San Benito (480 - 543)
Benito nació y
creció en la noble familia Anicia, en el
antiguo pueblo de Sabino en Nurcia, en la
Umbría en el año 480. Esta región de Italia
es quizás la que mas santos ha dado a la
Iglesia. Cuatro años antes de su nacimiento,
el bárbaro rey de los Hérculos mató al
último emperador romano poniendo fin a
siglos de dominio de Roma sobre todo el
mundo civilizado. Ante aquella crisis, Dios
tenía planes para que la fe cristiana y la
cultura no se apagasen ante aquella crisis.
San Benito sería el que comienza el
monasticismo en occidente. Los monasterios
se convertirán en centros de fe y cultura.
De su hermana
gemela, Escolástica, leemos que desde su
infancia se había consagrado a Dios, pero no
volvemos a saber nada de ella hasta el final
de la vida de su hermano. El fue enviado a
Roma para su "educación liberal", acompañado
de una "nodriza", que había de ser,
probablemente, su ama de casa. Tenía
entonces entre 13 y 15 años, o quizá un poco
más. Invadido por los paganos de las tribus
arias, el mundo civilizado parecía declinar
rápidamente hacia la barbarie, durante los
últimos años del siglo V: la Iglesia estaba
agrietada por los cismas, ciudades y países
desolados por la guerra y el pillaje,
vergonzosos pecados campeaban tanto entre
cristianos como entre gentiles y se ha
hecho notar que no existía un solo soberano
o legislador que no fuera ateo, pagano o
hereje. En las escuelas y en los colegios,
los jóvenes imitaban los vicios de sus
mayores y Benito, asqueado por la vida
licenciosa de sus compañeros y temiendo
llegar a contaminarse con su ejemplo,
decidió abandonar Roma. Se fugó, sin que
nadie lo supiera, excepto su nodriza, que lo
acompañó. Existe una considerable
diferencia de opinión en lo que respecta a
la edad en que abandonó la ciudad, pero
puede haber sido aproximadamente a los
veinte años. Se dirigieron al poblado de
Enfide, en las montañas, a treinta millas de
Roma. No sabemos cuanto duró su estancia,
pero fue suficiente para capacitarlo a
determinar su siguiente paso. Pronto se dio
cuenta de que no era suficiente haberse
retirado de las tentaciones de Roma; Dios
lo llamaba para ser un ermitaño y para
abandonar el mundo y, en el pueblo lo mismo
que en la ciudad, el joven no podía llevar
una vida escondida, especialmente después de
haber restaurado milagrosamente un objeto de
barro que su nodriza había pedido prestado y
accidentalmente roto.
En busca de
completa soledad, Benito partió una vez más,
solo, para remontar las colinas hasta que
llegó a un lugar conocido como Subiaco
(llamado así por el lago artificial formado
en tiempos de Claudio, gracias a la
represión de las aguas del Anio). En esta
región rocosa y agreste se encontró con un
monje llamado Romano, al que abrió su
corazón, explicándole su intención de llevar
la vida de un ermitaño. Romano mismo vivía
en un monasterio a corta distancia de ahí;
con gran celo sirvió al joven, vistiéndolo
con un hábito de piel y conduciéndolo a una
cueva en una montaña rematada por una roca
alta de la que no podía descenderse y cuyo
ascenso era peligroso, tanto por los
precipicios como por los tupidos bosques y
malezas que la circundaban. En la desolada
caverna, Benito pasó los siguientes tres
años de su vida, ignorado por todos, menos
por Romano, quien guardó su secreto y
diariamente llevaba pan al joven recluso,
quien lo subía en un canastillo que izaba
mediante una cuerda. San Gregorio dice que
el primer forastero que encontró el camino
hacia la cueva fue un sacerdote quien,
mientras preparaba su comida un domingo de
Resurrección, oyó una voz que le decía:
"Estás preparándote un delicioso platillo,
mientras mi siervo Benito padece hambre".
El sacerdote, inmediatamente, se puso a
buscar al ermitaño, al que encontró al fin
con gran dificultad. Después de haber
conversado durante un tiempo sobre Dios y
las cosas celestiales, el sacerdote lo
invitó a comer, diciéndole que era el día de
Pascua, en el que no hay razón para ayunar.
Benito, quien sin duda había perdido el
sentido del tiempo y ciertamente no tenía
medios de calcular los ciclos lunares,
repuso que no sabía que era el día de tan
grande solemnidad. Comieron juntos y el
sacerdote volvió a casa. Poco tiempo
después, el santo fue descubierto por
algunos pastores, quienes al principio lo
tomaron por un animal salvaje, porque estaba
cubierto con una piel 9de bestia y porque no
se imaginaban que un ser humano viviera
entre las rocas. Cuando descubrieron que se
trataba de un siervo de Dios, quedaron
gratamente impresionados y sacaron algún
fruto de sus enseñanzas. A partir de ese
momento, empezó a ser conocido y mucha gente
lo visitaba, proveyéndolo de alimentos y
recibiendo de él instrucciones y consejos.
Aunque vivía
apartado del mundo, San Benito, como los
padres del desierto, tuvo que padecer las
tentaciones de la carne y del demonio,
algunas de las cuales han sido descritas por
San Gregorio. "Cierto día, cuando estaba
solo, se presentó el tentador. Un pequeño
pájaro negro, vulgarmente llamado mirlo,
empezó a volar alrededor de su cabeza y se
le acercó tanto que, si hubiese querido,
habría podido cogerlo con la mano, pero al
hacer la señal de la cruz el pájaro se
alejó. Una violenta tentación carnal, como
nunca antes había experimentado, siguió
después. El espíritu maligno le puso ante
su imaginación el recuerdo de cierta mujer
que él había visto hacía tiempo, e inflamó
su corazón con un deseo tan vehemente, que
tuvo una gran dificultad para reprimirlo.
Casi vencido, pensó en abandonar la soledad;
de repente, sin embargo, ayudado por la
gracia divina, encontró la fuerza que
necesitaba y, viendo cerca de ahí un tupido
matorral de espinas y zarzas, se quitó sus
vestiduras y se arrojó entre ellos. Ahí se
revolcó hasta que todo su cuerpo quedó
lastimado. Así, mediante aquellas heridas
corporales, curó las heridas de su alma", y
nunca volvió a verse turbado en aquella
forma.
En Vicovaro, en
Tívoli y en Subiaco, sobre la cumbre de un
farallón que domina Anio, residía por aquel
tiempo una comunidad de monjes, cuyo abad
había muerto y por lo tanto decidieron pedir
a San Benito que tomara su lugar. Al
principio rehusó, asegurando a la delegación
que había venido a visitarle que sus modos
de vida no coincidían --quizá él había oído
hablar de ellos--. Sin embargo, los monjes
le importunaron tanto, que acabó por ceder y
regresó con ellos para hacerse cargo del
gobierno. Pronto se puso en evidencia que
sus estrictas nociones de disciplina
monástica no se ajustaban a ellos, porque
quería que todos vivieran en celdas
horadadas en las rocas y, a fin de
deshacerse de él, llegaron hasta poner
veneno en su vino. Cuando hizo el signo de
la cruz sobre el vaso, como era su
costumbre, éste se rompió en pedazos como si
una piedra hubiera caído sobre él. "Dios os
perdone, hermanos", dijo el abad con
tristeza. "¿Por qué habéis maquinado esta
perversa acción contra mí? ¿No os dije que
mis costumbres no estaban de acuerdo con las
vuestras? Id y encontrad un abad a vuestro
gusto, porque después de esto yo no puedo
quedarme por más tiempo entre vosotros". El
mismo día retornó a Subiaco, no para llevar
por más tiempo una vida de retiro, sino con
el propósito de empezar la gran obra para la
que Dios lo había preparado durante estos
años de vida oculta.
Empezaron a
reunirse a su alrededor los discípulos
atraídos por su santidad y por sus poderes
milagrosos, tanto seglares que huían del
mundo, como solitarios que vivían en las
montañas. San Benito se encontró en
posición de empezar aquel gran plan, quizás
revelado a él en la retirada cueva, de
"reunir en aquel lugar, como en un aprisco
del Señor, a muchas y diferentes familias de
santos monjes dispersos en varios
monasterios y regiones, a fin de hacer de
ellos un sólo rebaño según su propio
corazón, para unirlos más y ligarlos con los
fraternales lazos, en una casa de Dios bajo
una observancia regular y en permanente
alabanza al nombre de Dios". Por lo tanto,
colocó a todos los que querían obedecerle en
los doce monasterios hechos de madera, cada
uno con su prior. El tenía la suprema
dirección sobre todos, desde donde vivía con
algunos monjes escogidos, a los que deseaba
formar con especial cuidado. Hasta ahí, no
tenía escrita una regla propia, pero según
un antiguo documento, los monjes de los doce
monasterios aprendieron la vida religiosa,
"siguiendo no una regla escrita, sino
solamente el ejemplo de los actos de San
Benito". Romanos y bárbaros, ricos y
pobres, se ponían a disposición del santo,
quien no hacía distinción de categoría
social o nacionalidad. Después de un
tiempo, los padres venían para confiarles a
sus hijos a fin de que fueran educados y
preparados para la vida monástica. San
Gregorio nos habla de dos nobles romanos,
Tértulo, el patricio y Equitius, quienes
trajeron a sus hijos, Plácido, de siete años
y Mauro de doce, y dedica varias páginas a
estos jóvenes novicios. (Véase San Mauro,
15 de enero y San Plácido, 5 de octubre).
En contraste con
estos aristocráticos jóvenes romanos, San
Gregorio habla de un rudo e inculto godo que
acudió a San Benito, fue recibido con
alegría y vistió el hábito monástico.
Enviado con una hoz para que quitara las
tupidas malezas del terreno desde donde se
dominaba el lago, trabajó tan vigorosamente,
que la cuchilla de la hoz se salió del mango
y desapareció en el lago. El pobre hombre
estaba abrumado de tristeza, pero tan pronto
como San Benito tuvo conocimiento del
accidente, condujo al culpable a la orilla
de las aguas, le arrebató el mango y lo
arrojó al lago. Inmediatamente, desde el
fondo, surgió la cuchilla de hierro y se
ajustó automáticamente al mango. El abad
devolvió la herramienta, diciendo: "¡Toma!
Prosigue tu trabajo y no te preocupes". No
fue el menor de los milagros que San Benito
hizo para acabar con el arraigado prejuicio
contra el trabajo manual, considerado como
degradante y servil. Creía que el trabajo
no solamente dignificaba, sino que conducía
a la santidad y, por lo tanto, lo hizo
obligatorio para todos los que ingresaban a
su comunidad, nobles y plebeyos por igual.
No sabemos cuanto tiempo permaneció el santo
en Subiaco, pero fue lo suficiente para
establecer su monasterio sobre una base
firme y fuerte. Su partida fue repentina y
parece haber sido impremeditada. Vivía en
las cercanías un indigno sacerdote llamado
Florencio quien, viendo el éxito que
alcanzaba San Benito y la gran cantidad de
gente que se reunía en torno suyo, sintió
envidia y trató de arruinarlo. Pero como
fracasó en todas sus tentativas para
desprestigiarlo mediante la calumnia y para
matarlo con un pastel envenenado que le
envió (que según San Gregorio fue arrebatado
milagrosamente por un cuervo), trató de
seducir a sus monjes, introduciendo una
mujer de mala vida en el convento. El abad,
dándose perfecta cuenta de que los malvados
planes de Florencio estaban dirigidos contra
él personalmente, resolvió abandonar Subiaco
por miedo de que las almas de sus hijos
espirituales continuaran siendo asaltadas y
puestas en peligro. Dejando todas sus cosas
en orden, se encaminó desde Subiaco al
territorio de Monte Cassino. Es esta una
colina solitaria en los límites de Campania,
que domina por tres lados estrechos valles
que corren hacia las montañas y, por el
cuarto, hasta el Mediterráneo, una planicie
ondulante que fue alguna vez rica y fértil,
pero que, carente de cultivos por las
repetidas irrupciones de los bárbaros, se
había convertido en pantanosa y malsana. La
población de Monte Cassino, en otro tiempo
lugar importante, había sido aniquilada por
los godos y los pocos habitantes que
quedaban, habían vuelto al paganismo o mejor
dicho, nunca lo habían dejado. Estaban
acostumbrados a ofrecer sacrificios en un
templo dedicado a Apolo, sobre la cuesta del
monte. Después de cuarenta días de ayuno,
el santo se dedicó, en primer lugar, a
predicar a la gente y a llevarla a Cristo.
Sus curaciones y milagros obtuvieron muchos
conversos, con cuya ayuda procedió a
destruir el templo, su ídolo y su bosque
sagrado. Sobre las ruinas del templo,
construyó dos capillas y alrededor de estos
santuarios se levantó, poco a poco, el gran
edificio que estaba destinado a convertirse
en la más famosa abadía que el mundo haya
conocido. Los cimientos de este edificio
parecen haber sido echados por San Benito,
alrededor del año 530. De ahí partió la
influencia que iba a jugar un papel tan
importante en la cristianización y
civilización de la Europa post-romana. No
fue solamente un museo eclesiástico lo que
se destruyó durante la segunda Guerra
Mundial, cuando se bombardeó Monte Cassino.
Es probable que
Benito, de edad madura, en aquel entonces,
pasara nuevamente algún tiempo como
ermitaño; pero sus discípulos pronto
acudieron también a Monte Cassino.
Aleccionado sin duda por su experiencia en
Sabiaco, no los mandó a casas separadas,
sino que los colocó juntos en un edificio
gobernado por un prior y decanos, bajo su
supervisión general. Casi inmediatamente
después, se hizo necesario añadir cuartos
para huéspedes, porque Monte Cassino, a
diferencia de Subiaco, era fácilmente
accesible desde Roma y Cápua. No solamente
los laicos, sino también los dignatarios de
la Iglesia iban para cambiar impresiones con
el fundador, cuya reputación de santidad,
sabiduría y milagros habíase extendido por
todas partes. Tal vez fue durante ese
período cuando comenzó su "Regla", de la que
San Gregorio dice que da a entender "todo su
método de vida y disciplina, porque no es
posible que el santo hombre pudiera enseñar
algo distinto de lo que practicaba". Aunque
primordialmente la regla está dirigida a los
monjes de Monte Cassino, como señala el abad
Chapman, parece que hay alguna razón para
creer que fue escrita para todos los monjes
del occidente, según deseos del Papa San
Hormisdas. Está dirigida a todos aquellos
que, renunciando a su propia voluntad, tomen
sobre sí "la fuerte y brillante armadura de
la obediencia para luchar bajo las banderas
de Cristo, nuestro verdadero Rey", y
prescribe una vida de oración litúrgica,
estudio, ("lectura sacra") y trabajo llevado
socialmente, en una comunidad y bajo un
padre común. Entonces y durante mucho
tiempo después, sólo en raras ocasiones un
monje recibía las órdenes sagradas y no
existe evidencia de que el mismo San Benito
haya sido alguna vez sacerdote. Pensó en
proporcionar "una escuela para el servicio
del Señor", proyectada para principiantes,
por lo que el ascetismo de la regla es
notablemente moderado. No se alentaban
austeridades anormales ni escogidas por uno
mismo y, cuando un ermitaño que ocupaba una
cueva cerca de Monte Cassino encadenó sus
pies a la roca, San Benito le envió un
mensaje que decía: "Si eres verdaderamente
un siervo de Dios, no te encadenes con
hierro, sino con la cadena de Cristo". La
gran visión en la que Benito contempló, como
en un rayo de sol, a todo el mundo alumbrado
por la luz de Dios, resume la inspiración de
su vida y de su regla. El santo abad, lejos
de limitar sus servicios a los que querían
seguir su regla, extendió sus cuidados a la
población de las regiones vecinas: curaba a
los enfermos, consolaba a los tristes,
distribuía limosnas y alimentó a los pobres
y se dice que en más de una ocasión resucitó
a los muertos. Cuando la Campania sufría un
hambre terrible, donó todas las provisiones
de la abadía, con excepción de cinco panes.
"No tenéis bastante ahora", dijo a sus
monjes, notando su consternación, "pero
mañana tendréis de sobra". A la mañana
siguiente, doscientos sacos de harina fueron
depositados por manos desconocidas en la
puerta del monasterio. Otros ejemplos se
han proporcionado para ilustrar el poder
profético de San Benito, al que se añadía el
don de leer los pensamientos de los
hombres. Un noble al que convirtió, lo
encontró cierta vez llorando e inquirió la
causa de su pena. El abad repuso: "este
monasterio que yo he construido y todo lo
que he preparado para mis hermanos, ha sido
entregado a los gentiles por un designio del
Todopoderoso. Con dificultad he logrado
obtener misericordia para sus vidas". La
profecía se cumplió cuarenta años después,
cuando la abadía de Monte Cassino fue
destruida por los lombardos.
Cuando el godo
Totila avanzaba trinfante a través del
centro de Italia, concibió el deseo de
visitar a San Benito, porque había oído
hablar mucho de él. Por lo tanto, envió
aviso de su llegada al abad, quien accedió a
verlo. Para descubrir si en realidad el
santo poseía los poderes que se le
atribuían, Totila ordenó que se le dieran a
Riggo, capitán de su guardia, sus propias
ropas de púrpura y lo envió a Monte Cassino
con tres condes que acostumbraban
asistirlo. La suplantación no engañó a San
Benito, quien saludó a Riggo con estas
palabras: "hijo mío, quítate las ropas que
vistes; no son tuyas". Su visitante se
apresuró a partir para informar a su amo que
había sido descubierto. Entonces, Totila,
fue en persona hacia el hombre de Dios y, se
dice que se atemorizó tanto, que cayó
postrado. Pero Benito lo levantó del suelo,
le recriminó por sus malas acciones y le
predijo, en pocas palabras, todas las cosas
que le sucederían. Al punto, el rey imploró
sus oraciones y partió, pero desde aquella
ocasión fue menos cruel. Esta entrevista
tuvo lugar en 542 y San Benito difícilmente
pudo vivir lo suficiente para ver el
cumplimiento total de su propia profecía.
Anuncia su
muerte
El santo que
había vaticinado tantas cosas a otros, fue
advertido con anterioridad acerca de su
próxima muerte. Lo notificó a sus
discípulos y, seis días antes del fin, les
pidió que cavaran su tumba. Tan pronto como
estuvo hecha fue atacado por la fiebre. El
21 de marzo del año 543, durante las
ceremonias del Jueves Santo, recibió la
Eucaristía. Después, junto a sus monjes,
murmuró unas pocas palabras de oración y
murió de pie en la capilla, con las manos
levantadas al cielo. Sus últimas palabras
fueron: "Hay que tener un deseo inmenso de
ir al cielo". Fue enterrado junto a Santa
Escolástica, su hermana, en el sitio donde
antes se levantaba el altar de Apolo, que él
había destruido.
Dos de sus
monjes estaban lejos de allí rezando, y de
pronto vieron una luz esplendorosa que subía
hacia los cielos y exclamaron: "Seguramente
es nuestro Padre Benito, que ha volado a la
eternidad". Era el momento preciso en el
que moría el santo.
Que Dios nos
envíe muchos maestros como San Benito, y que
nosotros también amemos con todo el corazón
a Jesús.
En 1964 Pablo VI
declara a san Benito patrono principal de
Europa.
QUE DE TAL MANERA
BRILLE ANTE LOS DEMAS LA
LUZ DE VUESTRO BUEN
EJEMPLO, QUE ELLOS AL VER VUESTRAS
BUENAS OBRAS, GLORIFIQUEN AL PADRE
CELESTIAL. (S. Mateo 5)
LA SANTA REGLA
Inspirado por Dios, San
Benito escribió un Reglamento para sus
monjes que llamó "La
Santa Regla"
y que ha sido inspiración para los
reglamentos de muchas comunidades religiosas
monásticas. Muchos laicos también se
comprometen a vivir los aspectos esenciales
de esta regla, adaptada a las condiciones de
la vocación laica.
La síntesis de
la Regla es la frase "Ora et labora"
(reza y trabaja), es decir, la vida del
monje ha de ser de contemplación y de
acción, como nos enseña el Evangelio.
Algunas
recomendaciones de San Benito:
-
La
primera virtud que necesita un religioso
(después de la caridad) es la humildad.
-
La casa de
Dios es para rezar y no para
charlar.
-
Todo
superior debe esforzarse por ser amable
como un padre bondadoso.
-
El ecónomo o
el que administra el dinero no debe
humillar a nadie.
-
Cada uno
debe esforzarse por ser exquisito y
agradable en su trato
-
Cada
comunidad debe ser como una buena
familia donde todos se aman
-
Evite cada
individuo todo lo que sea vulgar.
Recuerde lo que decía San Ambrosio:
"Portarse con nobleza es una gran
virtud".
-
El verdadero
monje debía ser "no soberbio, no
violento, no comilón, no dormilón, no
perezoso, no murmurador, no denigrador…
sino casto, manso, celoso, humilde,
obediente".
Milagros de San Benito.
He aquí algunos
de los muchos milagros relatados por San
Gregorio, en su biografía de San Benito
El muchacho que no sabía
nadar. El joven
Plácido cayó en un profundo lago y se estaba
ahogando. San Benito mandó a su discípulo
preferido Mauro: "Láncese al agua y
sálvelo". Mauro se lanzó enseguida y logró
sacarlo sano y salvo hasta la orilla. Y al
salir del profundo lago se acordó de que
había logrado atravesar esas aguas sin saber
nadar. La obediencia al santo le había
permitido hacer aquel salvamento milagroso.
El edificio que se cae.
Estando construyendo el monasterio, se vino
abajo una enorme pared y sepultó a uno de
los discípulos de San Benito. Este se puso
a rezar y mandó a los otros monjes que
removieran los escombros, y debajo de todo
apareció el monje sepultado, sano y sin
heridas, como si hubiera simplemente
despertado de un sueño.
La piedra que no se movía.
Estaban sus religiosos constructores
tratando de quitar una inmensa piedra, pero
esta no se dejaba ni siquiera mover un
centímetro. Entonces el santo le envió una
bendición, y enseguida la pudieron remover
de allí como si no pesara nada. Por eso
desde hace siglos cuando la gente tiene
algún grave problema en su casa que no logra
alejar, consigue una medalla de San Benito y
le reza con fe, y obtiene prodigios. Es que
este varó de Dios tiene mucho influjo ante
Nuestro Señor.
Muertes anunciadas.
Un día exclamó: "Se murió mi amigo el obispo
de Cápua, porque vi que subía al cielo un
bello globo luminoso". Al día siguiente
vinieron a traer la noticia de la muerte del
obispo. Otro día vió que salía volando
hacia el cielo una blanquísima paloma y
exclamó: :Seguramente se murió mi hermana
Escolástica". Los monjes fueron a
averiguar, y sí, en efecto acababa de morir
tan santa mujer. El, que había anunciado la
muerte de otros, supo también que se
aproximaba su propia muerte y mandó a unos
religiosos a excavar.