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Padre Pío |
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Biografía
de san pio de pietrelcina
(1887-1968)
Francisco Forgione (San Pío)
nació en el seno de una humilde y religiosa
familia, el Miércoles 25 de mayo de 1887 a
las 5 de la tarde, hora en que las campanas
de la Iglesia sonaban para llamar a todos
los fieles a honrar a la Virgen Santísima en
su mes. Padre Pío nació en una pequeña aldea
del Sur de Italia, llamada Pietrelcina, una
pequeña villa en la provincia de Benevento,
Italia. Sus padres, Horacio Forgione y María
Giuseppa de Nunzio Forgione, ambos
agricultores, encomendaron la protección de
su recién nacido a San Francisco de Asís,
por esta razón le bautizaron con el nombre
de Francisco al día siguiente de su
nacimiento.
El Padre Pío, cuando era aún un bebé,
lloraba desconsoladamente al grado que su
padre no lograba descansar por la noche de
lo fuerte y constante de su llanto, su padre
decía que "al bebé nunca se le acababa el
aire". Una vez que se encontraba con su
papá a solas en casa, este no pudo
consolarle para que parara de llorar y lo
arrojó en la cama exclamando: "Parece que
el diablo hubiese nacido en mi casa".
Relata el Padre Pío que desde ese preciso
momento, nunca más volvió a llorar así.
La familia Forgione vivía en el sector
más pobre de Pietrelcina. Francisco fue
pobre, pero como él mismo diría más
adelante, nunca careció de nada... Los
valores eran diferentes en aquella época; un
niZo se consideraba dichoso si tenía lo
básico para vivir. Fue un niño muy sensible
y espiritual.
Inicio de sus experiencias
extraordinarias
Su vida transcurrió en los alrededores de
la Iglesia Santa María de los Ángeles, que
podríamos decir fue como su "hogar". Aquí
fue bautizado, hizo su Primera Comunión, su
Confirmación, y precisamente aquí, a los
cinco años de edad, tuvo una aparición del
Sagrado Corazón de Jesús. El Señor posó Su
mano sobre la cabeza de Francisco y este
prometió a San Francisco que sería un fiel
seguidor suyo. El curso de su vida y su
vocación quedaría desde ese momento sellado.
Padre Pío se ofrece a tan corta edad como
víctima. Este año marcaría la vida de
Francisco para siempre; empieza a tener
apariciones de la Santísima Virgen, que
continuarían por el resto de su vida.
También tenía trato familiar con su ángel
guardián, con el que tuvo la gracia de
comunicarse toda su vida y el cual sirvió
grandemente en la misión que él recibiría de
Dios.
Es también a esta edad que los demonios
comenzaron a torturarlo. El niño
acostumbraba a cobijarse bajo la sombra de
un árbol particular durante los cálidos y
soleados días de verano. Amigos y vecinos
testificaron que fueron en más de una
ocasión las veces que le vieron pelear con
lo que parecía su propia sombra. Estas
luchas continuarían por el resto de su vida.
Fue un niño callado, diferente y tímido,
muchos dicen que a tan corta edad ya
mostraba signos de una profunda
espiritualidad. Era piadoso, permanecía
largas horas en la iglesia después de Misa.
Hizo hasta arreglos con el sacristán para
que le permitiera visitar al Señor en la
Eucaristía, en los momentos en los cuales la
iglesia permaneciera cerrada.
Curado por los chiles
En tiempos en que el Padre era aún
pequeño, la tifoidea era una enfermedad
mortal y el pequeño Francisco se vio al
borde de la muerte a consecuencia de ella.
La fiebre le llego tan alta, que el mismo
doctor le informó a su madre que al pequeño
Francisco le quedaban unas cuantas horas de
vida. La madre, aun con el dolor que
experimentaba su corazón, debió continuar
sus labores domésticas y preparó, como de
costumbre, alimentos para los trabajadores
que les ayudaban con sus tierras. La comida
que Guiseppa preparó fueron chiles fritos y
los trabajadores no se los terminaron por
ser tan picosos. Al pequeño enfermo, el olor
de los chiles le resultó muy apetecible y en
cuanto se encontró a solas, no pudiendo
caminar, se arrastró hasta el lugar en el
que se encontraban los chiles que tanto le
apetecían y se los comió todos.
Cuando terminó de comer, se regresó a su
cama y sintió una gran sed. Llamó a su
hermano Miguel para que le trajera algo de
tomar. Su hermano le llevó una botella de
leche y le sirvió un poco en una cuchara,
como lo habían estado haciendo. Francisco,
tomó la botella y se la tomó toda para la
sorpresa de su hermano.
Cuando su madre regresó más tarde a
buscar los chiles, encontró el plato vacío y
no se imaginó que hubiese sido Francisco el
que se los hubiese comido. Aunque esta
comida podría haber sido fatal para su
salud, produjo cambios radicales. Desde ese
momento, Francisco se curó de la tifoidea y
su salud se restauró por completo.
Un milagro en su presencia
Un día, siendo aún pequeño, acompañó a su
padre, Horacio, en una peregrinación al
Santuario de San Peregrino. La iglesia
estaba llena de fieles de todas partes.
Francisco se arrodilló para orar al frente
del Santuario y observaba la angustia de una
madre que se acercó al altar con un niño
deforme en sus brazos e imploraba al Santo
que intercediera por la sanación de su hijo.
Mientras su padre se preparaba para salir
de la Iglesia, Francisco no se movía en
profunda oración de intercesión por el niño.
La madre de este, en un arrebato de
desesperación dijo en voz alta frente a la
imagen del Santo: "Cura a mi hijo, si no lo
quieres curar, tómalo, yo no lo quiero" y
diciendo esto, arrojó al niño en el altar.
En el preciso momento en que el niño tocó el
altar, éste sanó por completo. Esta
experiencia del poder de la oración, afianzó
grandemente la confianza de Francisco en el
poder de la intercesión de los Santos.
Primeros estudios
Francisco tenía gran sed de aprender. Por
no haber escuelas en la villa, unos
granjeros se voluntarizaron para enseñar a
los niños del área. Su mayor ambición era
que los niños pudieran aprender a leer y los
más brillantes a escribir. La enseñanza se
llevaba a cabo durante la noche por la
necesidad existente de trabajar, tanto
adultos como niños durante el día. Francisco
estudiaba durante este tiempo. Otros niños
preferían jugar, pero esto no era una de sus
prioridades. Su preferencia era siempre
pasar la mayor parte del tiempo en oración y
estudiar en el tiempo destinado para el
aprendizaje. Padre Pío fue un niño
disciplinado, que entendía el sacrificio que
era para sus padres patrocinar su tiempo de
aprendizaje.
Estudios para prepararlo a la Vida
Religiosa
Llegó el momento en el cual Francisco
manifestará su deseo de ser religioso. Su
padre, al ver la limitación existente de
educación en la villa, emigró a los Estados
Unidos y a Jamaica buscando mejor solvencia
económica que le permitiera sufragar los
gastos de educación para Francisco. Sus
padres, aunque humildes, recibieron gran
sabiduría del Señor para ver el camino que
su hijo habría de seguir. Hicieron grandes
sacrificios para que se hiciera posible.
Fue durante este tiempo en que su madre,
Giuseppa, hizo arreglos para que su hijo
recibiera la formación necesaria para poder
ingresar en el seminario. La única
posibilidad en ese momento era recibir
clases con Don Domenico Tizzani, un ex-sacerdote
que habiendo abandonado el ministerio, había
contraído matrimonio. Don Domenico tenía la
reputación de ser muy buen maestro, pero
algo pasaba con el joven Francisco que
parecía tener un bloqueo mental en su
presencia.
Doña Giuseppa buscó otro maestro para
Francisco y lo encontró en el maestro Angelo
Cavacco. Con él, el joven Francisco avanzó
con gran rapidez y mostró tener gran
capacidad.
Preparación para el Noviciado
Los días antes de entrar al seminario
fueron días de visiones del Señor, que le
prepararían para grandes luchas. Jesús le
permitió ver a Francisco el campo de
batalla, los obstáculos y enemigos. A un
lado habían hombres radiantes, con
vestiduras blancas, al otro lado, inmensas
bestias espantosas de color oscuro. Era una
escena aterradora y las rodillas del joven
Francisco comenzaron a temblar. Jesús le
dice que se tiene que enfrentar con la
horrenda criatura, a lo que Francisco
responde temeroso, rogándole al Señor que no
le pidiera cosa semejante de la cual no
podría salir victorioso. Jesús vuelve a
repetir su petición dejándole saber que
estaría a su lado. Francisco entonces entra
en un feroz combate, los dolores infligidos
en su cuerpo eran intolerables, pero salió
triunfante. Jesús alertó a Francisco de que
entraría en combate nuevamente con este
demonio a lo largo de toda su vida, que no
temiera: "Yo estaré
protegiéndote, ayudándote, siempre a tu lado
hasta el fin del mundo". Esta visión
particular petrificó a Padre Pío por 20
años.
El día antes de entrar al Seminario,
Francisco tuvo una visión de Jesús con su
Santísima Madre. En esta visión, Jesús posa
Su mano en el hombro de Francisco, dándole
valor y fortaleza para seguir adelante. La
Virgen María, por su parte, le habla
suavemente, sutil y maternalmente penetrando
en lo más profundo de su alma.
Ingreso en el Noviciado de Morcone
Padre Pío siempre caminó el sendero
estrecho, no permitiéndose lujos ni nada que
le pudiera desviar de su relación con Jesús.
A los 15 años de edad, Francisco había
adelantado lo suficiente como para entrar al
Seminario; sería Fraile Capuchino. Ingresó
con la Orden Franciscana de Morcone el 3 de
enero de 1902. Quince días después de su
entrada, el día 22 de enero de 1902,
Francisco recibió el hábito franciscano que
está hecho en forma de una cruz y percibió
que desde ese momento su vida estaría
"crucificada en Cristo", tomó además, por
nombre religioso, Fray Pío de Pietrelcina en
honor a San Pío V.
La Fraternidad Capuchina en la cual
ingresó era una de las más austeras de la
Orden Franciscana y una de las más fieles a
la regla original de San Francisco de Asís.
El ayuno y la penitencia eran prácticas
habituales. El Fraile Pío abrazó todas las
formas de autoprivación, comiendo siempre
muy poco, en una ocasión se alimentó
únicamente de la Eucaristía por 20 días y
aunque débil físicamente se presentaba a
clases con preclara alegría. Fue una de las
mejores épocas de su vida: "Soy
inmensamente feliz cuando sufro, y si
consintiera los impulsos de mi corazón, le
pediría a que Jesús me diera todo el
sufrimiento de los hombres".
Primera bilocación
En 1905, solo dos años después de haber
entrado al Seminario, el Fraile Pío
experimenta por primera vez la bilocación.
Rezando acompañado de otro fraile en el
coro, una noche fría de enero, alrededor de
las 11:00 de la noche, se encontró a sí
mismo muy lejos, en una casa muy elegante en
la cual un padre de familia agonizaba en el
mismo momento que su hija nacía. Nuestra
Santísima Madre se le apareció al Fraile Pío
diciéndole: "Encomiendo esta criatura
a tus cuidados; es una piedra preciosa sin
pulir. Trabaja en ella, lústrala, hazla
brillar lo más posible, porque un día me
quiero adornar con ella". A lo que
él contestó: "¿C ómo
puede ser esto posible si soy un pobre
estudiante, y todavía ni siquiera sé si
tendré la fortuna de llegar a ser sacerdote?
Y si no llegara a ser sacerdote, ¿cómo
podría ocuparme de esta niña estando tan
lejos?".
La
Virgen le contestó: "No dudes. Será ella
quien venga a ti, pero la conocerás de
antemano en la Basílica de San Pedro".
Inmediatamente se encontró de nuevo en el
coro donde había estado rezando minutos
antes.
Dieciocho años más tarde esta niña se
presentó en la Basílica de San Pedro,
agobiada y buscando a un sacerdote con quien
pudiera confesarse y recibir dirección
espiritual. Ya era tarde y la Basílica iba a
cerrar, miró a su alrededor y vio a un
fraile entrar en el confesionario y cerrar
la puerta. La joven se le acercó y comenzó a
compartirle sus problemas. El sacerdote
absolvió sus pecados y le dio la bendición.
La joven en agradecimiento quiso besarle la
mano, pero al abrir el confesionario solo
encontró una silla vacía.
Un año después, la joven fue en
peregrinación a San Giovanni Rotondo. Padre
Pío caminaba por los pasillos de las celdas
repletos de peregrinos y al ver a la joven
entre ellos, la señaló diciendo: "Yo
te conozco, tu naciste el día que tu padre
murió", la joven, sorprendida,
esperó largo rato para poderse confesar con
el Padre y aclarar sus inquietudes. Padre
Pío le recibe en el confesionario con estas
palabras: "Mi hija, has venido
finalmente; he esperando tantos a ños
por ti!".
La
joven aún más sorprendida le manifestó que
él estaba equivocado, siendo ésta la primera
vez que ella visitaba San Giovanni. A lo que
Padre Pío contestó: "Ya tú
me conoces, viniste a mí el año pasado en la
Basílica de San Pedro".
La joven se convirtió en su hija
espiritual, obedeciendo siempre a sus
consejos. Se casó y formó una sólida y
ejemplar familia cristiana.
Ordenación Sacerdotal
El 10 de agosto de 1910, Padre Pío es
ordenado sacerdote en la Catedral de
Benevento, Italia. La tarde de aquel día,
escribe esta oración: "Oh Jesús, mi
suspiro y mi vida, te pido que hagas de mí
un sacerdote santo y una víctima perfecta".
El día de su ordenación, su padre se
encontraba en América, pero su madre, su
hermano Miguel y su esposa, y sus tres
hermanas le acompañaron en ese día tan
especial. Al finalizar la Santa Misa, su
madre y sus hermanos se acercaron a la
baranda para recibir su primera bendición.
Su madre no podía contener sus lágrimas,
tanto de la emoción como del dolor de pensar
en la ausencia de su esposo, cuyo sacrificio
había hecho posible la ordenación de su
hijo.
Como era la costumbre, el nuevo Padre
celebraría su primera Misa en la iglesia de
su pueblo, en Santa María de los Ángeles. En
la misma iglesia en la que 23 años antes
había sido bautizado, en donde había
recibido la Primera Comunión y el Sacramento
de la Confirmación.
El padre solía decirles a sus hijos
espirituales "Si ustedes desean asistir a
la Sagrada Misa con devoci ón
y obtener frutos, piensen en la Madre
Dolorosa al pie del Calvario".
De regreso en Pietrelcina
Mientras más alto escalaba el joven
sacerdote hacia la perfección, más era
asechado por el demonio. Y mientras más
atormentado era por Satanás, más crecía en
fe y en amor al Señor.
Poco después de su ordenación, le
volvieron las fiebres y los males que
siempre le aquejaron durante sus estudios, y
fue enviado a su pueblo, Pietrelcina, para
que se restableciera de salud.
Cada vez que se hacía el intento para
restaurarlo a la vida religiosa dentro del
monasterio, este fracasaba, pues su salud
empeoraba. Su vida sacerdotal en Pietrelcina
incluía mucha oración acompañada de muchas
funciones religiosas, así como estudios
teológicos, catecismo para los niños del
pueblo y reuniones con individuos y
familias.
Durante este período en Pietrelcina, su
antiguo profesor, el ex sacerdote Tizzani,
agonizaba. Su hija, viéndolo cerca a la
muerte, llamó al Padre Pío para que
asistiera a su padre, quien
providencialmente pasaba por su casa en ese
momento. El moribundo recibió del Padre la
gracia de Dios y la salvación eterna de su
alma, hizo su confesión con lágrimas de
arrepentimiento y murió en paz.
Primera aparición de los estigmas
Durante su primer año de ministerio
sacerdotal, en 1910, el Padre Pío manifiesta
los primeros síntomas de los estigmas. En
una carta que escribe a su director
espiritual los describe así: "En medio
de las manos apareci ó
una mancha roja, del tamaño de un centavo,
acompañada de un intenso dolor. También
debajo de los pies siento dolor".
Estos dolores en la manos y los pies del
Padre Pío, son los primeros recuentos de las
estigmas que fueron invisibles hasta el año
1918.
Una vez el dolor que el Padre Pío
experimentó fue tan agudo, que se sacudió
las manos, las cuales sentía que se le
quemaban, a lo que su madre le preguntó:
"Que es eso?, es que ahora también tocas la
guitarra?". El Padre se limitó a no
responder.
Este tiempo en su pueblo natal fue un
período de grandes combates espirituales con
el demonio, pero también de grandes
consuelos a través de éxtasis y fenómenos
místicos, tanto interiores como exteriores,
espirituales y físicos. El demonio solía
aparecérsele de distintas maneras. Algunas
veces lo hacía en la apariencia de animales,
de mujeres bailando danzas impuras, de
carceleros que lo azotaban e incluso bajo la
apariencia de Cristo Crucificado, de su
Ángel de la Guarda, San Francisco de Asís,
la Virgen María, también bajo la apariencia
de su director espiritual, su provincial,
etc. pero después de estos asaltos del
demonio, era consolado con éxtasis y
apariciones de Jesús, la Santísima Virgen
María, su Ángel Guardián, San Francisco y
otros santos.
El día 12 de agosto de 1912 experimentó
por primera vez la "llaga del amor". El
Padre Pío le escribió a su director
espiritual explicándole lo sucedido:
"Estaba en la Iglesia haciendo mi acción de
gracias después de la Santa Misa, cuando de
repente sentí mi corazón herido por un dardo
de fuego hirviendo en llamas y yo pensé que
me iba a morir".
Por siete años, Padre Pío permanece fuera
del Convento, en Pietrelcina. Naturalmente,
esta vida estaba en contraste con la regla
franciscana y algunos hermanos frailes se
quejaron de esto. Fue entonces cuando el
Superior General de la Orden pidió a la
Sagrada Congregación de los Religiosos la
exclaustración del P. Pío. Fue un golpe muy
duro para él y en un éxtasis se quejó con
San Francisco de Asís. La Congregación de
los Religiosos no escuchó la solicitud del
Superior General y concedió que el Padre Pío
siguiera viviendo fuera del convento, hasta
que estuviera completamente restablecida su
salud.
De regreso a la vida monástica
El día 17 de febrero de 1916, el Padre
Pío salió de Pietrelcina rumbo a Foggia,
donde los superiores lo llamaron para dar un
servicio espiritual. Gracias a las oraciones
de Rafaelina Cerase, una señora muy enferma
y cercana a la muerte, el Padre Pío puede
regresar definitivamente a la vida
comunitaria. Esta buena señora se ofreció a
Dios como víctima para que el Padre pudiese
oír confesiones y con ello traer gran
beneficio a las almas.
Aunque el Padre nunca más pudo regresar a
Pietrelcina, su amor por ella nunca
disminuyó. Durante la Segunda Guerra
Mundial, el Padre, refiriéndose a su pueblo
dijo: "Pietrelcina ser á
preservada como la niña de mis ojos".
Y antes de morir, hablando proféticamente
dijo: "Durante mi vida he favorecido a
San Giovanni Rotondo. Después
de mi muerte, favoreceré a Pietrelcina".
Primera visita a San Giovanni Rotondo
El día 28 de julio de 1916, el Padre Pío
llega a San Giovanni Rotondo por primera
vez. San Giovanni Rotondo era en ese
entonces una pequeña villa en la península
del Gargano, rodeada por casas muy pobres,
sin luz, sin agua potable ni cañería, sin
caminos pavimentados y sin formas de
comunicación modernos, muy parecido a la
forma de vida en las villas pequeñas de
aquel entonces.
El monasterio se encontraba a unos dos
kilómetros del pueblo y para llegar a este,
era necesario ir en mula. El monasterio
contaba con una pequeña y rústica Iglesia de
Nuestra Señora de la Gracia del siglo XIV.
Regreso permanente a San Giovanni Rotondo
Padre Pío fue invitado a San Giovanni por
el Padre Guardián y su breve visita fue del
28 de julio al 5 de agosto. Durante esta
visita, la salud del Padre parece haber
mejorado un poco lo cual agradó al Padre
Provincial y este lo mandó bajo obediencia a
regresar a San Giovanni por un tiempo, hasta
que mejorase más su salud. El Padre regresó
al Monasterio del Gargano el día 4 de
septiembre de 1916. En los designios del
Señor, lo que en un inicio se pensó sería
temporal, duró 52 años, hasta la muerte del
Padre.
Experiencia Militar
El Padre Pío fue llamado a las filas
militares tres veces durante la Primera
Guerra Mundial y las tres veces fue
regresado luego de un corto período por
motivos de salud. La última vez que fue
llamado, su salud desmejoró tanto, que los
mismos médicos le dieron de baja para
"permitirle morir en paz en su hogar". Las
cortas permanencias en las filas militares
causaron en él grandes dolores en su alma, a
causa de la dureza de los soldados, las
blasfemias que escuchó y el verse alejado de
la vida monástica. Otro gran dolor era el no
poder ofrecer la Santa Misa todos los días.
El Padre fue dado de baja de las filas
militares con papeles que atestiguaban su
buena conducta, su honor y fidelidad a la
patria, aunque se salvó de haber confrontado
cargos de deserción por no presentarse a una
cita, a causa de un error del cartero de San
Giovanni Rotondo. Este no sabía que
Francisco Forgione y el Padre Pío eran la
misma persona y por ello no supo a quién
darle la cita.
El seminario menor
El Padre Pío sirvió como padre espiritual
de los jóvenes que formaban parte del
seminario seráfico menor, que en ese momento
estaba en San Giovanni Rotondo. Él se
encargaba de proveerles meditaciones, de
confesarlos y de tener conversaciones
espirituales con ellos. Oraba mucho y
vigilaba su avance espiritual y hasta llegó
a pedir permiso para ofrecerse como víctima
al Señor por la perfección de este grupo a
quienes como él mismo decía "amaba con
ternura".
Un día en que daba un paseo con los
jóvenes les dijo: "Uno de ustedes me
traspasó el corazón". Los jóvenes
quedaron perplejos ante este comentario,
pero no se atrevían a preguntar quién había
sido el culpable. "Uno de ustedes esta ma ñana
hizo una Comunión sacrílega. Y saber que fui
yo el que se la dio hoy durante la Misa".
El
joven culpable se arrojó a sus pies y
confesó ser él el culpable. El Padre hizo
seña a los demás para que se retiraran un
poco y ahí mismo en la calle escuchó su
confesión y lo restauró a la gracia de Dios.
Transverberación del corazón
La transverberación es una gracia
extraordinaria que algunos santos como Santa
Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz han
recibido. El corazón de la persona escogida
por Dios es traspasado por una flecha
misteriosa o experimentado como un dardo que
al penetrar deja tras de sí una herida de
amor que quema mientras el alma es elevada a
los niveles más altos de la contemplación
del amor y del dolor.
El Padre Pío recibió esta gracia
extraordinaria el 5 de agosto de 1918. En
gran simplicidad, el Padre le narró a su
director espiritual lo sucedido: "Yo
estaba escuchando las confesiones de los j óvenes
la noche del 5 de agosto cuando, de repente,
me asusté grandemente al ver con los ojos de
mi mente a un visitante celestial que se
apareció frente a mí. En su mano llevaba
algo que parecía como una lanza larga de
hierro, con una punta muy aguda. Parecía que
salía fuego de la punta.
Vi a la persona hundir la lanza
violentamente en mi alma. Apenas pude
quejarme y sentí como que me moría. Le dije
al muchacho que saliera del confesionario,
porque me sentía muy enfermo y no tenía
fuerzas para continuar.
Este martirio duró sin interrupción hasta
la mañana del 7 de agosto. Desde ese día
siento una gran aflicción y una herida en mi
alma que está siempre abierta y me causa
agonía."
Las estigmas de Cristo
Sin duda alguna lo que ha hecho famoso al
Padre Pío es el fenómeno de los estigmas:
las cinco llagas de Cristo crucificado que
llevó en su cuerpo visiblemente durante 50
años.
Un poco más de un mes después de haber
recibido el traspaso del corazón, el Padre
Pío recibe las señas, ahora visibles, de la
Pasión de Cristo.
El
Padre describe este fenómeno y gracia
espiritual a su director por obediencia:
"Era la mañana
del 20 de septiembre de 1918. Yo estaba en
el coro haciendo la oración de acción de
gracias de la Misa y sentí poco a poco que
me elevaba a una oración siempre más suave,
de pronto una gran luz me deslumbró y se me
apareció Cristo que sangraba por todas
partes. De su cuerpo llagado salían rayos de
luz que más bien parecían flechas que me
herían los pies, las manos y el costado.
Cuando volv í
en mí, me encontré en el suelo y llagado.
Las manos, los pies y el costado me
sangraban y me dolían hasta hacerme perder
todas las fuerzas para levantarme. Me sentía
morir, y hubiera muerto si el Señor no
hubiera venido a sostenerme el corazón que
sentía palpitar fuertemente en mi pecho. A
gatas me arrastré hasta la celda. Me recosté
y recé, miré otra vez mis llagas y lloré,
elevando himnos de agradecimiento a Dios".
Los
estigmas del Padre Pío eran heridas
profundas en el centro de las manos, de los
pies y el costado izquierdo. Tenía manos y
pies literalmente traspasados y le salía
sangre viva de ambos lados, haciendo del
Padre Pío el primer sacerdote estigmatizado
en la historia de la Iglesia (San Francisco
Asís no era sacerdote).
El provincial de los Capuchinos de Foggia
invitó al Profesor Romanelli, médico y
director de un prestigioso hospital, para
que estudiara el caso y diera su parecer. El
Doctor Romanelli no tuvo la menor duda del
carácter sobrenatural del fenómeno. Poco
después la Curia Generalicia de los
Capuchinos en Roma envió a San Gionanni
Rotondo a otro especialista, el profesor
Jorge Festa. Sus conclusiones fueron que
"los estigmas del Padre Pío tenían un origen
que los conocimientos científicos estaban
muy lejos de explicar. La razón de su
existencia está mas allá de la ciencia
humana".
La noticia de que el Padre Pío tenía los
estigmas se extendió rápidamente. Muy pronto
miles de personas acudían a San Giovanni
Rotondo para verle, besarle sus manos,
confesarse con él y asistir a sus Misas.
La palabra ESTIGMA viene del griego y
significa "marca" o "señal en el cuerpo", y
era el resultado del sello de un hierro
candente con el cual marcaban a los
esclavos. En sentido médico, estigma quiere
decir una mancha enrojecida sobre la piel,
que es causada porque la sangre sale de los
vasos por una fuerte influencia nerviosa,
pero nunca llega a ser perforación. En
cambio los estigmas que han tenido los
místicos son lesiones reales de la piel y de
los tejidos, llagas verdaderas como, en este
caso, las han descrito los doctores
Romanelli y Festa.
La Santa Sede interviene en las
investigaciones
Después de minuciosas investigaciones, la
Santa Sede quiso intervenir directamente. En
aquel entonces era una gran celebridad en
materia de psicología experimental, el Padre
Agustín Gimelli, franciscano, doctor en
medicina, fundador de la Universidad
Católica de Milán y gran amigo del Papa Pío
XI.
El Padre Gimelli fue a visitar al Padre
Pío, pero como no llevaba permiso escrito
para examinar sus llagas, este rehúso a
mostrárselas. El Padre Gimelli se fue de San
Giovanni con la idea de que los estigmas
eran falsos, de naturaleza neurótica y
publicó su pensamiento en un artículo
publicado en una revista muy popular. El
Santo Oficio se valió de la opinión de este
gran psicólogo e hizo público un decreto el
cual declaraba la poca constancia en la
sobrenaturalidad de los hechos.
Primera gran prueba. Diez a ños
de aislamiento
En los años siguientes hubo otros tres
decretos y el último fue condenatorio,
prohibiendo las visitas al Padre Pío o
mantener alguna relación con él, incluso
epistolar. Como consecuencia, el Padre Pío
pasó 10 años -de 1923 a 1933- aislado
completamente del mundo exterior, entre la
paredes de su celda. Durante estos años no
solo sufría los dolores de la Pasión del
Señor en su cuerpo, también sentía en su
alma el dolor del aislamiento y el peso de
la sospecha. Su humildad, obediencia y
caridad no se desmintieron nunca.
El Sacrificio de la Misa
El
Padre Pío se levantaba todas la mañanas a
las tres y media y rezaba el oficio de las
lecturas. Fue un sacerdote orante y amante
de la oración. Solía repetir: "La oración
es el pan y la vida del alma; es el respiro
del corazón, no quiero ser más que esto, un
fraile que ama". Celebraba la
Santa Misa en las mañanas acompañado de dos
religiosos. Todos querían verlo y hasta
tocarlo, pero su presencia inspiraba tanto
respeto que nadie se atrevía a moverse en lo
más mínimo. La Misa duraba casi dos horas y
todos los presentes se sumergían de forma
particular en el misterio del sacrificio de
Cristo, multitudes se volcaban apretadas
alrededor del altar deteniendo la
respiración. Aunque no existe diferencia
esencial en la celebración de la Santa Misa
de cualquier otro sacerdote, porque el
sacerdote y la víctima es siempre Cristo,
con el Padre Pío la imagen del Salvador
-traspasado en sus manos, pies y costado-
era más transparente.
El Padre Pío vive la Santa Misa,
sufriendo los dolores del Crucificado y
dando profundo sentido a las oraciones
litúrgicas de la Iglesia. En los anales de
la Iglesia, Padre Pío es el primer sacerdote
estigmatizado; el fue esencialmente
sacerdote, y su santidad fue esencialmente
sacerdotal. Toda su vida giraba alrededor de
esta realidad en la cual prestaba su boca a
Cristo, sus manos y sus ojos. Cuando decía:
"Esto es mi Cuerpo...Esta es mi Sangre", su
rostro se transfiguraba. Olas de emoción lo
sacudían, todo su cuerpo se proyectaba en
una muda imploración. "La Misa", dijo
una vez a un hijo espiritual, "es Cristo
en al Cruz, con María y Juan a los pies de
la misma y los ángeles en adoración.
Lloremos de amor y adoración en esta
contemplación". Mientras el Padre
celebraba el Santo Sacrificio, el tiempo
parecía detenerse.
Una vez se le preguntó al Padre cómo
podía pasar tanto tiempo de pie en sus
llagas durante toda la Santa Misa, a lo que
él respondió: "Hija mía, durante la Misa
no estoy de pie: estoy suspendido con Jesús
en la cruz".
El Padre amaba a Jesús con tanta fuerza,
que experimentaba en su propio cuerpo una
verdadera hambre y sed de Él. "Tengo tal
hambre y sed antes de recibir a Jesús, que
falta poco para que muera de la angustia. Y
precisamente, porque no puedo estar sin
unirme a Jesús, muchas veces, aun con
fiebre, me veo obligado a ir a alimentarme
de su cuerpo"... "El mundo, solía
decir el Padre Pío, puede subsistir sin
el sol, pero nunca sin la Misa".
En una ocasión se le preguntó si la
Santísima Virgen María estaba presente
durante la Santa Misa, a lo cual él
respondió: "Sí, ella se pone a un lado,
pero yo la puedo ver, qué alegría. Ella está
siempre presente. ¿Como podría ser que la
Madre de Jesús, presente en el Calvario al
pie de la cruz, que ofreció a su Hijo como
víctima por la salvación de nuestras almas,
no esté presente en el calvario místico del
altar?".
Mártir del Sacramento de la Misericordia
Quien participara en la celebración
Eucarística del Padre Pío no podía quedar
tranquilo en su pecado. Después de la Santa
Misa, el Padre Pío se sentaba en el
confesionario por largas horas, dándole
preferencia a los hombres, pues él decía que
eran los que más necesitaban de la
confesión. Al ser tantos los que acudían a
la confesión, fue necesario establecer un
orden, y confesarse con el Padre Pío podía
tomarse fácilmente tres o cuatro días de
espera.
Son muchos los impresionantes testimonios
y las emotivas conversiones generadas a
través de las Confesiones con el Padre Pío.
Severo con los curiosos, hipócritas y
mentirosos, y amoroso y compasivo con los
verdaderamente arrepentidos. Uno de los
dones que más impresionaba a la gente era
que podía leer los corazones.
Una vez se le preguntó al Padre por qué
echaba a los penitentes del confesionario
sin darles la absolución, a lo que él
respondió: "Los echo, pero los acompa ño
con la oración y el sufrimiento, y
regresarán".
El enojo era solamente superficial. A un
hermano le explicó una vez: "Hijo mío,
sólo en lo exterior he asumido una forma
distinta. Lo interior no se ha movido para
nada. Si no lo hago así, no se convierten a
Dios. Es mejor ser reprochado por un hombre
en este mundo, que ser reprochado por Dios
en el otro". Un ejemplo de ello sucedió
un día en que el Padre se encontró con un
joven que lloraba sin importarle el gentío
que lo rodeaba. El Padre se le acercó y le
preguntó el porqué de su llanto. El muchacho
respondió que "lloraba, porque no le había
dado la absolución". Padre Pío lo consoló
con ternura diciendo: "Hijo, ves, la
absolución
no es que te la he negado para mandarte al
infierno sino al Paraíso".
El apostolado de la alegría
El Padre Pío era un hombre muy duro
contra todo tipo de pecado, pero tierno,
jovial y amante de la vida. Era un
conversador brillante, con la astucia para
mantener en suspenso a sus oyentes. Le
gustaban mucho los chistes, y en su
repertorio, no faltaban los que se referían
a los soldados, políticos y religiosos. De
la boca del Padre Pío, el chiste y la
anécdota no eran solo sano humorismo y
simple distracción, sino también una especie
de apostolado: el apostolado de la alegría y
el buen humor.
Una tarde calurosa, en que paseaba, como
frecuentaba hacer con sus hermanos e hijos
espirituales, les contó esta anécdota:
"Una vez entr ó
de monje un joven juglar que no conseguía
cantar los salmos ni rezar las oraciones con
los hermanos, pero en cuanto el coro quedaba
vacío, se acercaba a la estatua de la
Santísima Virgen y le hacía piruetas para
congraciarse con ella y con el Niño Jesús.
Una vez lo vio el fraile sacristán y avisó
al Abad. Este después de haberlo observado
un rato, se maravilló de ver que la estatua
de la Virgen tomó vida. María sonreía y el
Niño Jesús aplaudía con sus manitas. Cada
uno de nosotros, decía el Padre, hace de
bufón en el puesto que Dios le ha asignado.
El fraile más ignorante, ofrecía a la Reina
del Cielo lo único que sabía hacer, y Ella
lo aceptaba con gusto".
Auxilio seguro
A muchos que acudían a él para pedir su
intercesión en momentos de necesidad, el
Padre no faltaba en darles una mano con su
oración. En una ocasión contaba un monseñor
que a un campesino conocido de él, al cual
le vino un fuerte y repentino dolor de
muelas una noche, en su desesperación por
sentirse que el Padre no había escuchado su
súplica de intercesión, tomó un zapato y lo
arrojó contra el cuadrito en el que estaba
la foto del Padre. Pasado el tiempo y
habiendo olvidado el gesto irreverente, fue
a confesarse con el Padre, el cual le
replicó en el confesionario: "Y todav ía
tienes el coraje, después del zapatazo que
me distes en la cara...".
Sanación milagrosa
Una de las sanaciones más conocidas del
Padre Pío fue la de una niña llamada Gema,
que había nacido sin pupilas en los ojos. La
abuelita de ésta la llevó a San Giovanni
Rotondo con la esperanza de que el Señor
obrara un milagro a través de la intercesión
del Padre. El Padre la bendijo e hizo la
señal de la cruz sobre sus ojos. La niña
recuperó la vista, aunque el milagro no
terminó allí. Gema vio desde ese momento,
sin nunca tener pupilas. Ya de adulta, Gema
entró en la Vida Religiosa.
El Padre y los ni ños
El Padre tenía también un gran amor por
los niños. Cuando se le pedía la intercesión
por el nacimiento de algún bebé que viniese
con problemas, o por algún niño que
estuviese enfermo, intercedía hasta
conseguir la gracia. Un canciller a cuya
esposa se le aproximaba el parto que se
presentaba lleno de dificultades, fue a
consultar con el Padre y a pedir sus
oraciones. "Vete tranquilo, le dijo el
Padre, y nada de operaciones". En el momento
del parto la situación se complicó y los
médicos le dijeron que si no operaban
enseguida temían por la vida, tanto de la
madre como del bebé. El canciller
desesperado se fue al cuarto que estaba al
lado donde había una fotografía del Padre
Pío en la pared y delante de ella comenzó a
insultarlo y a decirle palabrotas. No había
terminado de desahogarse cuando escuchó el
llanto de un bebé. Salió corriendo hacia el
cuarto de su esposa y encontró un hermoso
varoncito nacido "sin operaciones", para
sorpresa de los médicos. Después de algunos
días, el canciller fue a San Giovanni a
confesarse y a darle las gracias al Padre,
el cual le respondió: "Está bien, pero todas
las palabrotas y los insultos que dijiste
delante de mi fotografía, no tienes que
decirlos más".
En otra ocasión, un niño de San Giovanni
Rotondo que estaba gravemente enfermo y el
cual se esperaba que podía morir en
cualquier momento, se echó a reír y recuperó
la salud de forma casi instantánea. La madre
le preguntó que qué sentía y el niño le
respondió: "Mamá, Padre Pío me hizo
cosquillas en el pie". El Padre le había
hecho cosquillas en el pie y se sanó.
Hijos espirituales
El Padre Pío tenía entre aquellos que se
lo solicitaban, un grupo de hijos
espirituales a quienes prometía asistir con
sus oraciones y cuidados a cambio de llevar
una vida fervorosa de oración, virtud y
obras de caridad. Entre este grupo de
devotos hay un sinnúmero de anécdotas en las
que el cuidado real y oportuno del Padre se
manifestó de forma extraordinaria. Entre
estas anécdotas está la de un joven cuya
madre lo llevaba a donde el Padre desde que
este era muy pequeño y un día, saliendo del
convento para tomar el autobús de regreso a
casa, un coche lo atropelló por la espalda
haciendolo volar por los aires. Mientras
este volaba sobre el coche, viendo la imagen
de la Virgencita del convento al revés, se
dio cuenta de lo que estaba ocurriendo. Solo
logró gritar: "Virgencita mía, ayúdame". Lo
llevaron de inmediato al hospital y todos
los exámenes mostraban que todo estaba en
orden, aunque no se explicaban de dónde
provenía la sangre que había en su camisa.
En cuanto este pudo salió corriendo hacia el
convento para darle las gracias al Padre que
estaba rezando en el coro. "No me des las
gracias a mí, le respondió el Padre, dáselas
a la Virgen, fue Ella". Después de
mirarlo con los ojos llenos de amor y con
una gran sonrisa en los labios, le dijo:
"Hijo m ío,
no te puedo dejar solo ni un minuto...".
Llamado a la Co-redención
La vida del Padre Pío está tan llena de
acontecimientos extraordinarios que es
necesario buscar las causas de ellos en su
vida íntima. Quien es llamado a servir en la
misión redentora de Jesucristo tiene que
sufrir mucho moral y físicamente. Estos
sufrimientos lo purifican y encienden cada
vez más del amor de Dios. En una carta
escrita por el Padre en 1913 decía: "El
Se ñor
me hace ver como en un espejo, que toda mi
vida será un martirio".
Desde que
ingresó a la vida religiosa hasta que
recibió los estigmas, la vida del Padre Pío
fue un vía crucis. En 1912 escribe:
"Sufro, sufro mucho pero no deseo para
nada que mi cruz sea aliviada, porque sufrir
con Jesús es muy agradable". A
una hija espiritual le dijo un día:
"El sufrimiento es mi pan de cada día.
Sufro cuando no sufro. Las cruces son
las joyas del Esposo, y de ellas soy celoso.
¡Ay de aquel que quiera meterse entre las
cruces y yo!".
Su proyecto más grande en la tierra
La
tarde del 9 de enero de 1940, el Padre Pío
reunió a tres de sus grandes amigos
espirituales y les propuso un proyecto al
cual él mismo se refirió como "su obra
más grande aquí en la tierra":
la fundación de un hospital que habría
de llamarse "Casa Alivio del Sufrimiento".
El Padre sacó una moneda de oro de su
bolsillo que había recibido en una ocasión
como regalo y dijo: "Esta es la primera
piedra". El 5 de mayo de 1956 se
inauguró el hospital con la bendición del
cardenal Lercaro y un inspirado discurso del
Papa Pío XII. La finalidad del hospital es
curar al enfermo tanto espiritual como
físicamente: la fe y la ciencia, la mística
y la medicina, todos de acuerdo para
auxiliar la persona entera del enfermo:
cuerpo y alma.
Grupos de Oraci ón
"Lo que le falta a la humanidad ,
repetía con frecuencia, es la oración".
A raíz de la Segunda Guerra Mundial, el
mismo Padre funda los "Grupos de Oración
del Padre Pío". Los Grupos se
multiplicaron por toda Italia y el mundo.
A la muerte del Padre los Grupos eran
726 y contaban con 68.000 miembros, y en
marzo de 1976 pasaban de 1.400 grupos con
más de 150.000 miembros. "Yo invito a las
almas a orar y esto ciertamente fastidia a
Satanás.
Siempre recomiendo a los Grupos la vida
cristiana, las buenas obras y,
especialmente, la obediencia a la Santa
Iglesia".
Segunda prueba y persecución
La envidia humana se echó encima de la
obra del Padre Pío. Desde 1959, periódicos y
semanarios empezaron a publicar artículos y
reportajes mezquinos y calumniosos contra la
"Casa Alivio del Sufrimiento". Para
quitar al Padre los donativos que le
llegaban de todas partes del mundo para el
sostenimiento de la Casa, sus enemigos
planearon una serie de documentaciones
falsas y hasta llegaron, sacrílegamente, a
colocar micrófonos en su confesionario para
sorprenderlo en error.
Algunas oficinas de la Curia Romana
condujeron investigaciones, le quitaron la
administración de la Casa Alivio del
Sufrimiento y sus Grupos de Oración fueron
dejados en el abandono. A los fieles se les
recomendó no asistir a sus Misas ni
confesarse con él.
El Padre Pío sufrió mucho a causa de esta
última persecución que duró hasta su muerte,
pero su fidelidad y amor intenso hacia la
Santa Madre Iglesia fue firme y constante.
En medio del dolor que este sufrimiento le
causaba, solía decir: "Dulce es la mano
de la Iglesia tambi én
cuando golpea, porque es la mano de una
madre".
50 años de dolor y sangre
El
viernes 20 de septiembre de 1968, el Padre
Pío cumplía 50 años de haber recibido los
estigmas del Señor. Fue grande la
celebración en San Giovanni. El Padre Pío
celebró la Misa a la hora acostumbrada.
Alrededor del altar había 50 grandes macetas
con rosas rojas para sus 50 años de
sangre... De la misma manera milagrosa como
los estigmas habían aparecido en su cuerpo
50 años antes, ahora, 50 años más tarde y
unos días antes de su muerte, habían
desaparecido sin dejar rastro alguno de
cinco décadas de dolor y sangre, con lo cual
el Señor ha confirmado su origen místico y
sobrenatural.
El paso a la vida eterna
Tres días después, murmurando por largas
horas "¡Jesús, María!", muere
el Padre Pío, el 23 de septiembre de 1968.
Los que estaban presentes quedaron largo
tiempo en silencio y en oración. Después
estalló un largo e irrefrenable llanto.
Los funerales del Padre Pío fueron
impresionantes. Se tuvo que esperar cuatro
días para que las multitudes pasaran a
despedirlo. Se calcula que más de 100 mil
personas participaron del entierro.
Una promesa de amor
Un día se le preguntó al Padre: "¿Jesús
le mostró los lugares de sus hijos
espirituales en el paraíso?". "Claro, un
lugar para todos los hijos que Dios me
confiará hasta el fin del mundo, si son
constantes en el camino que lleva al cielo.
Es la promesa que Dios hizo a este
miserable". "Y en el paraíso, ¿estaremos
cerca de usted?". "Ah tontita, ¿y qué
paraíso sería para mí si no tuviera cerca de
mí a todos mis hijos?". "Pero yo le
tengo miedo a la muerte". "El amor
excluye el temor. La llamamos muerte, pero
en realidad es el inicio de la verdadera
vida. Y luego, si yo les asisto durante la
vida, ¡cuánto más los ayudaré en la batalla
decisiva!".
Proceso de la Causa del Padre Pío
Muchas han sido las sanaciones y
conversiones concedidas por la intercesión
del Padre Pío e innumerables milagros han
sido reportados a la Santa Sede.
Los preliminares de su Causa se
iniciaron en noviembre de 1969. El 18 de
diciembre de 1997, Su Santidad Juan Pablo II
lo pronunció venerable. Este paso,
aunque no tan ceremonioso como la
beatificación, es ciertamente la parte más
importante del proceso. El venerable
Padre Pío fue beatificado el 2 de mayo de
1999. Tan grande fue la multitud en la
Misa de beatificación, que desbordaron la
Plaza de San Pedro y toda la Avenida de la
Conciliación hasta el río Tiber sin ser
estos lugares suficiente. Millones además
lo contemplaron por la televisión en el
mundo entero.
Un gran Santo para la Iglesia de hoy
El d ía
16 de junio del 2002, su Santidad Juan Pablo
II canonizó al Beato
Padre Pío. Es el
primer sacerdote canonizado que ha recibido
los estigmas de nuestro Señor Jesucristo.
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