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Nació en Florencia a finales del siglo XIV. Sus
padres, Nicolás Corsini y Gema degli
Stracciabende, pertenecían a una de las familias
más aristócraticas de la ciudad. Tuvieron doce
hijos.
Su
juventud, a pesar de ser hijo de unos papás muy
buenos y piadosos, fue dedicada al vicio y al
pecado, porque tuvo la desgracia de juntarse con
malas amistades, y se cumplió en él aquel
antiguo refrán "El que con lobos anda, a aullar
aprende". Los sabios dicen que cada cual es lo
que sean sus amistades. Y Andrés se volvió malo
porque sus amistades no eran nada buenas.
Era popular en Florencia por sus disipadas
costumbres. Iracundo, dilapidador, dado al
juego, la caza y a los amoríos, todo un ejemplo
de vida irregular borrascosa que, dicen, ya se
había anunciado en sueño a su madre, quien antes
de nacer él soñó que daba a luz a un lobo.
Un
día el joven disipado le oyó contar a su mamá un
misterioso sueño: "Poco antes de que tú
nacieras, yo te vi en sueños convertido en un
lobo feroz y que entrabas a un templo y allí
ante la imagen de la Sma. Virgen te convertías
en un manso cordero. Oh cuanto he rezado a Dios
y a la Virgen para que la segunda parte de este
sueño se convierta en realidad. Lobo ya lo has
sido, y más malo de lo que jamás hubiéramos
imaginado que ibas a llegar a ser. ¡Pero confío
en que la
Madre de Dios te habrá de convertir
algún día en manso cordero que no ofenda al
Señor! ¡Desde el día de tu nacimiento yo te
consagré a Dios y a la Madre Santísima. Y con tu
padre no hemos dejado un solo día de rezar para
que te conviertas y cambies de modo de
comportarte!
Estas
palabras impresionaron profundamente al joven
Andrés. Lleno de vergüenza y arrepentimiento se
fue a la iglesia de los Padres Carmelitas y de
rodillas ante la imagen de
Nuestra Señora del Carmen prometió
que su vida cambiaría totalmente.
Preguntó
a un santo sacerdote qué debería hacer para
enmendar su mala vida pasada y él le aconsejó
que entrara de religioso. Y así lo hizo. Se fue
de fraile carmelita, y aunque sus antiguos
amigotes y un tío materialista hicieron todo lo
posible por convencerlo de que se quedara en el
mundo en su vida de pecado y vicio, pudo más la
gracia de Dios que los atractivos del mal, y se
fue de religioso.
A
uno que le ofrecía un elegante matrimonio le
respondió: "¿Y de qué me sirve todo eso si no
consigo la paz de mi alma?".
Cuando
se ordenó de sacerdote, sus parientes, que eran
de las riquísimas familias Corsini, le
prepararon unas fiestas muy suntuosas en
Florencia, su ciudad natal, pero él, sabiendo
que esas fiestas lo iban a disipar en vez de
enfervorizarlo, se fue a una iglesita apartada y
solitaria y allá celebró muy piadosamente sus
primeras misas, lejos de las fiestas mundanas
que no sirven para aumentar el fervor.
Pocos
años después de su ordenación sacerdotal, empezó
Dios a premiarle su vida de santidad y de
grandes sacrificios, concediéndole el don de
obrar milagros. Profetizaba lo que iba a
suceder, y sus profecías se cumplían
exactamente. Bendecía enfermos y estos se
curaban. Pero sobre todo lograba la conversión
de grandes pecadores, como su materialista tío
Juan Corsini, que ante su predicación dejó la
vida mundana de pecado y empezó a dedicarse a
orar y a obrar el bien.
Los
jefes de la Iglesia de Fiésole se reunieron y
aclamaron como obispo al Padre Andrés, pero éste
salió huyendo y se escondió en un apartado
convento, porque se consideraba indigno de ese
cargo.
Después
de buscarlo inútilmente por todas partes, ya
iban a elegir otro como obispo, cuando un niño
anunció que el Padre Andrés estaba en el
convento de los cartujos. Entonces el pueblo se
fue hacia allá y lo trajo y tuvo que aceptar tan
difícil cargo. Fue obispo por 24 años y ejerció
su oficio con la mansedumbre de un cordero.
Aunque
vivía en el palacio episcopal, su vida era la de
un penitente. Totalmente dedicado a servir y a
ayudar a su pueblo y a colaborar con cuanta obra
fuera posible en favor de los pobres y de los
pecadores, su vida individual parecía la de un
monje del desierto. Dormía en el suelo sobre una
estera. Dedicaba varias horas al día a la
oración. Ayunaba y guardaba abstinencia
continuamente. Su meditación preferida era el
pensar en la Pasión y Muerte de Jesucristo.
En
la dirección espiritual y confesión de las
mujeres jamás las miraba al rostro y
prácticamente no sabía cómo era el rostro de
ninguna de ellas. No le agradaba nada que lo
vivieran felicitando o llamándolo santo, pues se
creía un pobre y miserable pecador. En cambio
aceptaba con mucho gusto las humillaciones que
le hacían.
Todo
lo que el obispo Andrés conseguía lo repartía
entre los pobres e iba de puerta en puerta
pidiendo para ellos.
Iba
personalmente a buscar a los pobres
"vergonzantes", o sea a aquellos que en un
tiempo tuvieron buena posición económica pero
que habían caído en la miseria y les daba pena
pedir, y él en persona les llevaba las ayudas
que necesitaban. La gente decía: "Monseñor
Andrés jamás niega un favor al que lo necesita,
si en su mano está el poder hacerlo".
Pero
en lo que más sobresalía San Andrés Corsini era
en su capacidad de poner paz entre los que
estaban peleados. El Sumo Pontífice lo envió a
poner paz en Bolonia, donde la gente estaba
dividida en dos partidos: pobres y ricos, y se
odiaban espantosamente. Después de soportar
muchas humillaciones y hasta cárceles, el santo
logró apaciguar los ánimos. Se hicieron las
paces y por muchos años aquellos dos grupos no
volvieron a pelear.
A
los 71 años, murió el 6 de enero de 1373 e
inmediatamente el pueblo lo declaró santo y
empezó a pedirle favores y a obtenerlos por
montones. Después el Sumo Pontífice Urbano
Octavo lo canonizó en 1629.
San Andrés Corsini: Pídele a Dios que nos
conceda dedicar nuestra vida a ayudar a los
pobres y poner paz entre los demás. Y a la
Virgencita que te convirtió, ruégale por
nosotros los que hasta ahora hemos sido lobos
dañinos, para que nos convirtamos pronto como lo
lograste tú, en mansos corderos del rebaño de
Cristo.
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