San Ignacio de Loyola (1491 - 1556)
SAN IGNACIO
nació probablemente, en 1491, en el
castillo de Loyola en Azpeitia, población de
Guipúzcoa, cerca de los Pirineos. Su padre,
don Bertrán, era señor de Ofiaz y de Loyola,
jefe de una de las familias más antiguas y
nobles de la región. Y no era menos ilustre
el linaje de su madre, Marina Sáenz de
Licona y Balda. Iñigo (pues ése fue el
nombre que recibió el santo en el bautismo)
era el más joven de los ocho hijos y tres
hijas de la noble pareja. Iñigo luchó contra
los franceses en el norte de Castilla. Pero
su breve carrera militar terminó
abruptamente el 20 de mayo de 1521, cuando
una bala de cañón le rompió la pierna
durante la lucha en defensa del castillo de
Pamplona. Después de que Iñigo fue herido,
la guarnición española capituló.
Los franceses no
abusaron de la victoria y enviaron al herido
en una litera al castillo de Loyola (su
hogar). Como los huesos de la pierna
soldaron mal, los médicos consideraron
necesario quebrarlos nuevamente. Iñigo se
decidió a favor de la operación y la soportó
estoicamente ya que anhelaba regresar a sus
anteriores andanzas a todo costo. Pero,
como consecuencia, tuvo un fuerte ataque de
fiebre con tales complicaciones que los
médicos pensaron que el enfermo moriría
antes del amanecer de la fiesta de San Pedro
y San Pablo. Sin embargo empezó a mejorar,
aunque la convalecencia duró varios meses.
No obstante la operación de la rodilla rota
presentaba todavía una deformidad. Iñigo
insistió en que los cirujanos cortasen la
protuberancia y, pese a éstos le advirtieron
que la operación sería muy dolorosa, no
quiso que le atasen ni le sostuviesen y
soportó la despiadada carnicería sin una
queja. Para evitar que la pierna derecha se
acortase demasiado, Iñigo permaneció varios
días con ella estirada mediante unas pesas.
Con tales métodos, nada tiene de extraño que
haya quedado cojo para el resto de su vida.
Con el objeto de
distraerse durante la convalecencia, Iñigo
pidió algunos libros de caballería
(aventuras de caballeros en la guerra), a
los que siempre había sido muy afecto. Pero
lo único que se encontró en el castillo de
Loyola fue una historia de Cristo y un
volumen de vidas de santos. Iñigo los
comenzó a leer para pasar el tiempo, pero
poco a poco empezó a interesarse tanto que
pasaba días enteros dedicado a la lectura. Y
se decía: "Si esos hombres estaban hechos
del mismo barro que yo, bien yo puedo hacer
lo que ellos hicieron". Inflamado por el
fervor, se proponía ir en peregrinación a un
santuario de Nuestra Señora y entrar como
hermano lego a un convento de cartujos. Pero
tales ideas eran intermitentes, pues su
ansiedad de gloria y su amor por una dama,
ocupaban todavía sus pensamientos. Sin
embargo, cuando volvía a abrir el libro de
la vida de los santos, comprendía la
futilidad de la gloria mundana y presentía
que sólo Dios podía satisfacer su corazón.
Las fluctuaciones duraron algún tiempo. Ello
permitió a Iñigo observar una diferencia: en
tanto que los pensamientos que procedían de
Dios le dejaban lleno de consuelo, paz y
tranquilidad, los pensamientos vanos le
procuraban cierto deleite, pero no le
dejaban sino amargura y vacío. Finalmente,
Iñigo resolvió imitar a los santos y empezó
por hacer toda penitencia corporal posible y
llorar sus pecados.
Le visita la
Virgen; purificación en Manresa
Una noche, se le
apareció la Madre de Dios, rodeada de luz y
llevando en los brazos a Su Hijo. La visión
consoló profundamente a Ignacio. Al terminar
la convalecencia, hizo una peregrinación al
santuario de Nuestra Señora de Montserrat,
donde determinó llevar vida de penitente. Su
propósito era llegar a Tierra Santa y para
ello debía embarcarse en Barcelona que está
muy cerca de Montserrat. La ciudad se
encontraba cerrada por miedo a la peste que
azotaba la región. Así tuvo que esperar en
el pueblecito de Manresa, no lejos de
Barcelona y a tres leguas de Montserrat. El
Señor tenía otros designios más urgentes
para Ignacio en ese momento de su vida. Lo
quería llevar a la profundidad de la entrega
en oración y total pobreza. Se hospedó ahí,
unas veces en el convento de los dominicos y
otras en un hospicio de pobres. Para orar y
hacer penitencia, se retiraba a una cueva de
los alrededores. Así vivió durante casi un
año.
"A fin de
imitar a Cristo nuestro Señor y asemejarme a
El, de verdad, cada vez más; quiero y escojo
la pobreza con Cristo, pobre más que la
riqueza; las humillaciones con Cristo
humillado, más que los honores, y prefiero
ser tenido por idiota y loco por Cristo, el
primero que ha pasado por tal, antes que
como sabio y prudente en este mundo". Se
decidió a "escoger el Camino de Dios, en
vez del camino del mundo"...hasta lograr
alcanzar su santidad.
A las
consolaciones de los primeros tiempos
sucedió un período de aridez espiritual; ni
la oración, ni la penitencia conseguían
ahuyentar la sensación de vacío que
encontraba en los sacramentos y la tristeza
que le abrumaba. A ello se añadía una
violenta tempestad de escrúpulos que le
hacían creer que todo era pecado y le
llevaron al borde de la desesperación. En
esa época, Ignacio empezó a anotar algunas
experiencias que iban a servirle para el
libro de los "Ejercicios Espirituales".
Finalmente, el santo salió de aquella noche
oscura y el más profundo gozo espiritual
sucedió a la tristeza. Aquella experiencia
dio a Ignacio una habilidad singular para
ayudar a los escrupulosos y un gran
discernimiento en materia de dirección
espiritual. Más tarde, confesó al P. Laínez
que, en una hora de oración en Manresa,
había aprendido más de lo que pudiesen
haberle enseñado todos los maestros en las
universidades. Sin embargo, al principio de
su conversión, Ignacio estaba tan
sugestionado por la mentalidad del mundo
que, al oír a un moro blasfemar de la
Santísima Virgen, se preguntó si su deber de
caballero cristiano no consistía en dar
muerte al blasfemo, y sólo la intervención
de la Providencia le libró de cometer ese
crimen.
Tierra Santa
En febrero de
1523, Ignacio por fin partió en
peregrinación a Tierra Santa. Pidió limosna
en el camino, se embarcó en Barcelona, pasó
la Pascua en Roma, tomó otra nave en Venecia
con rumbo a Chipre y de ahí se trasladó a
Jaffa. Del puerto, a lomo de mula, se
dirigió a Jerusalén, donde tenía el firme
propósito de establecerse. Pero, al fin de
su peregrinación por los Santos Lugares, el
franciscano encargado de guardarlos le
ordenó que abandonase Palestina, temeroso de
que los mahometanos, enfurecidos por el
proselitismo de Ignacio, le raptasen y
pidiesen rescate por él. Por lo tanto, el
joven renunció a su proyecto y obedeció,
aunque no tenía la menor idea de lo que iba
a hacer al regresar a Europa. Otra vez, la
Divina Providencia tenía designios para esta
alma tan generosa.
De nuevo en
España donde es encarcelado por la
inquisición.
En 1524, llegó
de nuevo a España, donde se dedicó a
estudiar, pues "pensaba que eso le serviría
para ayudar a las almas". Una piadosa dama
de Barcelona, llamada Isabel Roser, le
asistió mientras estudiaba la gramática
latina en la escuela. Ignacio tenía entonces
treinta y tres años, y no es difícil
imaginar lo penoso que debe ser estudiar la
gramática a esa edad. Al principio, Ignacio
estaba tan absorto en Dios, que olvidaba
todo lo demás; así, la conjugación del verbo
latino "amare" se convertía en un simple
pretexto para pensar: "Amo a Dios. Dios me
ama". Sin embargo, el santo hizo ciertos
progresos en el estudio, aunque seguía
practicando las austeridades y dedicándose a
la contemplación y soportaba con paciencia y
buen humor las burlas de sus compañeros de
escuela, que eran mucho más jóvenes que él.
Al cabo de dos
años de estudios en Barcelona, pasó a la
Universidad de Alcalá a estudiar lógica,
física y teología; pero la multiplicidad de
materias no hizo más que confundirle, a
pesar de que estudiaba noche y día. Se
alojaba en un hospicio, vivía de limosna y
vestía un áspero hábito gris. Además de
estudiar, instruía a los niños, organizaba
reuniones de personas espirituales en el
hospicio y convertía a numerosos pecadores
con sus reprensiones llenas de mansedumbre.
Había en España
muchas desviaciones de la devoción. Como
Ignacio carecía de los estudios y la
autoridad para enseñar, fue acusado ante el
vicario general del obispo, quien le tuvo
prisionero durante cuarenta y dos días,
hasta que, finalmente, absolvió de toda
culpa a Ignacio y sus compañeros, pero les
prohibió llevar un hábito particular y
enseñar durante los tres años siguientes.
Ignacio se trasladó entonces con sus
compañeros a Salamanca. Pero pronto fue
nuevamente acusado de introducir doctrinas
peligrosas. Después de tres semanas de
prisión, los inquisidores le declararon
inocente. Ignacio consideraba la prisión,
los sufrimientos y la ignominia como pruebas
que Dios le mandaba para purificarle y
santificarle. Cuando recuperó la libertad,
resolvió abandonar España. En pleno
invierno, hizo el viaje a París, a donde
llegó en febrero de 1528.
Estudios en
París
Los dos primeros
años los dedicó a perfeccionarse en el
latín, por su cuenta. Durante el verano iba
a Flandes y aun a Inglaterra a pedir limosna
a los comerciantes españoles establecidos en
esas regiones. Con esa ayuda y la de sus
amigos de Barcelona, podía estudiar durante
el año. Pasó tres años y medio en el Colegio
de Santa Bárbara, dedicado a la filosofía.
Ahí indujo a muchos de sus compañeros a
consagrar los domingos y días de fiesta a la
oración y a practicar con mayor fervor la
vida cristiana. Pero el maestro Peña juzgó
que con aquellas prédicas impedía a sus
compañeros estudiar y predispuso contra
Ignacio al doctor Guvea, rector del colegio,
quien condenó a Ignacio a ser azotado para
desprestigiarle entre sus compañeros.
Ignacio no temía al sufrimiento ni a la
humillación, pero, con la idea de que el
ignominioso castigo podía apartar del camino
del bien a aquéllos a quienes había ganado,
fue a ver al rector y le expuso modestamente
las razones de su conducta. Guvea no
respondió, pero tomó a Ignacio por la mano,
le condujo al salón en que se hallaban
reunidos todos los alumnos y le pidió
públicamente perdón por haber prestado
oídos, con ligereza, a los falsos rumores.
En 1534, a los cuarenta y tres años de edad,
Ignacio obtuvo el título de maestro en artes
de la Universidad de París.
El Señor le da
compañeros
Las palabras
fervorosas de Ignacio, llenas del Espíritu
Santo, abrió los corazones de algunos
compañeros. Por aquella época, se unieron a
Ignacio otros seis estudiantes de teología:
Pedro Fabro, que era sacerdote de Saboya;
Francisco Javier, un navarro; Laínez y
Salmerón, que brillaban mucho en los
estudios; Simón Rodríguez, originario de
Portugal y Nicolás Bobadilla. Movidos por
las exhortaciones de Ignacio, aquellos
fervorosos estudiantes hicieron voto de
pobreza, de castidad y de ir a predicar el
Evangelio en Palestina, o, si esto último
resultaba imposible, de ofrecerse al Papa
para que los emplease en el servicio de Dios
como mejor lo juzgase. La ceremonia tuvo
lugar en una capilla de Montmartre, donde
todos recibieron la comunión de manos de
Pedro Fabro, quien acababa de ordenarse
sacerdote. Era el día de la Asunción de la
Virgen de 1534. Ignacio mantuvo entre sus
compañeros el fervor, mediante frecuentes
conversaciones espirituales y la adopción de
una sencilla regla de vida. Poco después,
hubo de interrumpir sus estudios de
teología, pues el médico le ordenó que fuese
a tomar un poco los aires natales, ya que su
salud dejaba mucho que desear. Ignacio
partió de París, en la primavera de 1535. Su
familia le recibió con gran gozo, pero el
santo se negó a habitar en el castillo de
Loyola y se hospedó en una pobre casa de
Azpeitia.
Bendición del
Papa; aparición del Señor
Dos años más
tarde, se reunió con sus compañeros en
Venecia. Pero la guerra entre venecianos y
turcos les impidió embarcarse hacia
Palestina. Los compañeros de Ignacio, que
eran ya diez, se trasladaron a Roma; Paulo
III los recibió muy bien y concedió a los
que todavía no eran sacerdotes el privilegio
de recibir las órdenes sagradas de manos de
cualquier obispo. Después de la ordenación,
se retiraron a una casa de las cercanías de
Venecia a fin de prepararse para los
ministerios apostólicos. Los nuevos
sacerdotes celebraron la primera misa entre
septiembre y octubre, excepto Ignacio, quien
la difirió más de un año con el objeto de
prepararse mejor para ella. Como no había
ninguna probabilidad de que pudiesen
trasladarse a Tierra Santa, quedó decidido
finalmente que Ignacio, Fabro y Laínez irían
a Roma a ofrecer sus servicios al Papa.
También resolvieron que, si alguien les
preguntaba el nombre de su asociación,
responderían que pertenecían a la Compañía
de Jesús (San Ignacio no empleó nunca el
nombre de "jesuita". Este nombre comenzó
como un apodo), porque estaban decididos a
luchar contra el vicio y el error bajo el
estandarte de Cristo. Durante el viaje a
Roma, mientras oraba en la capilla de "La
Storta", el Señor se apareció a Ignacio,
rodeado por un halo de luz inefable, pero
cargado con una pesada cruz. Cristo le dijo:
"Ego vobis Romae propitius ero" (Os seré
propicio en Roma). Paulo III nombró al padre
Fabro profesor en la Universidad de la
Sapienza y confió a Laínez el cargo de
explicar la Sagrada Escritura. Por su parte,
Ignacio se dedicó a predicar los Ejercicios
y a catequizar al pueblo. El resto de sus
compañeros trabajaba en forma semejante, a
pesar de que ninguno de ellos dominaba
todavía el italiano.
La Compañía de
Jesús
Ignacio y sus
compañeros decidieron formar una
congregación religiosa para perpetuar su
obra. A los votos de pobreza y castidad
debía añadirse el de obediencia para imitar
más de cerca al Hijo de Dios, que se hizo
obediente hasta la muerte. Además, había que
nombrar a un superior general a quien todos
obedecerían, el cual ejercería el cargo de
por vida y con autoridad absoluta, sujeto en
todo a la Santa Sede. A los tres votos
arriba mencionados, se agregaría el de ir a
trabajar por el bien de las almas
adondequiera que el Papa lo ordenase. La
obligación de cantar en común el oficio
divino no existiría en la nueva orden, "para
que eso no distraiga de las obras de caridad
a las que nos hemos consagrado". No por eso
descuidaban la oración que debía tomar al
menos una hora diaria.
La primera de
las obras de caridad consistiría en "enseñar
a los niños y a todos los hombres los
mandamientos de Dios". La comisión de
cardenales que el Papa nombró para estudiar
el asunto se mostró adversa al principio,
con la idea de que ya había en la Iglesia
bastantes órdenes religiosas, pero un año
más tarde, cambió de opinión, y Paulo III
aprobó la Compañía de Jesús por una bula
emitida el 27 de septiembre de 1540. Ignacio
fue elegido primer general de la nueva orden
y su confesor le impuso, por obediencia, que
aceptase el cargo. Empezó a ejercerlo el día
de Pascua de 1541 y, algunos días más tarde,
todos los miembros hicieron los votos en la
basílica de San Pablo Extramuros.
Ignacio pasó el
resto de su vida en Roma, consagrado a la
colosal tarea de dirigir la orden que había
fundado. Entre otras cosas, fundó una casa
para alojar a los neófitos judíos durante el
período de la catequesis y otra casa para
mujeres arrepentidas. En cierta ocasión,
alguien le hizo notar que la conversión de
tales pecadoras rara vez es sincera, a lo
que Ignacio respondió: "Estaría yo
dispuesto a sufrir cualquier cosa por el
gozo de evitar un solo pecado".
Rodríguez y Francisco Javier habían partido
a Portugal en 1540. Con la ayuda del rey
Juan III, Javier se trasladó a la India,
donde empezó a ganar un nuevo mundo para
Cristo. Los padres Goncalves y Juan Nuñez
Barreto fueron enviados a Marruecos a
instruir y asistir a los esclavos
cristianos. Otros cuatro misioneros
partieron al Congo; algunos más fueron a
Etiopía y a las colonias portuguesas de
América del Sur.
Un baluarte de
verdad y orden ante el protestantismo
El Papa Paulo
III nombró como teólogos suyos, en el
Concilio de Trento, a los padres Laínez y
Salmerón. Antes de su partida, San Ignacio
les ordenó que visitasen a los enfermos y a
los pobres y que, en las disputas se
mostrasen modestos y humildes y se
abstuviesen de desplegar presuntuosa- mente
su ciencia y de discutir demasiado. Pero,
sin duda que entre los primeros discípulos
de Ignacio el que llegó a ser más famoso en
Europa, por su saber y virtud, fue San Pedro
Canisio, a quien la Iglesia venera
actualmente como Doctor. En 1550, San
Francisco de Borja regaló una suma
considerable para la construcción del
Colegio Romano. San Ignacio hizo de aquel
colegio el modelo de todos los otros de su
orden y se preocupó por darle los mejores
maestros y facilitar lo más posible el
progreso de la ciencia. El santo dirigió
también la fundación del Colegio Germánico
de Roma, en el que se preparaban los
sacerdotes que iban a trabajar en los países
invadidos por el protestantismo. En vida del
santo se fundaron universidades, seminarios
y colegios en diversas naciones. Puede
decirse que San Ignacio echó los fundamentos
de la obra educativa que había de distinguir
a la Compañía de Jesús y que tanto iba a
desarrollarse con el tiempo.
En 1542,
desembarcaron en Irlanda los dos primeros
misioneros jesuitas, pero el intento
fracasó. Ignacio ordenó que se hiciesen
oraciones por la conversión de Inglaterra, y
entre los mártires de Gran Bretaña se
cuentan veintinueve jesuitas. La actividad
de la Compañía de Jesús en Inglaterra es un
buen ejemplo del importantísimo papel que
desempeñó en la contrarreforma. Ese
movimiento tenía el doble fin de dar nuevo
vigor a la vida de la Iglesia y de oponerse
al protestantismo. "La Compañía de Jesús era
exactamente lo que se necesitaba en el siglo
XVI para contrarrestar la Reforma.
La revolución y el desorden eran las
características de la Reforma. La Compañía
de Jesús tenía por características la
obediencia y la más sólida cohesión.
Se puede afirmar, sin pecar contra la verdad
histórica, que los jesuitas atacaron,
rechazaron y derrotaron la revolución de
Lutero y, con su predicación y dirección
espiritual, reconquistaron a las almas,
porque predicaban sólo a Cristo y a Cristo
crucificado. Tal era el mensaje de la
Compañía de Jesús, y con él, mereció y
obtuvo la confianza y la obediencia de las
almas" (cardenal Manning). A este propósito
citaremos las, instrucciones que San Ignacio
dio a los padres que iban a fundar un
colegio en Ingolstadt, acerca de sus
relaciones con los protestantes:
"Tened gran cuidado en predicar la verdad de
tal modo que, si acaso hay entre los oyentes
un hereje, le sirva de ejemplo de caridad y
moderación cristianas. No uséis de palabras
duras ni mostréis desprecio por sus
errores". El santo escribió en el mismo tono
a los padres Broet y Salmerón cuando se
aprestaban a partir para Irlanda.
Una de las obras
más famosas y fecundas de Ignacio fue el
libro de los
Los Ejercicios
Espirituales.
Es la obra maestra de la ciencia del
discernimiento. Empezó a escribirlo en
Manresa y lo publicó por primera vez en
Roma, en 1548, con la aprobación del Papa.
Los Ejercicios cuadran perfectamente con la
tradición de santidad de la Iglesia. Desde
los primeros tiempos, hubo cristianos que se
retiraron del mundo para servir a Dios, y la
práctica de la meditación es tan antigua
como la Iglesia. Lo nuevo en el libro de San
Ignacio es el orden y el sistema de las
meditaciones. Si bien las principales reglas
y consejos que da el santo se hallan
diseminados en las obras de los Padres de la
Iglesia, San Ignacio tuvo el mérito de
ordenarlos metódicamente y de formularlos
con perfecta claridad.
La prudencia y
caridad del gobierno de San Ignacio le ganó
el corazón de sus súbditos. Era con ellos
afectuoso como un padre, especialmente con
los enfermos, a los que se encargaba de
asistir personalmente procurándoles el mayor
bienestar material y espiritual posible.
Aunque San Ignacio era superior, sabía
escuchar con mansedumbre a sus subordinados,
sin perder por ello nada de su autoridad. En
las cosas en que no veía claro se atenía
humildemente al juicio de otros. Era gran
enemigo del empleo de los superlativos y de
las afirmaciones demasiado categóricas en la
conversación. Sabía sobrellevar con alegría
las críticas, pero también sabía reprender a
sus súbditos cuando veía que lo necesitaban.
En particular, reprendía a aquéllos a
quienes el estudio volvía orgullosos o
tibios en el servicio de Dios, pero
fomentaba, por otra parte, el estudio y
deseaba que los profesores, predicadores y
misioneros, fuesen hombres de gran ciencia.
La corona de las virtudes de San Ignacio era
su gran amor a Dios. Con frecuencia repetía
estas palabras, que son el lema de su orden:
"A la mayor gloria de Dios". A ese
fin refería el santo todas sus acciones y
toda la actividad de la Compañía de Jesús.
También decía frecuentemente: "Señor, ¿qué
puedo desear fuera de Ti?" Quien ama
verdaderamente no está nunca ocioso. San
Ignacio ponía su felicidad en trabajar por
Dios y sufrir por su causa. Tal vez
se ha exagerado algunas veces el "espíritu
militar" de Ignacio y de la Compañía de
Jesús y se ha olvidado la simpatía y el don
de amistad del santo por admirar su energía
y espíritu de empresa.
Durante los
quince años que duró el gobierno de San
Ignacio, la orden aumentó de diez a mil
miembros y se extendió en nueve países
europeos, en la India y el Brasil. Como en
esos quince años el santo había estado
enfermo quince veces, nadie se alarmó cuando
enfermó una vez más. Murió súbitamente el 31
de julio de 1556, sin haber tenido siquiera
tiempo de recibir los últimos sacramentos.
Fue canonizado
en 1622, y Pío XI le proclamó patrono de los
ejercicios espirituales y retiros.