituyó el orden de los Obispos y Clérigos que
tienen propiedades en comunidad o en particular.
Pero no es esto último lo que instituyó Cristo,
sino que estableció su orden en una perfecta
pobreza; y el que la Iglesia aceptara por
dispensa posesiones en común, sucedió más tarde
y por las razones predichas.
5) Es cierto que la perfección cristiana no
permaneció dormida desde el tiempo de los
Apóstoles hasta nuestros días. No durmió, sino
que fue practicada por muchos en Egipto y en
otras partes del mundo.
¿Se le puede por ventura fijar a Dios una medida
para que atraiga a todos los hombres de todos
los tiempos y lugares de idéntica manera? Al
contrario, todo lo dispone suavemente conforme
al orden de su sabiduría, de modo que provee a
la salvación de los hombres con recursos de
acuerdo a cada tiempo. ¿A qué viene, entonces,
preguntar si estuvo dormida la doctrina
cristiana desde la época de los maestros y
doctores como San Atanasio, San Basilio, San
Ambrosio, San Agustín y otros contemporáneos
hasta nuestro tiempo, en que los hombres
practican más la doctrina cristiana?. Entonces,
según su estupendo argumento, ¿tendremos que
rechazar como ilegítimo todo lo bueno que se
haya descuidado durante cierto tiempo: sufrir el
martirio, hacer milagros serían actividades
ilícitas, porque desde tiempos atrás no se hace
todo eso?
6) Argumentar con el hecho de que quienes
carecían de propiedades en común vivían del
trabajo de sus manos, es una tremenda calumnia
no sólo para los religiosos, sino también para
muchos otros. Y esto aunque citen el caso de San
Pablo, que predicaba el Evangelio y vivía de su
trabajo manual. ¿Pecan entonces los Obispos, los
arcedianos y tantos otros que por obligación
predican el Evangelio, porque no viven de su
trabajo?. Y si no les convence el hecho de que
San Pablo no lo hacía por obligación, sino por
supererogación ¿por qué quieren imponer a los
religiosos lo que los Santos Padres hicieron sin
obligación ninguna? Nadie hay que pueda cumplir
todas las cosas supererogatorias, siendo así que
uno descuella en una, otro en otra.
Si a pesar de esto insisten en que quienes nada
poseen en común deben vivir del trabajo manual,
no por devoción, sino obligatoriamente, pienso
que esto debe ser por otra obligación: la de
evitar el ocio. Ahora bien, no sólo se evita el
ocio con trabajos manuales, sino también y mucho
mejor, por el estudio de la Sagrada Escritura,
trabajo que, como dice San Agustín, ocupa
completamente el ocio. A este propósito dice la
glosa comentando aquello del Salmo (68, 4):
Desfallecieron mis ojos: "No está ocioso el que
se dedica sólo a la palabra de Dios; ni vale más
el que se ocupa en obras exteriores que quien se
dedica al estudio de la Divinidad; la Sabiduría
es ya por sí misma una obra muy grande".
Se evita también el ocio por el trabajo de la
predicación, con que se combate a los enemigos
de la fe, según aquello del Apóstol (2 Tm 2, 3):
Trabaja como buen soldado de Jesucristo
"predicando el Evangelio -dice la glosa- contra
los enemigos de la fe". Y yo pienso también que
este trabajo es necesario a aquellos que no
tienen otra cosa con qué vivir lícitamente. En
efecto, es lícito a los que predican el
Evangelio, aunque sean monjes, vivir del
Evangelio y del ministerio del altar, como dice
San Agustín en su libro Del Trabajo de los
Monjes. Si otra cosa se dijera ¿podrían
lícitamente los monjes tener en común otras
posesiones que no fueran las ganadas por su
trabajo manual? ¿No es ridículo entonces decir
por un lado que pueden los monjes recibir como
limosna vastas propiedades, y por otro que no
pueden aceptar la limosna de los fieles en lo
que respecta al frugal sustento de cada día?.
Por consiguiente, ninguna obligación tienen de
emplearse en trabajos manuales aquellos que no
tienen posesiones en común. De esto hemos
tratado ya largamente en otro lugar.
7) Esta objeción es más digna de risa que de
respuesta. ¿Quién no ve que ocasiona muchísimo
más preocupaciones el ir buscando posesiones lo
que la gente apenas logra que recibir de la
piedad de los fieles y provisto por la clemencia
divina, el necesario sustento?
8) Los religiosos tienen necesidad, sí, de
ocuparse en los asuntos de aquellos que les
proporcionan el sustento: en la salvación de sus
almas o en consolarlos en sus tribulaciones;
ocupación de caridad, y por lo tanto, muy de
acuerdo con el estado religioso, pues, como dice
Santiago (1, 27): La religión pura y sin mancha
delante de Dios Padre es ésta; visitar a los
huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones.
9) Esta objeción es completamente frívola, pues
las cosas que usa el religioso para su sustento,
no le pertenecen con propiedad de dominio, sino
que le son concedidas para sus necesidades por
aquellos que tienen dominio sobre ellas, sean
quienes fueren.
Esto es lo que por el momento nos pareció
oportuno escribir contra la errónea y
perjudicial doctrina de aquellos que apartan a
los hombres del ingreso a la religión. Y si
alguno quiere contradecirlo, no vaya con
charlatanerías delante de chicos: escriba y
publique, para que quienes tengan inteligencia
puedan discernir lo que haya de cierto, y salir
con la verdad al encuentro del error.
*Gracias al sitio
Corazones.org por contribuir con este documento. |