Padre Miguel A. Pro, Mártir
El Siervo de Dios, Sacerdote Jesuita, Mártir
mexicano
Fiesta: 31 de marzo
A partir del año
1825, el gobierno mexicano estuvo gobernado
por hombres anticatólicos que quisieron
exterminar la fe del país. Los buenos
sacerdotes, religiosas y laicos tuvieron
mucho que sufrir. Algunos murieron
mártires, entre ellos nuestro querido y
venerable Padre Pro.
Miguel Agustín
Pro nació el 13 de enero de 1891, de una
familia acomodada. Su padre era ejecutivo en
una pequeña villa minera en el estado de
Zacatecas. A pesar de ello, Miguel creció
con un corazón sencillo y libre de
prejuicios. Lo que más añoraba, cuando niño,
era el recorrer las minas para poder
compartir con los trabajadores. Desde
pequeño se distinguió por un gran sentido
del humor. Era un verdadero cómico
por naturaleza, lo cual le ayudaría
enormemente en su ministerio sacerdotal.
Antes de
terminar sus estudios Miguel comenzó a
trabajar con su padre en la oficina de la
mina. Allí sus talentos naturales se
fortificaron y aprendió a hacer muchas cosas
ya que captaba con gran facilidad los
detalles. Podía, por ejemplo escribir 100
palabras por minuto.
Se hizo amigo de
los mineros y pudo captar su modo de hablar
y comportarse, que se diferenciaban mucho de
los de su propia casa. En este amor a los
pobres se ve la mano de Dios, ya que, años
más tarde, siendo perseguido por las
autoridades, el Padre Pro utilizaría todo lo
aprendido en la niñez para defender a Dios y
a la Iglesia.
Un talento que
Miguel adquirió desde muy temprana edad fue
el de caricaturista. Era capaz de
captar, de manera exagerada, las
peculiaridades en las caras de la gente.
También aprendió a tocar la guitarra y el
mandolín.
Miguel amaba a
su familia, especialmente a sus dos
hermanas, las cuales entraron a la vida
religiosa. Esto enfureció a Miguel. Viendo
cuánto había afectado a Miguel la entrada de
sus hermanas al convento, su mamá decidió
invitarlo a un retiro. De allí salió Miguel
transformado y decidido a ser sacerdote
jesuita.
El 11 de agosto
de 1911 entró al seminario de El Llano,
Michoacán. Tenía veinte años. En esta época
contrajo una enfermedad mortal, la cual supo
siempre ocultar muy bien detrás de su rostro
alegre.
A pesar de sus
comedias y gran sentido del humor, Miguel
fue un novicio y religioso grandemente
observador de la Regla y de sus estudios.
La persecución
no detiene su vocación
En una ocasión
fue preciso que todos escaparan del
seminario debido a la persecución contra la
Iglesia. Aquí comienza el capítulo en la
vida de Miguel Pro como héroe de la fe y
genio en escurrirse de los opresores, para
poder cumplir cabalmente su vocación
sacerdotal.
El riesgo se
convirtió en el estilo de vida de los
sacerdotes y religiosos de México, ya que
incluso se había prohibido la celebración de
la Santa Misa. Muchos fueron encarcelados,
torturados y expulsados del país. Muy
pronto, Miguel junto con otros seminaristas,
recibieron la noticia de que debían
marcharse y continuar sus estudios en
California. Fue entonces la última vez que
Miguel vio a su mamá en este mundo. Después
de un tiempo, Miguel y sus compañeros
embarcaron para España, en donde estuvieron
cinco años.
Fue ordenado
sacerdote el 31 de agosto de 1925.
Regreso a una
Iglesia de catacumbas
El Padre Pro
regresó a un México devastado. El pueblo
cristiano resistía los abusos de gobierno;
ante lo cual el presidente Calles había
decidido gobernar con mano de hierro. Llegó,
pues, a la capital, ciudad que se
convertiría en su parroquia y, cuyos
parroquianos vivirían como en catacumbas,
siempre en secreto, en escondite continuo,
huyendo de la policía.
Lo primero que
hizo fue encontrar a su padre y a sus
hermanos. Luego planeó la orientación del
terreno y el método de operación. Y,
enseguida puso manos a la obra. Implementó
cada truco que había aprendido, cada disfraz
para poder llevar a Cristo a las almas en
medio de la severa persecución. Le era
necesario estar en continuas artimañas para
lograr evadir a la policía. Organizó
Estaciones de Comunión a lo largo de
toda la ciudad; estas eran casas donde los
fieles venían a recibir al Señor en la
Eucaristía. Los primeros viernes, el número
de comuniones sobrepasaba los 1,200.
Se celebraban
Misas por toda la ciudad antes del amanecer,
se apostaban vigilantes por si llegaba la
policía, con claves que cambiaban
constantemente, etc. Se juntaban los ricos y
los pobres en unos cuartos pequeños para
adorar al Señor y recibirlo de manos de los
sacerdotes. Los que querían confesarse,
tenían que llegar a los lugares señalados,
antes de la Misa; algunas veces a las 5:30
a.m. Era realmente una Iglesia de
catacumbas, como la de los primeros
cristianos. Un verdadero testimonio de la
fe.
Respecto a la
grave enfermedad que padecía el Padre Pro y
que incluso lo había llevado a hospitales y
casas de convalecencia, le escribe a su
Superior Provincial:
"Aquí el trabajo
es continuo y arduo. Únicamente puedo
admirarme del gran Jefe que me permite
llevarlo a cabo. ¿Enfermedad? ¿Quejas? ¿Que
si me cuido? Ni siquiera tengo tiempo para
pensar en semejantes cosas; y a la vez me
siento tan bien y tan fuerte, que de no ser
por pequeños, pequeñísimos atrasos, bien
podría seguir así hasta el fin del mundo...
Estoy disponible para cualquier cosa, pero,
si no hay objeción, solicitaría el poder
quedarme aquí".
En este escrito
se nota el gran amor que animaba el corazón
del P. Pro: la dependencia de Dios; el
olvido propio en medio del dolor físico y
del peligro; el celo por el Señor y por su
gente; y su obediencia a los superiores,
representantes auténticos de la Voluntad
Divina para un religioso.
El presidente
Calles y la policía trataban de acabar con
estas organizaciones secretas. Arrestaban a
los católicos practicantes y en especial a
sus líderes, los torturaban y mataban.
Ante la
persecución, el Padre Pro nunca dejó su
ministerio sacerdotal. Se valía de sus dones
y, sobre todo, de su profunda fe para
continuar valientemente su ministerio. Hacía
unas maniobras que desconcertaba a la
policía. He aquí algunas.
I) Mientras la
policía lo buscaba de casa en casa para
matarlo, él, muy campante, estaba en un
teatro dictando conferencias espirituales a
más de cien muchachas del servicio. Y
ninguna de ellas contó a nadie dónde estaba
el Padre Pro.
II) Iba el Padre
Pro en un taxi y, de pronto se dio cuenta de
que la policía lo venía persiguiendo en otro
carro. –"Siga usted su viaje, sin
detenerse"– dijo al taxista –"que yo me
lanzo a la calle". Y así lo hizo. Pero para
disimular el porrazo que se daba, echó luego
a andar por la calle con caminado de
borracho y diciendo palabras sonoras. La
policía creyó que era un verdadero borracho
y siguió adelante. Sólo unos minutos después
se dieron cuenta los agentes de que el tal
"borrachito" era el "Padre Pro", y se
devolvieron corriendo, pero ya se les había
escapado.
III) Un día en
plena calle se dio cuenta de que unos
policías venían en su busca. Entró entonces
a una farmacia y, tomando del brazo a una
hermosa señorita, le dijo: "Diga que es mi
novia, porque, si no, me echan a la
cárcel"–. La señorita aceptó, y la policía
al verlo del brazo con una muchacha (él iba
vestido de civil) creyó que éste no podía
ser el padre que ellos buscaban... Unos
momentos después llegó el sargento y al
describirle ellos cómo era el "novio", les
grito furioso: "¡Pues ese es el cura Pro!".
Corrieron a prenderlo, pero ya se les había
escapado otra vez.
IV) Estando el
Padre Pro en un alto edificio, presidiendo
una reunión de muchachos de Acción Católica,
cuando menos pensaron, se hallaron con que
la policía había rodeado el edificio. El
Padre se escondió en un armario en el
preciso momento en que entraba al salón el
coronel, con dos pistolas en las manos,
preguntando por "El Cura Pro". Los muchachos
le dijeron que ellos no sabían dónde estaría
dicho sacerdote, pero el militar, lleno de
furia les gritó: "Tienen un minuto para que
me digan dónde está ese padre, o los mato a
todos". Mas en ese momento sintió que le
colocaban un cañón frío en la nuca. Era el
Padre Pro, que había salido del armario.
–"Suelte esas
pistolas o muere", le dijo el Padre. El
coronel, tembloroso, soltó las pistolas que
fueron recogidas por los muchachos. –"Ahora
ustedes huyan", gritó Miguel Pro a los
jóvenes. Y éstos salieron apresuradamente a
esconderse y salir luego por los
subterráneos del edificio. Luego el Padre
dijo con tono picaresco: "Y usted, señor
coronel, vuélvase, para que vea con qué lo
puse manos a lo alto y lo desarmé". El
coronel dio media vuelta y vio con gran
humillación que el cañón frío que había
sentido con miedo en la nuca era el pico de
una botella vacía. Con una simple botella
vacía había desarmado el padrecito a un
coronel que llevaba en sus manos pistolas
cargadas.
Un mártir
mexicano para la Iglesia
El movimiento
tenía como líder principal al P. Pro y como
lema: "Viva Cristo Rey". Así, en medio de
escondites, incertidumbres, luchas, miedo,
fe, valentía, dolor..., transcurrió cerca de
año y medio. El presidente Calles lo mandó
arrestar, acusándolo de haber sido
responsable de un complot y de atentados y
acciones revolucionarias contra el gobierno,
siendo todo ello absolutamente falso.
Al final, para
evitar que mataran a varios católicos que
tenían presos, el Padre Pro se entregó a la
policía,
Lo encarcelaron
y le dieron sentencia de muerte. El 23 de
noviembre de 1927, camino al lugar de
fusilamiento uno de los agentes le preguntó
si le perdonaba. El Padre le respondió: "No
solo te perdono, sino que te estoy sumamente
agradecido". Le dijeron que expusiera
su último deseo. El Padre Pro dijo:
"Yo soy absolutamente ajeno a este
asunto... Niego terminantemente haber tenido
alguna participación en el complot". "Quiero
que me dejen unos momentos para rezar y
encomendarme al Señor". Se arrodilló y
dijo, entre otras cosas: "Señor, Tú sabes
que soy inocente. Perdono de corazón a mis
enemigos".
Antes de recibir
la descarga, el P. Pro oró por sus verdugos:
"Dios tenga compasión de ustedes"; y,
también los bendijo: "Que Dios los
bendiga". Extendió los brazos en cruz.
Tenía el Rosario en una mano y el Crucifijo
en la otra. Exclamó: "¡Viva Cristo Rey!".
Esas fueron sus últimas palabras. Enseguida,
el tiro de gracia.
Oración:
Venerable Padre Pro, que supiste vivir tu
vocación en las mas difíciles
circunstancias, ayúdanos con tu intercesión
a ser católicos valientes y no ceder ante la
tentaciones de este mundo. Que nuestra vida,
como la tuya, de mucho fruto para gloria de
Dios y el bien de las almas. Amén.