|
Te
adoro, Santísima Trinidad, Padre, Hijo y
Espíritu Santo, tres personas y un sólo Dios. Me
postro en el abismo de mi nada ante Tu divina
majestad.
Creo firmemente y estoy dispuesto a dar la vida
en testimonio de todo lo que nos ha revelado en
la Sagrada Escritura y de los misterios que por
medio de tu Iglesia nos has manifestado.
En Ti deposito mi confianza; y de tu mano, Dios
mío, vida única, esperanza mía, deseo, espero y
quiero recibir todos los bienes, espirituales o
corporales, que pueda alcanzar en esta vida o en
la otra. Desde hoy y para siempre te consagro mi
cuerpo y mi alma, todas mis potencias, la
memoria, el entendimiento, la voluntad y todos
mis sentidos.
Te prometo no consentir jamás, en cuanto esté de
mi parte, en que se infiera la más mínima ofensa
a tu divina majestad.
Propongo firmemente dedicar toda mi existencia,
mis facultades y energías, a tu servicio y
gloria.
Estoy dispuesto a sobrellevar ludas las
adversidades que tu mano paternal quiera
imponerme para dar gusto a tu corazón.
Quisiera esforzarme con todo mi ser, para que
todos sirvan, glorifiquen y amen a Dios su
Creador.
Me gozo intensamente de tu eterna felicidad, y
me siento jubiloso por tu gran gloria en el
cielo y en la tierra.
Te doy infinitas gracias por los innumerables
beneficios concedidos, a mi y al mundo entero, y
por los que continuamente, día tras día, concede
tu benigna providencia.
Amo tu infinita bondad por sí misma con todo el
afecto de mi corazón y de mi alma: y desearía,
si me fuera posible, amarte como te aman los
ángeles y los justos, con cuyo amor uno el mío.
A Tu divina majestad, en unión de los méritos
de la pasión, vida y muerte de Cristo, de la
bienaventurada siempre Virgen y de todos los
santos, ofrezco desde ahora para siempre todas
mis obras, purificadas por la preciosísima
sangre de nuestro Redentor Jesús.
Quiero participar, en lo posible, de las
indulgencias obtenidas por medio de las
oraciones y obras, y deseo aplicarlas como
sufragio por las almas del purgatorio.
Quiero también ofrecer, en la medida de mis
fuerzas satisfacción y penitencia por todos mis
pecados.
Dios mío, siendo tú infinitamente digno de todo
amor y servicio, por ser quien eres: me
arrepiento de todo corazón de mis pecados, y los
detesto más que todos los males, puesto que
tanto te desagradan a ti. Dios mío, a quien amo
sobre todas las cosas: te pido humildemente
perdón, y hago firme propósito de nunca ofender
a tu divina bondad.
|